En octubre si hay milagros

58 XI Cuando llegó Dantés por la noche le conté lo sucedido y fue conmigo a ver la estatua rota. Lo primero que hicimos fue desaparecer los restos del ratón de yeso que estaban regados por el suelo. Mi buen amigo encontró en el primer piso los trapos del aseo y dejó limpios el piso y la estatua. Salió después por la teatina para dejar los restos del ratón fuera y así evitar que se pensara que alguien lo había roto y dejado ahí. —Ella que es tan devota pensará que es un milagro —sugerí. —¡Va! Tú sí que no conoces al género humano. Ella unirá cabos y asociará los ruidos de la tarde, la presencia inusual de la pequeña y la silenciosa despedida de las niñas con lo ocurrido. No habrá estudio ni sueldo de esa mamá que pueda pagar la estatua rota —afirmó con seguridad y experiencia Dantés. ¿Qué podemos hacer?, me preguntaba dando vueltas sobre el mismo sitio, pensando en una solución que hiciera que mis buenas amigas no pasaran por tan mal momento. Habían sido tan generosas. Estaba a salvo también gracias a ellas. ¿Quién puede pedirle a una niña de cinco años que controle al milímetro sus movimientos? —Vamos a dormir —propuso Dantés—. Ya se nos ocurrirá algo una vez que hayamos descansado. Fui a mi cama de siempre, al lado del ratón de yeso, pero como ya no estaba, me coloqué en su lugar. Al ser todo de tamaño natural, encajé a la perfección. —¡Eureka! —grité—. Ya tengo la solución. Dantés me miró comprendiendo lo que haría.

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