En octubre si hay milagros

61 Fueron muchas las aventuras que me contó Dantés sobre su mejor amigo. Conociéndolos, a estas alturas en el barrio estarían advertidos de que nadie debía molestarme mientras yo fingía ser de yeso al pie de la estatua que sería colocada en una de las cámaras destinadas por los dominicos a que los fieles devotos del santo pudieran ofrecer sus plegarias. Parte de la estrategia era que Dantés y Murdock saldrían rumbo a mi destino para ver dónde me colocaban junto con la estatua y así poder irme a visitar el tiempo que pudiera resistir en ese trabajo. Encerrado en la caja, a diferencia de mis amigos, yo me perdía de maravilla que era el inicio de los preparativos para la procesión del Señor de los Milagros. Los imaginaba caminando por las calles entre las personas con trajes morados y el olor del palo santo confundido con el aroma del turrón que ofrecían en cada esquina.

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