54 X Fueron días tranquilos bajo la protección de Dantés, y ambos, al amparo de las niñas que venían casi todas las tardes a acompañar a su mamá, que ayudaba a su tía en la preparación de la sustentación de su tesis. Ellas se conocían del colegio donde eran maestras. Nemi se dedicó a impulsar el negocio familiar, lo que le impidió sacar su título de maestra por falta de tiempo. Ahora que ya tenía empleados, podía dedicarse a la docencia en las mañanas y en las tardes estudiar bajo la asesoría de su buena y muy inteligente amiga para tener el certificado que acreditaba que estaba graduada. Alina y Rosa ya habían descubierto las huellas de Dantés y, para evitar que el gato me comiera, traían siempre consigo nuevos pedazos de queso para las trampas y una que otra galletita con sabor a ratón. No volvimos a pasar hambre gracias a esas generosas niñas, que sabían jugar en paz y con pasión, pero no al punto de que el calor de la competencia impidiera aceptar un resultado adverso. Dantés iba cada cierto tiempo al teatro a ver si había noticias de mi familia, pero nada, ni rastro de los Picalibros, quienes no hacía mucho éramos tan felices. Sin embargo, Dantés tenía claro que el que yo fuera en su búsqueda hasta La Perla al otro lado de la ciudad, cerca al puerto donde desembarcaron mis ancestros, era una idea descabellada. No teníamos certeza de que ellos estuvieran ahí y menos, si así fuera, en qué lugar. Era más seguro esperar noticias de ellos.
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