22 IV Primero pensé que estaba en una iglesia. En el altillo donde terminé había pies por todos lados. Me asusté, pero cuando miré bien, vi que no eran reales, sino los de estatuas humanas de tamaño real. Las túnicas que llegaban hasta sus empeines y las sandalias cosidas a mano se presentaban a mis ojos para luego ver delicadas manos unidas, entrelazadas o abiertas como anuncio de rostros serenos y miradas piadosas que no reparaban en mi presencia. Elegí una como morada. Era mejor que me quedara esa noche ahí, por si el gato estuviera afuera y mi vida terminara en ese instante, pensé. Hubo alguien que llamó mi atención. En medio de todas esas estatuas, había un hombre de túnica larga y sandalias, que tenía a sus pies un ratoncito, un gato y un perro comiendo de un mismo plato. Me sentí por un momento valiente. Me colocaría al lado de mi congénere y procuraría dormir. Alcé la mirada y encontré unos ojos marrones llenos de ternura que me dieron las buenas noches. —Buenas noches, señor Santo —le dije y me quedé dormido. A lo lejos, una sirena que cruzó la noche me despertó. La luz de la teatina del lugar permitía que, en medio de la oscuridad, pudiera distinguir que, si bien no estaba en una iglesia, algo sagrado había en ese lugar. Era una tienda de santos, de objetos para los fieles que iban a visitar la milagrosa imagen que dormía a unos metros de mí en el convento en el que vi a mi papá desaparecer.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx