En octubre si hay milagros

34 puerto de Lisboa, cruzara el Canal de Panamá y llegara al océano Pacífico. Cual Hernando de Magallanes, el señor Aristóteles Picalibros partió no de Sevilla, sino del puerto de Lisboa, en la desembocadura del río Tajo, un 10 de agosto de 1943, con una tripulación de nueve Picalibros y ocho Colariza, rumbo a América del Sur. Días previos a la partida, se habían dirigido, con muy pocas ropas y enseres, al Teatro Nacional D. María II para partir hacia el puerto dentro de un baúl que llevaba consigo el vestuario de la compañía teatral que viajaría a Sudamérica con escala en el Canal de Panamá. Llegar desde su morada —la pequeña puerta del zócalo lateral izquierdo de la librería Bertrand del barrio de Chiado— no era difícil. Así dejó detrás su cálido lugar, todos los libros que aún no había leído, su acogedor escritorio, su lámpara de lectura y las hermosas acuarelas hechas por su madre. Fue el último de los nueve en salir de casa, apagar las luces y cerrar con llave lo que fuera su hogar por muchos años, y hogar también de su abuelo y bisabuelo. Qué le esperaba en las nuevas tierras era algo que no sabía. De lo que sí estaba seguro era de que durante los veinte días que tomaba llegar a Panamá debía darle clases intensivas de español a toda la tripulación. Así que, diccionario en mano, dando un suspiro y deseando volver, don Aristóteles Picalibros cerró la puerta». —Qué valiente fue este señor —se admiró Dantés cuando yo estaba a punto de quedarme dormido—. Creo que mejor ya descansamos y seguimos con la lectura mañana —agregó mientras nos acomodamos para reposar.

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