En octubre si hay milagros

8 I —¡Sujétense! ¡No se separen! —fue lo último que le oí decir a mamá. Yo no pude obedecerla. Mi madre aprendió de su madre —y esta, de su abuela, y esta, de su bisabuela, y así hasta que la primera Picalibros pusiera una patita en esta ciudad— que la familia era lo más importante para las personas modestas y pequeñas como lo éramos los Picalibros: pequeños pero muy cultos. Para vivir, preferíamos las casas con habitaciones llenas de libros en vez de algún restaurante o panadería. Las personas que tienen libros también tienen por ahí un pan duro. Uno puede querer mucho leer, pero si no hay para comer, pues preferirás un pan que el inicio de una buena historia. Mamá decía que, si no leíamos, no sabríamos nada de la vida; que cuando uno es pequeño en tamaño, con mayor razón debe ser grande en sabiduría. Es cierto que no todos nos aficionamos a los libros. Por ejemplo, a Mercurio, mi hermano menor, le gusta más ir de aquí para allá, leer mapas (no libros), aprenderse las rutas para conocer siempre el regreso a casa. Suele salir de expedición con frecuencia, hacer largos viajes, usualmente peligrosos para nosotros, y llegar sano y salvo. A Miss Orquídea —así le decimos a mi hermana más pequeñita— le encantan la danza y las piruetas; pasa sus días practicando las rutinas de gimnasia de las últimas olimpiadas que vio en la televisión del portero. Su nombre de pila es Nadia,

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