23 Perdí el sueño y bajé. El terremoto no había hecho tantos estragos en el altillo, donde las imágenes estaban atadas a unas columnas que las sostenían; sin embargo, en el primer piso, las pequeñas estatuas de vírgenes y santos se habían caído y fueron juntadas en un montículo a un lado de la puerta de fierro de la entrada. Me subí al mostrador. A pesar del movimiento del terremoto seguía en pie, pero en el interior todo era un revoltijo: rosarios, denarios, estampas, libros de nácar que parecían de queso con dibujos de niños arrodillados, velas, inciensos entreverados como si fueran los ingredientes sin cocinar de alguna receta. De la pared había caído al suelo un cuadro al que le habían sacado el vidrio roto, tal vez para arreglarlo. Quedó recostado al pie del mostrador, lo que me permitió leer: «Licencia de funcionamiento para local comercial». Líneas abajo pude enterarme de que era una tienda que vendía artículos religiosos con el hermoso nombre de «Divino Tesoro», cuyas dueñas eran tres mujeres que compartían los mismos apellidos; como mis hermanos y yo éramos Picalibros, ellas eran las hermanas De Aliaga. Volví a recordar a mi familia y sentir mi soledad. Luego subí para estar cerca de mi nuevo hermano, el ratoncito de yeso a los pies del señor de ojos caramelo que me miraba con ternura. Fue ahí que observé un papel al pie de una joven santa de hábito negro con blanco, coronada de rosas y con las manos entrelazadas, de donde colgaba un rosario. Tenía la expresión más dulce que haya visto en un humano. Al acercarme al papel, estaban escritos con lápiz dos nombres, y debajo de
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