28 Lima o que suele compartir conmigo un buen amigo. Pierde cuidado. Fue ahí que nos sentamos al pie de la estatua donde comían perro, pericote y gato, y nos pusimos a charlar. Respondía al nombre de Dantés, como el personaje de una famosa novela de aventuras que hizo mis delicias entre mis primeras lecturas. Dijo que la ciudad estaba revuelta, que muchas casas de adobe o quincha, solares antiguos de Lima, se habían venido abajo, que se había ordenado un toque de queda. Solo se podría salir de cinco de la mañana a siete de la noche y lo más probable es que Divino Tesoro, el lugar que nos albergaba, estuviera cerrado un par de días más por «el descanso laboral para la reconstrucción». —Y el gran teatro… ¿Está en pie? —pregunté dubitativo. —Tan en pie como el cerro San Cristóbal —aseguró—. Se han caído algunas cosas, la parte lateral tiene rajada una pared, las molduras de la fachada se vinieron abajo, pero en general se podrá refaccionar en poco tiempo. —Y la portería, la casita lateral en la que vive el portero… ¿Has podido verla? —pregunté intrigado. —Ese portero es buena persona. Ahí lo vi con una venda en la cabeza porque por poco el letrero del estreno lo mata. La Cruz Roja lo asistió, y ahora, con la frente cubierta, parece uno de esos revolucionarios de la independencia. A pesar de estar herido, ha sacado su despensa a la calle y les da a los ancianos una bebida caliente o un pedazo de pan. Pude ver que su casa estaba entera, con macetas rotas, molduras quebradas en el piso, pero en pie —me informó Dantés.
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