27 —No puede ser —lamenté en voz alta. Tomé aire, descendí y desde abajo tiré con fuerza el cordón. El gato pudo saltar hacia las alas de un arcángel y de ahí al piso. —Buenas noches, ehhh… —dijo el gato como animándome a decir mi nombre. —Daniel Picalibros. Buenas noches —me presenté. El gato me arrojó unos folios cosidos: eran las memorias de mi padre. El manuscrito estaba intacto. Lo tomé y, armándome de valor, le lancé: —Gracias por rescatar algo de él… Nada de gracias por habérselo comido —añadí con rabia, ajustando mis dientes. El gato me miró con compasión y, en vez de lanzarse sobre mí, me respondió: —No me he comido a tu padre. Lo he llevado a un lugar seguro donde enterrarlo. Las hermanas carmelitas que cuidan la iglesia tienen un jardín interior con un hermoso rosal. Me percaté de que no hubiera ninguna cerca. Después, bajé del techo por la enredadera para hacer mi labor de jardinería y pompas fúnebres. He dado cristiana sepultura a tu padre. Eso quería decirte hoy que me viste y saliste disparado como un loco. Me quedé callado por un segundo. Elevé los ojos al santo de los animales que comían en mismo el plato, volví mi mirada al gato, me acerqué a él y de un salto lo abrace de la pata, llorando, dándole las gracias entre sollozos. El gato me apartó con delicadeza y añadió: —Debes saber que soy converso. Hace años que no como ratones; solo verduras o restos de comida que encuentro por
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