47 Nada de ello convenció a los Colariza, quienes decidieron no treparse de nuevo al baúl del vestuario y tomaron como vehículo un pesado baúl que llevaba espléndidas piezas de arte europeo que se unirían a las prestigiosas obras nacionales que yacían en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Con un fuerte abrazo, se despidieron entre lágrimas contenidas y con promesas de escribirse y reunirse nuevamente. Fue una separación dolorosa. Desde esta experiencia, la familia liderada por Aristóteles Picalibros juró que permanecería unida para siempre. El baúl con los trajes de arlequines, princesas, soldados y más realizó un largo recorrido desde el puerto del Callao hasta el centro de la ciudad, precisamente a unas cuadras de la Plaza de Armas, muy cerca del gran río Rímac y a unas escasas cuadras de la iglesia de Las Nazarenas. Al abrirse el baúl, ya dentro del gran teatro…». Dantés dejó de leer justo donde papá había escrito su último trazo, con su perfecta letra, inclinada a la derecha, delicadamente escrita, con lentitud y precisión, como cuando me anotaba en el cuaderno algo para mi maestro y yo, orgulloso, mostraba el mensaje, más que por su contenido, por la maravillosa manera en que cada trazo estaba ligado a otro y por sus emes que, a diferencia de las mías, tenían los puentes parejos. —¡ Intermezzo! —exclamó Dantés—. Es hora de dormir y soñar con cómo continúa esta historia. Buenas noches, Daniel. —Buenas noches, Dantés —le dije, para luego alzar la mirada y decirle a nuestra imagen protectora—. Buenas noches, señor Santo.
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