44 Dantés fue hasta el final del texto para darse cuenta de lo que era el pequeño manuscrito que tenía en manos: una obra inconclusa. —Tu padre no terminó la historia —reveló desilusionado. —No pudo hacerlo —respondí, a punto de llorar. Me había emocionado escuchando la narración. No pude evitar que una lágrima cayera por mi rostro al pensar en que papá ya no estaba y que no había podido concluir su sueño de publicar las memorias de nuestra familia. Dantés notó mi aflicción. Con el entusiasmo que lo caracterizaba me dijo: —¡Eh! No estés triste. Al contrario, siéntete feliz. Tienes en tus manos la obra que tu padre inició. Tú sigues joven y con vida como para terminarla. ¿Cuál es tu mayor habilidad? Le respondí que era el mejor en la carrera con bolitas de miga. —Eso es muy bueno, pero ¿qué habilidad tienes en la escuela? —insistió. —Soy bueno en historia, me gusta leer, me encargan hacer los resúmenes para los amigos que faltaron por alguna enfermedad y mamá me pide siempre que me encargue de escribir las tarjetas de Navidad para los parientes. —¡Ah! Eso es bueno. Creo que tienes los dones de los que pueden escribir una buena historia. Debes hacerlo. No vaya a ser que, como yo, por andar de aquí para allá sin parar ni un minuto, ya no recuerdo de dónde vine y no sé bien adónde voy —dijo al final, con un dejo de tristeza. —No digas eso, Dantés. Claro que sabes adónde vas. Tu corazón lo sabe y no hay en él nada que lo distraiga. Vas siempre adonde tu corazón dice que debes ir. Eres como esos
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx