49 La más pequeña no llegaría a los ocho años y la más grande, tampoco a los diez. Una era delgadísima, con un cabello abundante, marrón, cortado a la altura de donde terminaban sus orejas. Llevaba un pantalón azul, una blusa con un gracioso cuello redondo bordado con flores pequeñitas y, en el pecho, el bordado continuaba dejando ver unos pollitos entre flores y hierbas. Al final de su pantalón, sus pies calzaban unos zapatos negros con pasador. La más pequeña era de contextura mediana, grandes ojos marrones, el mismo corte de cabello que la otra, pero terminaba con unos suaves rizos al final. Llevaba un vestido hecho con una tela verde que tenía pequeñas fresas estampadas en desorden y un cinturón, también verde. Llevaba zapatos negros con un broche al lado y medias blancas con bobos dobladas un poco más arriba de los tobillos. Tuve que esconderme en el rincón más lejano porque ambas empezaron a buscar algo en el piso. Llamaron su atención las trampas con queso. —No puede ser —dijo la más grande—. Ay, mi tía Nemi, tan buena como es, no puede superar su miedo a los ratones. ¿Quién le pone trampas a otros? —¿Te acuerdas que en una película vimos cómo se desarmaban? —le recordó la más pequeña. Ambas se miraron y comenzaron a quitar el gancho que sujetaba la trampa con el queso y lo colocaron al costado del resorte de manera tal que este no se accionara. Voilá, ahora cualquiera podría comerlo sin terminar con una pata quebrada.
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