En octubre si hay milagros

63 descuidado visitar por los últimos ajetreos, llamó mi atención un pequeño cartel colocado en el zócalo de la entrada. Ahí estaba tu rostro y el de tu papá, en este pequeño anuncio —y me extendió el papel. Pude leer que mi familia pedía que quien nos hubiese visto nos dijera que estaban de vuelta, esperándonos en casa. Terminé de leer y con un llanto de felicidad me abracé con el gato. Paseé la mirada alrededor, por todas las personas de yeso que me observaban, en especial al de los ojos caramelo y pestañas rizadas, y a Dantés, que, sin ser humano, había obrado en mi vida como cualquiera de aquellos santos que ahora eran venerados. Supe en el fondo de mí que ellos me comprendían, que si hay algo divino en el amor es poder entender los actos desesperados de quienes sufren. Acercándome a la imagen que me protegió, le dije cerca a sus pies: —Debo marcharme, sé que me perdonarás —y juro que sus ojos me observaron ya no solo con ternura, sino también con comprensión. Dantés, que siempre pensaba en todo, salió por la ventana y volvió con unos claveles blancos que colocó en el lugar donde antes estuviera el ratón de yeso. Luego me subió a su lomo. Recorrimos con la mirada la habitación, atravesada por los rayos del sol que, al pasar a través de los vitrales, dispersaban la luz en un rastro tenue. Dejamos atrás el apacible recinto sagrado. Murdock nos esperaba afuera. Perro, pericote y gato nos abrimos paso corriendo entre las personas que se dirigían a la procesión y estuvimos de pronto en la entrada del teatro. Mis

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