En octubre si hay milagros

65 amigos se quedaron afuera. Ellos no eran lo suficientemente pequeños como para pasar inadvertidos como yo. Crucé con el corazón a punto de salirse de mi pecho el largo pasadizo por donde escapamos del terremoto y me quedé parado en la puerta de nuestra cocina, que daba al patio. Nadia fue la primera en darse cuenta de mí y gritó mientras corría hacía mí: —Es Daniel, es Daniel. Mamá, Mercurio, Konstantine y Caroline vinieron detrás de ella y nos abrazamos bajo el umbral del ingreso a nuestro hogar. Les conté que no pude saltar a la canasta porque vi a papá venir tras nosotros. Se me quebró la voz cuando tuve que contarles que nos había dejado. Mamá contenía las lágrimas para no entristecer más a sus hijos y nos abrazó muy fuerte. Les conté lo que había vivido, que papá estaba sepultado en un lugar sagrado. Se asombraron al saber que mi mejor amigo era un gato y mi segundo mejor amigo, un perro, y que tenía dos encantadoras niñas humanas como amigas especiales. Konstantine me dijo que escribiera todo lo vivido, que él ya estaba haciendo lo suyo con lo que ellos pasaron dentro de la cocina de la señora de la canasta, allá en La Perla. Pasamos de la tristeza a la esperanza, con deseos de escribir la primera obra de teatro para ratones, perros y gatos. Reímos por un momento después de mucho tiempo de no hacerlo. Don Jorge ya se había dado cuenta de que estábamos de vuelta. Esa noche encontramos un gran pedazo de queso paria en la maceta de siempre. Nos fuimos a dormir con la promesa de ir a visitar la tumba de papá al día siguiente.

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