57 Era un hombre con hábito morado, uno de los cargadores del anda del Cristo que sale en procesión, que venía por encargo del párroco mayor de la basílica de Santo Domingo a concretar la compra de la hermosa imagen de San Martín de Porres que ellas habían ofrecido. Por la conversación, las niñas y yo nos enteramos de que la imagen tan bien atada y guardada en el altillo era una restauración de una obra anónima del siglo XIX que ellas adquirieron en la ciudad del Cusco. La pieza tenía un alto costo y representaba para Divino Tesoro, sin duda, una de las mejores ventas del año. Entregado el cheque por el mensajero de hábito púrpura a la dueña del local y extendido por esta el comprobante correspondiente, quedaron en que en la mañana del día siguiente la estatua sería enviada al convento dominico. Ya era hora de irse, pero ellas no tuvieron el valor de contar en ese momento lo sucedido. Salieron en silencio de la tienda, calladas, con la mirada en el piso, sin poder dar cara a la más piadosa cazadora de ratones del mundo, la generosa tía Nemi. Imagino que esa noche las tres hermanas la pasaron en vela, rezándoles a todos los santos con los que solían jugar que ocurriera un milagro y la hermosa escultura volviera a su estado original por medio del Espíritu Santo.
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