En octubre si hay milagros

39 Durante dos días el hombre alto con bigotes y el bajito con lupas en los ojos trabajaron sin parar y se quedaron a dormir en el local para evitar que algún ladrón se aprovechara de la situación de caos que se vivía afuera para robar, por ejemplo, uno de los rosarios de perlas o de piedras preciosas que se guardaban en una caja de cristal con llave. Dantés asomaba de vez en cuando por la teatina para asegurarse de que yo estuviera bien. En cuanto a mí, cada vez que los hombres se subían al altillo me colocaba al lado del ratón de la estatua, tan inmóvil como él para camuflarme con la comunidad de yeso y pasar desapercibido. Lo debo haber hecho muy bien porque pasaban sus botas delante de mí sin darse cuenta. Aproveché un descuido de los trabajadores, corrí a los pies de la santa con rostro bondadoso y metí debajo de sus pies el papelito de los juegos de las niñas que, sin conocer, me causaban simpatía, no fuera que, al barrer con sus enormes escobas, botaran a la basura tan importante documento. Volví a colocarme como ratón de yeso y observé el minucioso trabajo que realizan los humanos para atraparnos. Habían traído de la ferretería las clásicas trampas de metal que alguna vez papá nos mostró de un escaparate. Jamás las vimos en casa ni en el trabajo de papá; don Jorge y don Carlos no serían capaces de colocarle una trampa a nadie. Mi habitación del altillo era un campo minado, lleno de trampas que mostraban suculentos trozos de queso. Se me hacía agua la boca del hambre; sin embargo, sabía que si me

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