El zorro de todos los caminos

Escrito por Gerson Rivera Ilustrado por Andrea Gago de todos los caminos COLECCIÓN

Autor: Gerson Rivera Cisneros es bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y egresado de Educación por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente cursa la maestría en Escritura Creativa en San Marcos. Ha escrito cuentos para niñas, niños y jóvenes en proyectos educativos y editoriales, y se dedica a la edición de libros infantiles, juveniles y escolares, especialmente para zonas rurales. En 2024 obtuvo el Premio Copé Plata en la categoría Cuento.

El zorro de todos los caminos © Gerson Rivera © Andrea Gago Colección Perú © Biblioteca Nacional del Perú Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima - Perú. www.bnp.gob.pe Presidenta de la República del Perú Dina Boluarte Zegarra Ministro de Cultura del Perú Fabricio Valencia Gibaja Jefa institucional de la Biblioteca Nacional del Perú Ana Peña Cardoza Director de la Dirección de Acceso y Promoción de la Información Leandro Villalobos Terán Edición: Alejandro Lozano Corrección de estilo: Andrea Ramos Diseño y diagramación: Patricia Soria Primera edición: agosto de 2025 Tiraje: 1000 ejemplares Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.° 2025-08260 ISBN: 978-612-5205-11-7 Impreso en Línea Gráfica C & A E.I.R.L. Jr. Huaraz 1712, Breña Lima, Perú Ejemplar gratuito, prohibida su venta o reproducción. Escrito por Gerson Rivera Ilustrado por Andrea Gago de todos los caminos COLECCIÓN

toq se despertó con la panza vacía y el hocico cubierto de polvo. A su alrededor, la manada dormía esparcida entre piedras y raíces, con algún zorro roncando como tronco hueco. Llevaban muchas lunas caminando. Como no encontraban un lugar con comida y refugio, se habían acostumbrado a moverse sin parar. A veces el viaje tenía cosas buenas: carreras, juegos, alguna nube en forma de pato. Pero otras veces… Otras veces no encontraban qué comer ni qué beber, y se peleaban por lo poco que había o por los mejores lugares para buscar comida. Dormían donde podían, con el oído atento y el hocico alerta, porque los caminos estaban llenos de peligros: pumas, serpientes y sombras que olían a fiera. Atoq, el más joven, empezaba a preguntarse si los zorros estaban destinados a vivir así para siempre. A 4

abía un zorro viejo que contaba historias increíbles. Decía que los primeros zorros hablaban con la madre naturaleza y que ella les ofrecía comida a manos llenas, pero ellos solo tomaban lo necesario. Contaba que enfrentaron unidos a gigantes que los enfermaban o les robaban los alimentos, y que algunos podían transformarse en otros animales para jugar o proteger a los suyos. A veces, eso sí, se olvidaba de su propio nombre... o confundía un cactus con una oveja. Por eso, muchos decían que ya no había que hacerle mucho caso. Pero cuando hablaba de la tierra de los zorros, todos escuchaban un poquito más atentos. En ocasiones decía que los primeros zorros salieron del mar, donde el alimento abundaba y el sol calentaba las rocas. Otras, que nacieron en cuevas altas, protegidas por las montañas. Y otras más, que surgieron de un gran río fértil y generoso. Como si su comienzo se hubiera perdido en el tiempo, entre la espuma, la piedra y el agua dulce. Algunos lo escuchaban con curiosidad, pero casi nadie lo tomaba en serio. “Salirse de los caminos conocidos es arriesgarse por cuentos”, decían. “Y los cuentos son solo eso: cuentos”. Pero Atoq sí lo escuchaba. Y aunque no decía nada, se quedaba pensando largo rato. ¿Y si ese lugar aún existía? ¿Y si él pudiera encontrarlo? H 6 7

toq veía cómo otros animales vivían luna tras luna en el mismo árbol, la misma colina, el mismo lago. Pensaba que ellos tenían algo que su manada no: un hogar, un lugar sin peligros ni cansancio, donde siempre había algo que comer. —Debo encontrar la tierra de los zorros —se dijo. Si hallaba el lugar donde vivieron sus ancestros, encontraría un hogar verdadero: con refugio, comida y paz para los cachorros. Ese día, dos de los más pequeños se quedaron sin comer. Los mayores se habían peleado por unas raíces, y se lo llevaron todo. Su madre bajó la cabeza y murmuró: —Antes esto no pasaba… Entonces Atoq se acercó en silencio y le pidió un abrazo. No dijo por qué. No hizo falta. En su pecho ardía una certeza: si encontraba esa tierra, volvería para contarles. Pero aún no sabía cómo explicar lo que sentía. Solo sabía que debía partir. Mientras la manada seguía a las nubes en busca de alimento, él tomó otro camino. Se despidió de su madre, de su hermano y de los cachorros. Muy a su pesar, todos lo vieron perderse entre las montañas. A 9

aminó durante tantos días que hasta la tierra, el cielo y el aire cambiaron de color. El viento le movía las orejas y le humedecía la nariz. A lo lejos, un olor salado le hizo temblar el corazón: era el mar. La arena quemaba bajo sus patas, pero él avanzó, atento a los ruidos, con el cuerpo en tensión, como lo hacía su manada cuando olía peligro. En la orilla encontró huellas de otros animales y se detuvo. Por un instante pensó en regresar. Pero recordó los malos tiempos de la manada, las peleas por comida, el miedo en los ojos de los cachorros. No buscaba un hogar solo para él. Entonces respiró hondo... y siguió caminando. C

n hocico tiró de su cola. Asustado, Atoq se volteó y encontró a un zorro mayor, de patas cortas y pelaje gris. —Hola, forastero. ¿Quién eres? —Soy... un animal —respondió Atoq, nervioso. El otro se echó a reír. —Claro que eres un animal. Eres un zorro, como yo. —No… no soy como tú —dijo Atoq, dudando. —¿Lo dices por mis patas más cortas? ¿Por mi pelaje grisáceo? ¿O porque parezco una piedra con pelos? —rió el viejo—. No te engañes. Todo eso es solo apariencia. —En mi manada todos somos iguales. —Ni siquiera los granos de arena bajo tus patas pueden decir eso —respondió el otro con calma. Atoq miró el suelo. Recordó los rostros de su manada. Nadie era exactamente igual. —Me llamo Viento —dijo el viejo zorro—. ¿Qué te trae por aquí? —Me llamo Atoq. Busco un lugar donde los zorros podamos quedarnos para siempre. —¿Y crees que es este? —Dicen que nuestros antepasados vivieron junto al mar… Viento soltó una carcajada y con él pareció reír el mar entero. —Muchos han vivido aquí —dijo—. Algunos se quedaron un buen rato, otros solo de paso. Pero, tarde o temprano, todos seguimos. Este no es un destino. Es parte del camino. U 13

iento lo llevó a conocer a los animales de la costa: leones marinos, aves pescadoras y otros zorros. Algunos eran grandes, otros pequeños. Hablaban distinto, se movían distinto. Atoq notó que no se parecían a los de su manada, pero Viento le explicó que ser zorro no era cuestión de cómo se veían, sino de lo que compartían: buscar alimento con astucia, cuidar a los cachorros, resistir el camino. Eso, dijo, es lo que los hacía zorros. Atoq observó a los demás animales. También ellos cuidaban, también resistían. —Quizá hay cosas que todos compartimos —dijo. Viento asintió. —No todos somos iguales, pero todos necesitamos algo parecido: cuidar de los nuestros, calmar los miedos, encontrar nuestro camino. Entonces Atoq habló de su manada, de cómo debían moverse para sobrevivir. Dijo que quería volver a la tierra de sus ancestros para quedarse allí para siempre, en un verdadero hogar. Miraron el mar en silencio. Viento sonrió suavemente. —Creo que tienes que seguir tu propio viaje para descubrir... o recordar dónde está tu hogar. Atoq le dio las gracias, con una mezcla de confusión y esperanza. No lo comprendía del todo, pero algo en su pecho se encendió. Y así, con el viento a sus espaldas, siguió su camino. V 14 15

l zorro viejo le había hablado de un sendero en las montañas que lo llevaría a un lugar especial: la cueva Orejas de Hombre. Según las historias, allí podía haber pistas sobre la tierra de los zorros. El ascenso fue duro. Pasó noches heladas y días en silencio. Más de una vez se detuvo al oír ramas quebrarse o al ver sombras moverse entre las rocas. Atoq sabía que no era el único que andaba por esas tierras. Finalmente, llegó a las dos rocas gigantes que parecían escuchar al cielo. —¡Qué orejotas! —dijo Atoq—. Si así son las orejas…, ¡los hombres deben tener la cabeza del tamaño de un árbol! Dentro de la cueva encontró pinturas rupestres: zorros caminando en fila, como si siguieran el curso de un río. En otra escena, varios rodeaban a un huanaco mientras trabajaban juntos para atraparlo. E 16

na zorra fornida, con una pata dañada, salió de las sombras. Sus orejas eran como picos de montaña, y su pelaje, rojizo y marrón oscuro. Al ver a Atoq observando los dibujos, le habló: —Eso se llama chaku. Es una forma antigua de cazar donde todos colaboran. Rodeamos a los animales y tomamos solo lo necesario. Así, nadie se queda atrás. Se acercó con unas bayas silvestres y una piel seca para dormir. —Mi nombre es Nina. Puedes quedarte esta noche. No hay mucha comida..., no es época de chaku —añadió. Al amanecer, le pidió ayuda para pescar en el río. —Si alguien te da algo, tú también debes darle algo a cambio —añadió, mordiendo el pescado que Atoq había atrapado. Luego de saciarse, Atoq no pudo evitar preguntar: —¿Si hay poca comida, por qué la compartiste? ¿Acaso tu manada no pelea cuando hay poco que comer? Nina lo miró con serenidad. —Antes no era así, pero aprendimos que es mejor cuidarnos entre todos que pelear. Compartir no es un favor, es vivir en equilibrio. Atoq se quedó en silencio. En su manada también compartían, al menos cuando podían. Pero en los malos días era difícil. Aquello era distinto. Y le quedó una idea rondando por dentro: recibir y ofrecer. U 19

urante varios días, Atoq vivió entre los zorros de los Andes. Aprendió a orientarse por las estrellas, a escuchar el viento y a leer las huellas en la tierra. Pronto comprendió que ellos también deambulaban y pasaban hambre, pero se cuidaban incluso en los malos tiempos. También contaban historias sobre los primeros zorros, como en su manada. Pero aquí solo hablaban de sus hazañas, de cómo resistían y se protegían. Nadie mencionaba las tierras abundantes, como si eso no importara. Una noche, mientras miraban el cielo, le mostraron el Mayu: el río del cielo hecho de estrellas. —Es el reflejo de un gran río en la tierra —le dijeron. —Algunos dicen que ese es el río Amazonas —añadieron. Atoq miró las siluetas que brillaban en el río de estrellas. Entre ellas, vio un zorro y sintió un escalofrío. —¿Y si ese gran río es el lugar de donde vinimos todos los zorros? —susurró—. La tierra de los zorros debe de estar cerca. —Puede ser… —respondieron—. Los ancianos dicen que las historias no siempre significan solo una cosa. A veces dicen mucho más. Antes de partir, Nina le entregó una piedra tallada. —Es para que recuerdes que todos los caminos dejan huella. D 20

toq recordó las figuras de la cueva: zorros caminando en fila, rodeando animales, como en un chaku. Tenía la certeza de que no solo hablaban de caza y trabajo en conjunto, sino también de un río. Entonces volvió a una historia que contaba el más anciano de su manada: una que decía que sus antepasados vivieron en abundancia cerca de un gran río. Quizá se refería al Amazonas. Su esperanza de encontrar un lugar de seguridad y abundancia, donde por fin tener un hogar con su manada, crecía en su corazón. Pero el viaje había sido largo y pesado. Su cuerpo, agotado por la fiebre y el calor, no pudo más. Cayó bajo la sombra de un árbol y el mundo se le volvió confuso, como si flotara dentro de un río de sueños. La fiebre, aunque peligrosa, parecía haber alejado la niebla de los malos recuerdos, dejando ver aquellos que se suelen olvidar más rápido: los buenos. Soñó con su manada: con los cachorros que jugaban a cazar, con una noche helada durmiendo a la intemperie, con la cola tibia de su madre cubriéndolo del frío. Soñó con aquel día en que todos se unieron para espantar al puma, con las reconciliaciones que venían después de las peleas, con las risas que nacían incluso en los días difíciles. Recordó sus voces, el calor compartido, el abrigo silencioso de estar juntos. A 23

uando despertó, un animal lo observaba en silencio. Parecía un zorro, pero no del todo: su pelaje era oscuro, entre gris y rojizo; sus orejas, cortas y redondeadas; su andar, sigiloso, casi como el de un felino. No hablaban igual, pero se entendieron con gestos. Ese zorro lo había cuidado con hojas medicinales, insectos y raíces. Aunque era un ser solitario, lo protegió como si ambos fueran parte de la misma familia. Al recuperarse, Atoq fue acogido por una manada peculiar: animales distintos que vivían juntos, se cuidaban y compartían lo que encontraban. Su nuevo amigo no vivía con ellos, pero formaba parte de la manada. Al principio, Atoq no lo comprendía: ¿cómo podía ser parte si no estaba con ellos todo el tiempo? Pero entonces pensó en su propia manada. Él también estaba lejos y, sin embargo..., seguía siendo uno de ellos. En la selva, Atoq descubrió que nadie era dueño del bosque. Los frutos, las raíces y el agua estaban allí, pero no eran tomados como propiedad. Cada alimento era recibido con gratitud, como un regalo que la naturaleza ofrecía día a día. Por eso, solo tomaban lo necesario, dejando lo demás para que otros también pudieran disfrutarlo. Entonces recordó a su manada: las peleas por el alimento, las disputas por los mejores lugares de recolección. Allí no era así. Nadie peleaba por poseer. Todo se compartía, como si el bosque mismo cuidara de todos. C 27

toq pensó que quizá estaba cerca, por fin, de la tierra de los zorros. Había refugio, comida abundante, árboles grandes para descansar y agua fresca por todos lados. No era un lugar perfecto —ya le habían advertido sobre los otorongos y otras fieras de cuidado—, pero algo en su pecho le decía que estaba cerca. Entonces recordó el Mayu, el río de estrellas del cielo, y pensó en lo que le habían dicho: que tal vez era el reflejo de un gran río en la tierra. Con el corazón latiendo fuerte, siguió el curso del agua hasta llegar al río Amazonas. Allí lo sorprendió la Yacumama, una serpiente enorme que dormía bajo el agua y que emergió de pronto. Atoq tembló, pero la gran serpiente lo calmó con una mirada. Le habló de su viaje y de su deseo de encontrar el Mayu en la tierra, porque creía que junto a ese río vivieron sus antepasados, tranquilos y con la tripa llena. La Yacumama abrió sus ojos brillantes y le dijo con voz profunda: —El Mayu no es solo un río. Es un gran camino. Todos viajamos por él. A veces nos lleva lejos, a veces de regreso. A veces se queda quieto por mucho tiempo, como una hamaca bajo el sol. Otras veces se mueve con tormentas y preguntas. Incluso este río se mueve, cambia de curso, retoma caminos antiguos, crea nuevos. A 28

ntonces mis antepasados no vivieron junto a un río engordando? —Quizá sí, quizá no, quizá solo por un tiempo. —Entonces… ¿los zorros no tenemos un hogar? ¿Un lugar donde vivir para siempre? —Todos vivimos para siempre en el Mayu, y el Mayu es movimiento. Pero un hogar no es un lugar. Es con quien decidas viajar. Atoq se imaginó navegando en un gran río. A lo lejos, vio la sombra de otras balsas: en una viajaba su manada; en otras, los animales que había conocido en su camino. Todas avanzaban en distintas direcciones, pero de algún modo seguían unidas. La Yacumama parecía ver en sus ojos sus pensamientos. —Puedes quedarte en el bosque si piensas que este es tu hogar —dijo con calma—. Pero recuerda: no es el alimento o el refugio lo que construye un hogar, sino con quién decides navegar. La duda seguía gruñendo en el corazón de Atoq, pero algo en su interior empezaba a cambiar. Quizá su manada no era perfecta, pero a su modo también sabía cuidar y compartir. Solo que en los momentos difíciles lo olvidaban… o les costaba más. Y quizá su viaje no había sido para encontrar un lugar, sino para encontrar la forma de ayudar a su manada a vivir mejor, como otras también habían aprendido. —¿E 30 31

toq miró el gran río y recordó lo vivido. Del mar aprendió que lo que une a los zorros no es cómo se ven, sino lo que comparten: la astucia, el cuidado, la fuerza para resistir. De las montañas, que dar y recibir no son cosas distintas, y que, incluso cuando hay poco, se puede vivir en armonía. De la selva, que tomar solo lo necesario es también cuidar a los demás. Y entonces lo entendió: esas formas de vivir ya existían en su manada. A veces eran tenues, otras invisibles —se olvidaban en los días difíciles—, pero no habían desaparecido. Estaban ahí, esperando ser recordadas. Todo cambia, pensó. Nada permanece quieto. Incluso quienes creen que han llegado al final… solo están descansando un momento antes de seguir. Y él también debía seguir su camino. A 33

ntes de continuar su camino, Atoq subió a una colina donde el paisaje se abría como un mapa. A lo lejos, el mar. Más cerca, las montañas. A sus pies, el gran río. Todo lo que había recorrido cabía ahora en su mirada. Entonces entendió que su viaje no fue para encontrar un hogar, sino para comprender qué era un hogar. No importaba de dónde vinieron sus antepasados. Ahora lo sabía: venían de muchos lugares, de muchas memorias. Somos hijos del Mayu, pensó, de ese viaje eterno. A 35

l viento acarició su lomo. Atoq bajó la colina en silencio, sin apuro, como si ya conociera el camino. El sol filtraba su luz entre las hojas y el viento murmuraba recuerdos. No todo estaba claro, pero su corazón caminaba liviano. En el camino, se encontró con una mariposa saliendo de su crisálida. La observó con atención: alguna vez fue oruga, luego se detuvo… y ahora partía transformada. Quizá así era también su manada: se movía, se detenía, cambiaba y volvía a empezar. Debía dejar que siguiera su curso. Entonces pensó en aquello que no había sabido decir al partir. No había encontrado un lugar perfecto, pero sí algo que valía la pena compartir. Y por eso regresaba. No porque todo estuviera resuelto, sino porque ahora comprendía que también podía ayudar a transformar. E 36 37

Atoq avistó el camino que seguía su manada. Desde lejos, como si nunca hubiera dejado de seguirlo, el aroma de su madre llegó a su nariz. El joven zorro estaba en paz. Había decidido que allí estaba su hogar. Pero sabía que no volvía igual. Ahora entendía que un hogar no se encuentra: se cuida, se mejora, se construye. Y eso era lo que quería hacer: ayudar a su manada a recordar lo que alguna vez supieron, aunque a veces lo olvidaran. Porque aprender también es cambiar. Y cambiar, a veces, es solo otra forma de seguir creciendo.

Ilustradora: Andrea Gago es una ilustradora peruana nacida en Lima. Desde niña sintió una gran pasión por el dibujo. Estudió Diseño Gráfico y trabajó durante algunos años en agencias de publicidad, hasta que decidió seguir su verdadera vocación y cursó la carrera de Grabado en la Facultad de Arte y Diseño de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde 2019 se dedica a la ilustración de manera independiente. Ha ilustrado libros para editoriales de Perú, Chile e Italia, y es autora de tres libros, entre ellos La discusión (Polifonía Editora), galardonado con el Premio Fundación Cuatrogatos 2022. Sus trabajos han sido seleccionados para la Exposición de Ilustración de la Feria del Libro Infantil de Bolonia (2021), la Feria del Libro de Shanghái (2023) y el Catálogo Iberoamérica Ilustra (2024). Además, dos de sus proyectos personales fueron incluidos en la lista larga de The Unpublished Book Contest, de la plataforma Dpictus, en 2023 y 2024.

COLECCIÓN toq ha decidido emprender un viaje. Dicen que alguna vez existió una tierra para los zorros, pero nadie sabe con certeza dónde queda. En su camino, llegará al mar, subirá montañas y se internará en la selva, guiado por encuentros, recuerdos y preguntas. El zorro de todos los caminos es una historia poética y entrañable sobre la búsqueda de un hogar, acompañada por ilustraciones que dan vida a cada paso del viaje. A

El zorro de todos los caminos © Gerson Rivera © Andrea Gago Colección Perú © Biblioteca Nacional del Perú Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima - Perú. www.bnp.gob.pe Presidenta de la República del Perú Dina Boluarte Zegarra Ministro de Cultura del Perú Fabricio Valencia Gibaja Jefa institucional de la Biblioteca Nacional del Perú Ana Peña Cardoza Director de la Dirección de Acceso y Promoción de la Información Leandro Villalobos Terán Edición: Alejandro Lozano Corrección de estilo: Andrea Ramos Diseño y diagramación: Patricia Soria Primera edición: agosto de 2025 Tiraje: 1000 ejemplares Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.° 2025-08260 ISBN: 978-612-5205-11-7 Impreso en Línea Gráfica C & A E.I.R.L. Jr. Huaraz 1712, Breña Lima, Perú Ejemplar gratuito, prohibida su venta o reproducción. Escrito por Gerson Rivera Ilustrado por Andrea Gago de todos los caminos COLECCIÓN

toq se despertó con la panza vacía y el hocico cubierto de polvo. A su alrededor, la manada dormía esparcida entre piedras y raíces, con algún zorro roncando como tronco hueco. Llevaban muchas lunas caminando. Como no encontraban un lugar con comida y refugio, se habían acostumbrado a moverse sin parar. A veces el viaje tenía cosas buenas: carreras, juegos, alguna nube en forma de pato. Pero otras veces… Otras veces no encontraban qué comer ni qué beber, y se peleaban por lo poco que había o por los mejores lugares para buscar comida. Dormían donde podían, con el oído atento y el hocico alerta, porque los caminos estaban llenos de peligros: pumas, serpientes y sombras que olían a fiera. Atoq, el más joven, empezaba a preguntarse si los zorros estaban destinados a vivir así para siempre. A 4

abía un zorro viejo que contaba historias increíbles. Decía que los primeros zorros hablaban con la madre naturaleza y que ella les ofrecía comida a manos llenas, pero ellos solo tomaban lo necesario. Contaba que enfrentaron unidos a gigantes que los enfermaban o les robaban los alimentos, y que algunos podían transformarse en otros animales para jugar o proteger a los suyos. A veces, eso sí, se olvidaba de su propio nombre... o confundía un cactus con una oveja. Por eso, muchos decían que ya no había que hacerle mucho caso. Pero cuando hablaba de la tierra de los zorros, todos escuchaban un poquito más atentos. En ocasiones decía que los primeros zorros salieron del mar, donde el alimento abundaba y el sol calentaba las rocas. Otras, que nacieron en cuevas altas, protegidas por las montañas. Y otras más, que surgieron de un gran río fértil y generoso. Como si su comienzo se hubiera perdido en el tiempo, entre la espuma, la piedra y el agua dulce. Algunos lo escuchaban con curiosidad, pero casi nadie lo tomaba en serio. “Salirse de los caminos conocidos es arriesgarse por cuentos”, decían. “Y los cuentos son solo eso: cuentos”. Pero Atoq sí lo escuchaba. Y aunque no decía nada, se quedaba pensando largo rato. ¿Y si ese lugar aún existía? ¿Y si él pudiera encontrarlo? H 6 7

toq veía cómo otros animales vivían luna tras luna en el mismo árbol, la misma colina, el mismo lago. Pensaba que ellos tenían algo que su manada no: un hogar, un lugar sin peligros ni cansancio, donde siempre había algo que comer. —Debo encontrar la tierra de los zorros —se dijo. Si hallaba el lugar donde vivieron sus ancestros, encontraría un hogar verdadero: con refugio, comida y paz para los cachorros. Ese día, dos de los más pequeños se quedaron sin comer. Los mayores se habían peleado por unas raíces, y se lo llevaron todo. Su madre bajó la cabeza y murmuró: —Antes esto no pasaba… Entonces Atoq se acercó en silencio y le pidió un abrazo. No dijo por qué. No hizo falta. En su pecho ardía una certeza: si encontraba esa tierra, volvería para contarles. Pero aún no sabía cómo explicar lo que sentía. Solo sabía que debía partir. Mientras la manada seguía a las nubes en busca de alimento, él tomó otro camino. Se despidió de su madre, de su hermano y de los cachorros. Muy a su pesar, todos lo vieron perderse entre las montañas. A 9

aminó durante tantos días que hasta la tierra, el cielo y el aire cambiaron de color. El viento le movía las orejas y le humedecía la nariz. A lo lejos, un olor salado le hizo temblar el corazón: era el mar. La arena quemaba bajo sus patas, pero él avanzó, atento a los ruidos, con el cuerpo en tensión, como lo hacía su manada cuando olía peligro. En la orilla encontró huellas de otros animales y se detuvo. Por un instante pensó en regresar. Pero recordó los malos tiempos de la manada, las peleas por comida, el miedo en los ojos de los cachorros. No buscaba un hogar solo para él. Entonces respiró hondo... y siguió caminando. C

n hocico tiró de su cola. Asustado, Atoq se volteó y encontró a un zorro mayor, de patas cortas y pelaje gris. —Hola, forastero. ¿Quién eres? —Soy... un animal —respondió Atoq, nervioso. El otro se echó a reír. —Claro que eres un animal. Eres un zorro, como yo. —No… no soy como tú —dijo Atoq, dudando. —¿Lo dices por mis patas más cortas? ¿Por mi pelaje grisáceo? ¿O porque parezco una piedra con pelos? —rió el viejo—. No te engañes. Todo eso es solo apariencia. —En mi manada todos somos iguales. —Ni siquiera los granos de arena bajo tus patas pueden decir eso —respondió el otro con calma. Atoq miró el suelo. Recordó los rostros de su manada. Nadie era exactamente igual. —Me llamo Viento —dijo el viejo zorro—. ¿Qué te trae por aquí? —Me llamo Atoq. Busco un lugar donde los zorros podamos quedarnos para siempre. —¿Y crees que es este? —Dicen que nuestros antepasados vivieron junto al mar… Viento soltó una carcajada y con él pareció reír el mar entero. —Muchos han vivido aquí —dijo—. Algunos se quedaron un buen rato, otros solo de paso. Pero, tarde o temprano, todos seguimos. Este no es un destino. Es parte del camino. U 13

iento lo llevó a conocer a los animales de la costa: leones marinos, aves pescadoras y otros zorros. Algunos eran grandes, otros pequeños. Hablaban distinto, se movían distinto. Atoq notó que no se parecían a los de su manada, pero Viento le explicó que ser zorro no era cuestión de cómo se veían, sino de lo que compartían: buscar alimento con astucia, cuidar a los cachorros, resistir el camino. Eso, dijo, es lo que los hacía zorros. Atoq observó a los demás animales. También ellos cuidaban, también resistían. —Quizá hay cosas que todos compartimos —dijo. Viento asintió. —No todos somos iguales, pero todos necesitamos algo parecido: cuidar de los nuestros, calmar los miedos, encontrar nuestro camino. Entonces Atoq habló de su manada, de cómo debían moverse para sobrevivir. Dijo que quería volver a la tierra de sus ancestros para quedarse allí para siempre, en un verdadero hogar. Miraron el mar en silencio. Viento sonrió suavemente. —Creo que tienes que seguir tu propio viaje para descubrir... o recordar dónde está tu hogar. Atoq le dio las gracias, con una mezcla de confusión y esperanza. No lo comprendía del todo, pero algo en su pecho se encendió. Y así, con el viento a sus espaldas, siguió su camino. V 14 15

l zorro viejo le había hablado de un sendero en las montañas que lo llevaría a un lugar especial: la cueva Orejas de Hombre. Según las historias, allí podía haber pistas sobre la tierra de los zorros. El ascenso fue duro. Pasó noches heladas y días en silencio. Más de una vez se detuvo al oír ramas quebrarse o al ver sombras moverse entre las rocas. Atoq sabía que no era el único que andaba por esas tierras. Finalmente, llegó a las dos rocas gigantes que parecían escuchar al cielo. —¡Qué orejotas! —dijo Atoq—. Si así son las orejas…, ¡los hombres deben tener la cabeza del tamaño de un árbol! Dentro de la cueva encontró pinturas rupestres: zorros caminando en fila, como si siguieran el curso de un río. En otra escena, varios rodeaban a un huanaco mientras trabajaban juntos para atraparlo. E 16

na zorra fornida, con una pata dañada, salió de las sombras. Sus orejas eran como picos de montaña, y su pelaje, rojizo y marrón oscuro. Al ver a Atoq observando los dibujos, le habló: —Eso se llama chaku. Es una forma antigua de cazar donde todos colaboran. Rodeamos a los animales y tomamos solo lo necesario. Así, nadie se queda atrás. Se acercó con unas bayas silvestres y una piel seca para dormir. —Mi nombre es Nina. Puedes quedarte esta noche. No hay mucha comida..., no es época de chaku —añadió. Al amanecer, le pidió ayuda para pescar en el río. —Si alguien te da algo, tú también debes darle algo a cambio —añadió, mordiendo el pescado que Atoq había atrapado. Luego de saciarse, Atoq no pudo evitar preguntar: —¿Si hay poca comida, por qué la compartiste? ¿Acaso tu manada no pelea cuando hay poco que comer? Nina lo miró con serenidad. —Antes no era así, pero aprendimos que es mejor cuidarnos entre todos que pelear. Compartir no es un favor, es vivir en equilibrio. Atoq se quedó en silencio. En su manada también compartían, al menos cuando podían. Pero en los malos días era difícil. Aquello era distinto. Y le quedó una idea rondando por dentro: recibir y ofrecer. U 19

urante varios días, Atoq vivió entre los zorros de los Andes. Aprendió a orientarse por las estrellas, a escuchar el viento y a leer las huellas en la tierra. Pronto comprendió que ellos también deambulaban y pasaban hambre, pero se cuidaban incluso en los malos tiempos. También contaban historias sobre los primeros zorros, como en su manada. Pero aquí solo hablaban de sus hazañas, de cómo resistían y se protegían. Nadie mencionaba las tierras abundantes, como si eso no importara. Una noche, mientras miraban el cielo, le mostraron el Mayu: el río del cielo hecho de estrellas. —Es el reflejo de un gran río en la tierra —le dijeron. —Algunos dicen que ese es el río Amazonas —añadieron. Atoq miró las siluetas que brillaban en el río de estrellas. Entre ellas, vio un zorro y sintió un escalofrío. —¿Y si ese gran río es el lugar de donde vinimos todos los zorros? —susurró—. La tierra de los zorros debe de estar cerca. —Puede ser… —respondieron—. Los ancianos dicen que las historias no siempre significan solo una cosa. A veces dicen mucho más. Antes de partir, Nina le entregó una piedra tallada. —Es para que recuerdes que todos los caminos dejan huella. D 20

toq recordó las figuras de la cueva: zorros caminando en fila, rodeando animales, como en un chaku. Tenía la certeza de que no solo hablaban de caza y trabajo en conjunto, sino también de un río. Entonces volvió a una historia que contaba el más anciano de su manada: una que decía que sus antepasados vivieron en abundancia cerca de un gran río. Quizá se refería al Amazonas. Su esperanza de encontrar un lugar de seguridad y abundancia, donde por fin tener un hogar con su manada, crecía en su corazón. Pero el viaje había sido largo y pesado. Su cuerpo, agotado por la fiebre y el calor, no pudo más. Cayó bajo la sombra de un árbol y el mundo se le volvió confuso, como si flotara dentro de un río de sueños. La fiebre, aunque peligrosa, parecía haber alejado la niebla de los malos recuerdos, dejando ver aquellos que se suelen olvidar más rápido: los buenos. Soñó con su manada: con los cachorros que jugaban a cazar, con una noche helada durmiendo a la intemperie, con la cola tibia de su madre cubriéndolo del frío. Soñó con aquel día en que todos se unieron para espantar al puma, con las reconciliaciones que venían después de las peleas, con las risas que nacían incluso en los días difíciles. Recordó sus voces, el calor compartido, el abrigo silencioso de estar juntos. A 23

uando despertó, un animal lo observaba en silencio. Parecía un zorro, pero no del todo: su pelaje era oscuro, entre gris y rojizo; sus orejas, cortas y redondeadas; su andar, sigiloso, casi como el de un felino. No hablaban igual, pero se entendieron con gestos. Ese zorro lo había cuidado con hojas medicinales, insectos y raíces. Aunque era un ser solitario, lo protegió como si ambos fueran parte de la misma familia. Al recuperarse, Atoq fue acogido por una manada peculiar: animales distintos que vivían juntos, se cuidaban y compartían lo que encontraban. Su nuevo amigo no vivía con ellos, pero formaba parte de la manada. Al principio, Atoq no lo comprendía: ¿cómo podía ser parte si no estaba con ellos todo el tiempo? Pero entonces pensó en su propia manada. Él también estaba lejos y, sin embargo..., seguía siendo uno de ellos. En la selva, Atoq descubrió que nadie era dueño del bosque. Los frutos, las raíces y el agua estaban allí, pero no eran tomados como propiedad. Cada alimento era recibido con gratitud, como un regalo que la naturaleza ofrecía día a día. Por eso, solo tomaban lo necesario, dejando lo demás para que otros también pudieran disfrutarlo. Entonces recordó a su manada: las peleas por el alimento, las disputas por los mejores lugares de recolección. Allí no era así. Nadie peleaba por poseer. Todo se compartía, como si el bosque mismo cuidara de todos. C 27

toq pensó que quizá estaba cerca, por fin, de la tierra de los zorros. Había refugio, comida abundante, árboles grandes para descansar y agua fresca por todos lados. No era un lugar perfecto —ya le habían advertido sobre los otorongos y otras fieras de cuidado—, pero algo en su pecho le decía que estaba cerca. Entonces recordó el Mayu, el río de estrellas del cielo, y pensó en lo que le habían dicho: que tal vez era el reflejo de un gran río en la tierra. Con el corazón latiendo fuerte, siguió el curso del agua hasta llegar al río Amazonas. Allí lo sorprendió la Yacumama, una serpiente enorme que dormía bajo el agua y que emergió de pronto. Atoq tembló, pero la gran serpiente lo calmó con una mirada. Le habló de su viaje y de su deseo de encontrar el Mayu en la tierra, porque creía que junto a ese río vivieron sus antepasados, tranquilos y con la tripa llena. La Yacumama abrió sus ojos brillantes y le dijo con voz profunda: —El Mayu no es solo un río. Es un gran camino. Todos viajamos por él. A veces nos lleva lejos, a veces de regreso. A veces se queda quieto por mucho tiempo, como una hamaca bajo el sol. Otras veces se mueve con tormentas y preguntas. Incluso este río se mueve, cambia de curso, retoma caminos antiguos, crea nuevos. A 28

ntonces mis antepasados no vivieron junto a un río engordando? —Quizá sí, quizá no, quizá solo por un tiempo. —Entonces… ¿los zorros no tenemos un hogar? ¿Un lugar donde vivir para siempre? —Todos vivimos para siempre en el Mayu, y el Mayu es movimiento. Pero un hogar no es un lugar. Es con quien decidas viajar. Atoq se imaginó navegando en un gran río. A lo lejos, vio la sombra de otras balsas: en una viajaba su manada; en otras, los animales que había conocido en su camino. Todas avanzaban en distintas direcciones, pero de algún modo seguían unidas. La Yacumama parecía ver en sus ojos sus pensamientos. —Puedes quedarte en el bosque si piensas que este es tu hogar —dijo con calma—. Pero recuerda: no es el alimento o el refugio lo que construye un hogar, sino con quién decides navegar. La duda seguía gruñendo en el corazón de Atoq, pero algo en su interior empezaba a cambiar. Quizá su manada no era perfecta, pero a su modo también sabía cuidar y compartir. Solo que en los momentos difíciles lo olvidaban… o les costaba más. Y quizá su viaje no había sido para encontrar un lugar, sino para encontrar la forma de ayudar a su manada a vivir mejor, como otras también habían aprendido. —¿E 30 31

toq miró el gran río y recordó lo vivido. Del mar aprendió que lo que une a los zorros no es cómo se ven, sino lo que comparten: la astucia, el cuidado, la fuerza para resistir. De las montañas, que dar y recibir no son cosas distintas, y que, incluso cuando hay poco, se puede vivir en armonía. De la selva, que tomar solo lo necesario es también cuidar a los demás. Y entonces lo entendió: esas formas de vivir ya existían en su manada. A veces eran tenues, otras invisibles —se olvidaban en los días difíciles—, pero no habían desaparecido. Estaban ahí, esperando ser recordadas. Todo cambia, pensó. Nada permanece quieto. Incluso quienes creen que han llegado al final… solo están descansando un momento antes de seguir. Y él también debía seguir su camino. A 33

ntes de continuar su camino, Atoq subió a una colina donde el paisaje se abría como un mapa. A lo lejos, el mar. Más cerca, las montañas. A sus pies, el gran río. Todo lo que había recorrido cabía ahora en su mirada. Entonces entendió que su viaje no fue para encontrar un hogar, sino para comprender qué era un hogar. No importaba de dónde vinieron sus antepasados. Ahora lo sabía: venían de muchos lugares, de muchas memorias. Somos hijos del Mayu, pensó, de ese viaje eterno. A 35

l viento acarició su lomo. Atoq bajó la colina en silencio, sin apuro, como si ya conociera el camino. El sol filtraba su luz entre las hojas y el viento murmuraba recuerdos. No todo estaba claro, pero su corazón caminaba liviano. En el camino, se encontró con una mariposa saliendo de su crisálida. La observó con atención: alguna vez fue oruga, luego se detuvo… y ahora partía transformada. Quizá así era también su manada: se movía, se detenía, cambiaba y volvía a empezar. Debía dejar que siguiera su curso. Entonces pensó en aquello que no había sabido decir al partir. No había encontrado un lugar perfecto, pero sí algo que valía la pena compartir. Y por eso regresaba. No porque todo estuviera resuelto, sino porque ahora comprendía que también podía ayudar a transformar. E 36 37

Atoq avistó el camino que seguía su manada. Desde lejos, como si nunca hubiera dejado de seguirlo, el aroma de su madre llegó a su nariz. El joven zorro estaba en paz. Había decidido que allí estaba su hogar. Pero sabía que no volvía igual. Ahora entendía que un hogar no se encuentra: se cuida, se mejora, se construye. Y eso era lo que quería hacer: ayudar a su manada a recordar lo que alguna vez supieron, aunque a veces lo olvidaran. Porque aprender también es cambiar. Y cambiar, a veces, es solo otra forma de seguir creciendo.

Ilustradora: Andrea Gago es una ilustradora peruana nacida en Lima. Desde niña sintió una gran pasión por el dibujo. Estudió Diseño Gráfico y trabajó durante algunos años en agencias de publicidad, hasta que decidió seguir su verdadera vocación y cursó la carrera de Grabado en la Facultad de Arte y Diseño de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde 2019 se dedica a la ilustración de manera independiente. Ha ilustrado libros para editoriales de Perú, Chile e Italia, y es autora de tres libros, entre ellos La discusión (Polifonía Editora), galardonado con el Premio Fundación Cuatrogatos 2022. Sus trabajos han sido seleccionados para la Exposición de Ilustración de la Feria del Libro Infantil de Bolonia (2021), la Feria del Libro de Shanghái (2023) y el Catálogo Iberoamérica Ilustra (2024). Además, dos de sus proyectos personales fueron incluidos en la lista larga de The Unpublished Book Contest, de la plataforma Dpictus, en 2023 y 2024.

COLECCIÓN toq ha decidido emprender un viaje. Dicen que alguna vez existió una tierra para los zorros, pero nadie sabe con certeza dónde queda. En su camino, llegará al mar, subirá montañas y se internará en la selva, guiado por encuentros, recuerdos y preguntas. El zorro de todos los caminos es una historia poética y entrañable sobre la búsqueda de un hogar, acompañada por ilustraciones que dan vida a cada paso del viaje. A

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