toq miró el gran río y recordó lo vivido. Del mar aprendió que lo que une a los zorros no es cómo se ven, sino lo que comparten: la astucia, el cuidado, la fuerza para resistir. De las montañas, que dar y recibir no son cosas distintas, y que, incluso cuando hay poco, se puede vivir en armonía. De la selva, que tomar solo lo necesario es también cuidar a los demás. Y entonces lo entendió: esas formas de vivir ya existían en su manada. A veces eran tenues, otras invisibles —se olvidaban en los días difíciles—, pero no habían desaparecido. Estaban ahí, esperando ser recordadas. Todo cambia, pensó. Nada permanece quieto. Incluso quienes creen que han llegado al final… solo están descansando un momento antes de seguir. Y él también debía seguir su camino. A 33
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