El zorro de todos los caminos

toq veía cómo otros animales vivían luna tras luna en el mismo árbol, la misma colina, el mismo lago. Pensaba que ellos tenían algo que su manada no: un hogar, un lugar sin peligros ni cansancio, donde siempre había algo que comer. —Debo encontrar la tierra de los zorros —se dijo. Si hallaba el lugar donde vivieron sus ancestros, encontraría un hogar verdadero: con refugio, comida y paz para los cachorros. Ese día, dos de los más pequeños se quedaron sin comer. Los mayores se habían peleado por unas raíces, y se lo llevaron todo. Su madre bajó la cabeza y murmuró: —Antes esto no pasaba… Entonces Atoq se acercó en silencio y le pidió un abrazo. No dijo por qué. No hizo falta. En su pecho ardía una certeza: si encontraba esa tierra, volvería para contarles. Pero aún no sabía cómo explicar lo que sentía. Solo sabía que debía partir. Mientras la manada seguía a las nubes en busca de alimento, él tomó otro camino. Se despidió de su madre, de su hermano y de los cachorros. Muy a su pesar, todos lo vieron perderse entre las montañas. A 9

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