n hocico tiró de su cola. Asustado, Atoq se volteó y encontró a un zorro mayor, de patas cortas y pelaje gris. —Hola, forastero. ¿Quién eres? —Soy... un animal —respondió Atoq, nervioso. El otro se echó a reír. —Claro que eres un animal. Eres un zorro, como yo. —No… no soy como tú —dijo Atoq, dudando. —¿Lo dices por mis patas más cortas? ¿Por mi pelaje grisáceo? ¿O porque parezco una piedra con pelos? —rió el viejo—. No te engañes. Todo eso es solo apariencia. —En mi manada todos somos iguales. —Ni siquiera los granos de arena bajo tus patas pueden decir eso —respondió el otro con calma. Atoq miró el suelo. Recordó los rostros de su manada. Nadie era exactamente igual. —Me llamo Viento —dijo el viejo zorro—. ¿Qué te trae por aquí? —Me llamo Atoq. Busco un lugar donde los zorros podamos quedarnos para siempre. —¿Y crees que es este? —Dicen que nuestros antepasados vivieron junto al mar… Viento soltó una carcajada y con él pareció reír el mar entero. —Muchos han vivido aquí —dijo—. Algunos se quedaron un buen rato, otros solo de paso. Pero, tarde o temprano, todos seguimos. Este no es un destino. Es parte del camino. U 13
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