Atoq avistó el camino que seguía su manada. Desde lejos, como si nunca hubiera dejado de seguirlo, el aroma de su madre llegó a su nariz. El joven zorro estaba en paz. Había decidido que allí estaba su hogar. Pero sabía que no volvía igual. Ahora entendía que un hogar no se encuentra: se cuida, se mejora, se construye. Y eso era lo que quería hacer: ayudar a su manada a recordar lo que alguna vez supieron, aunque a veces lo olvidaran. Porque aprender también es cambiar. Y cambiar, a veces, es solo otra forma de seguir creciendo.
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