toq se despertó con la panza vacía y el hocico cubierto de polvo. A su alrededor, la manada dormía esparcida entre piedras y raíces, con algún zorro roncando como tronco hueco. Llevaban muchas lunas caminando. Como no encontraban un lugar con comida y refugio, se habían acostumbrado a moverse sin parar. A veces el viaje tenía cosas buenas: carreras, juegos, alguna nube en forma de pato. Pero otras veces… Otras veces no encontraban qué comer ni qué beber, y se peleaban por lo poco que había o por los mejores lugares para buscar comida. Dormían donde podían, con el oído atento y el hocico alerta, porque los caminos estaban llenos de peligros: pumas, serpientes y sombras que olían a fiera. Atoq, el más joven, empezaba a preguntarse si los zorros estaban destinados a vivir así para siempre. A 4
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