aminó durante tantos días que hasta la tierra, el cielo y el aire cambiaron de color. El viento le movía las orejas y le humedecía la nariz. A lo lejos, un olor salado le hizo temblar el corazón: era el mar. La arena quemaba bajo sus patas, pero él avanzó, atento a los ruidos, con el cuerpo en tensión, como lo hacía su manada cuando olía peligro. En la orilla encontró huellas de otros animales y se detuvo. Por un instante pensó en regresar. Pero recordó los malos tiempos de la manada, las peleas por comida, el miedo en los ojos de los cachorros. No buscaba un hogar solo para él. Entonces respiró hondo... y siguió caminando. C
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