l zorro viejo le había hablado de un sendero en las montañas que lo llevaría a un lugar especial: la cueva Orejas de Hombre. Según las historias, allí podía haber pistas sobre la tierra de los zorros. El ascenso fue duro. Pasó noches heladas y días en silencio. Más de una vez se detuvo al oír ramas quebrarse o al ver sombras moverse entre las rocas. Atoq sabía que no era el único que andaba por esas tierras. Finalmente, llegó a las dos rocas gigantes que parecían escuchar al cielo. —¡Qué orejotas! —dijo Atoq—. Si así son las orejas…, ¡los hombres deben tener la cabeza del tamaño de un árbol! Dentro de la cueva encontró pinturas rupestres: zorros caminando en fila, como si siguieran el curso de un río. En otra escena, varios rodeaban a un huanaco mientras trabajaban juntos para atraparlo. E 16
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