ntonces mis antepasados no vivieron junto a un río engordando? —Quizá sí, quizá no, quizá solo por un tiempo. —Entonces… ¿los zorros no tenemos un hogar? ¿Un lugar donde vivir para siempre? —Todos vivimos para siempre en el Mayu, y el Mayu es movimiento. Pero un hogar no es un lugar. Es con quien decidas viajar. Atoq se imaginó navegando en un gran río. A lo lejos, vio la sombra de otras balsas: en una viajaba su manada; en otras, los animales que había conocido en su camino. Todas avanzaban en distintas direcciones, pero de algún modo seguían unidas. La Yacumama parecía ver en sus ojos sus pensamientos. —Puedes quedarte en el bosque si piensas que este es tu hogar —dijo con calma—. Pero recuerda: no es el alimento o el refugio lo que construye un hogar, sino con quién decides navegar. La duda seguía gruñendo en el corazón de Atoq, pero algo en su interior empezaba a cambiar. Quizá su manada no era perfecta, pero a su modo también sabía cuidar y compartir. Solo que en los momentos difíciles lo olvidaban… o les costaba más. Y quizá su viaje no había sido para encontrar un lugar, sino para encontrar la forma de ayudar a su manada a vivir mejor, como otras también habían aprendido. —¿E 30 31
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx