ntes de continuar su camino, Atoq subió a una colina donde el paisaje se abría como un mapa. A lo lejos, el mar. Más cerca, las montañas. A sus pies, el gran río. Todo lo que había recorrido cabía ahora en su mirada. Entonces entendió que su viaje no fue para encontrar un hogar, sino para comprender qué era un hogar. No importaba de dónde vinieron sus antepasados. Ahora lo sabía: venían de muchos lugares, de muchas memorias. Somos hijos del Mayu, pensó, de ese viaje eterno. A 35
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