El zorro de todos los caminos

uando despertó, un animal lo observaba en silencio. Parecía un zorro, pero no del todo: su pelaje era oscuro, entre gris y rojizo; sus orejas, cortas y redondeadas; su andar, sigiloso, casi como el de un felino. No hablaban igual, pero se entendieron con gestos. Ese zorro lo había cuidado con hojas medicinales, insectos y raíces. Aunque era un ser solitario, lo protegió como si ambos fueran parte de la misma familia. Al recuperarse, Atoq fue acogido por una manada peculiar: animales distintos que vivían juntos, se cuidaban y compartían lo que encontraban. Su nuevo amigo no vivía con ellos, pero formaba parte de la manada. Al principio, Atoq no lo comprendía: ¿cómo podía ser parte si no estaba con ellos todo el tiempo? Pero entonces pensó en su propia manada. Él también estaba lejos y, sin embargo..., seguía siendo uno de ellos. En la selva, Atoq descubrió que nadie era dueño del bosque. Los frutos, las raíces y el agua estaban allí, pero no eran tomados como propiedad. Cada alimento era recibido con gratitud, como un regalo que la naturaleza ofrecía día a día. Por eso, solo tomaban lo necesario, dejando lo demás para que otros también pudieran disfrutarlo. Entonces recordó a su manada: las peleas por el alimento, las disputas por los mejores lugares de recolección. Allí no era así. Nadie peleaba por poseer. Todo se compartía, como si el bosque mismo cuidara de todos. C 27

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