toq recordó las figuras de la cueva: zorros caminando en fila, rodeando animales, como en un chaku. Tenía la certeza de que no solo hablaban de caza y trabajo en conjunto, sino también de un río. Entonces volvió a una historia que contaba el más anciano de su manada: una que decía que sus antepasados vivieron en abundancia cerca de un gran río. Quizá se refería al Amazonas. Su esperanza de encontrar un lugar de seguridad y abundancia, donde por fin tener un hogar con su manada, crecía en su corazón. Pero el viaje había sido largo y pesado. Su cuerpo, agotado por la fiebre y el calor, no pudo más. Cayó bajo la sombra de un árbol y el mundo se le volvió confuso, como si flotara dentro de un río de sueños. La fiebre, aunque peligrosa, parecía haber alejado la niebla de los malos recuerdos, dejando ver aquellos que se suelen olvidar más rápido: los buenos. Soñó con su manada: con los cachorros que jugaban a cazar, con una noche helada durmiendo a la intemperie, con la cola tibia de su madre cubriéndolo del frío. Soñó con aquel día en que todos se unieron para espantar al puma, con las reconciliaciones que venían después de las peleas, con las risas que nacían incluso en los días difíciles. Recordó sus voces, el calor compartido, el abrigo silencioso de estar juntos. A 23
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