El zorro de todos los caminos

abía un zorro viejo que contaba historias increíbles. Decía que los primeros zorros hablaban con la madre naturaleza y que ella les ofrecía comida a manos llenas, pero ellos solo tomaban lo necesario. Contaba que enfrentaron unidos a gigantes que los enfermaban o les robaban los alimentos, y que algunos podían transformarse en otros animales para jugar o proteger a los suyos. A veces, eso sí, se olvidaba de su propio nombre... o confundía un cactus con una oveja. Por eso, muchos decían que ya no había que hacerle mucho caso. Pero cuando hablaba de la tierra de los zorros, todos escuchaban un poquito más atentos. En ocasiones decía que los primeros zorros salieron del mar, donde el alimento abundaba y el sol calentaba las rocas. Otras, que nacieron en cuevas altas, protegidas por las montañas. Y otras más, que surgieron de un gran río fértil y generoso. Como si su comienzo se hubiera perdido en el tiempo, entre la espuma, la piedra y el agua dulce. Algunos lo escuchaban con curiosidad, pero casi nadie lo tomaba en serio. “Salirse de los caminos conocidos es arriesgarse por cuentos”, decían. “Y los cuentos son solo eso: cuentos”. Pero Atoq sí lo escuchaba. Y aunque no decía nada, se quedaba pensando largo rato. ¿Y si ese lugar aún existía? ¿Y si él pudiera encontrarlo? H 6 7

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