l viento acarició su lomo. Atoq bajó la colina en silencio, sin apuro, como si ya conociera el camino. El sol filtraba su luz entre las hojas y el viento murmuraba recuerdos. No todo estaba claro, pero su corazón caminaba liviano. En el camino, se encontró con una mariposa saliendo de su crisálida. La observó con atención: alguna vez fue oruga, luego se detuvo… y ahora partía transformada. Quizá así era también su manada: se movía, se detenía, cambiaba y volvía a empezar. Debía dejar que siguiera su curso. Entonces pensó en aquello que no había sabido decir al partir. No había encontrado un lugar perfecto, pero sí algo que valía la pena compartir. Y por eso regresaba. No porque todo estuviera resuelto, sino porque ahora comprendía que también podía ayudar a transformar. E 36 37
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx