toq pensó que quizá estaba cerca, por fin, de la tierra de los zorros. Había refugio, comida abundante, árboles grandes para descansar y agua fresca por todos lados. No era un lugar perfecto —ya le habían advertido sobre los otorongos y otras fieras de cuidado—, pero algo en su pecho le decía que estaba cerca. Entonces recordó el Mayu, el río de estrellas del cielo, y pensó en lo que le habían dicho: que tal vez era el reflejo de un gran río en la tierra. Con el corazón latiendo fuerte, siguió el curso del agua hasta llegar al río Amazonas. Allí lo sorprendió la Yacumama, una serpiente enorme que dormía bajo el agua y que emergió de pronto. Atoq tembló, pero la gran serpiente lo calmó con una mirada. Le habló de su viaje y de su deseo de encontrar el Mayu en la tierra, porque creía que junto a ese río vivieron sus antepasados, tranquilos y con la tripa llena. La Yacumama abrió sus ojos brillantes y le dijo con voz profunda: —El Mayu no es solo un río. Es un gran camino. Todos viajamos por él. A veces nos lleva lejos, a veces de regreso. A veces se queda quieto por mucho tiempo, como una hamaca bajo el sol. Otras veces se mueve con tormentas y preguntas. Incluso este río se mueve, cambia de curso, retoma caminos antiguos, crea nuevos. A 28
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