Carlos Parra del Riego Colección
1 Carlos Parra del Riego
2 Un héroe civil © Carlos Parra del Riego Colección Libros Libres © Biblioteca Nacional del Perú Av. de la Poesía 160, San Borja, Lima - Perú www.bnp.gob.pe Jefe Institucional de la Biblioteca Nacional del Perú Juan Yangali Quintanilla Director de la Dirección de Acceso y Promoción de la Información Leandro Villalobos Terán Coordinadora de la Unidad Funcional de Acceso e Innovación Digital Silvana Aquino Remigio Coordinación Editorial Edición y adaptación de textos: Gerson Rivera Cisneros Diseño, diagramación y ajustes de ilustración: Malkiel Moreno Aznaran Supervisión de contenido: Trilce Calluco Miranda, César Chumbiauca Sánchez Primera edición digital: febrero de 2026 Hecho en el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2025-11774
3 Bajo la premisa de brindar más y mejores servicios sin dejar a nadie atrás, desde la Biblioteca Nacional del Perú nos complace presentar la colección digital Libros Libres. Una propuesta que busca democratizar el acceso a la lectura y poner al alcance de la ciudadanía obras clásicas de la literatura universal, de manera gratuita, a través de la plataforma BNP Digital, con un enfoque intercultural e inclusivo. Las obras que conforman esta colección han sido traducidas a lenguas originarias y están disponibles en formatos de libro electrónico y audiolibro. Esta colección está dirigida a todos los usuarios, con especial énfasis en el público juvenil y en usuarios hablantes de lenguas originarias. Los títulos han sido cuidadosamente seleccionados y editados por nuestra institución. Además, cada obra está acompañada de ilustraciones que complementan y enriquecen las narraciones, ofreciendo una renovada experiencia de lectura donde la imaginación se encuentra con la innovación. Estas cautivadoras historias nos invitan a redescubrir la maestría de obras que han perdurado en el tiempo y que continúan resonando en los corazones de lectores de todas las edades. En suma, a través de esta colección resaltamos la vigencia de los clásicos de la literatura, ya que, al abordar temas universales, son capaces de trascender el tiempo y el espacio. Los invitamos a disfrutar y compartir estos relatos, los cuales nos recuerdan que el acceso a la cultura es un derecho fundamental que debemos defender y cultivar. Presentación
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5 —¡Aló!... ¿Con la redacción de El Sensacional? Vea, señor: habla un admirador del diario que quiere adelantarles una primicia. Se trata de un joven que acaba de salvar de una muerte segura a una niñita, con grave riesgo de su vida. La niñita cruzaba las vías en momentos en que avanzaba un tren a toda velocidad. El joven, al ver el peligro en que se hallaba ésta, se lanzó valientemente en pos de ella, logrando salvarla. —¿...? —Sí: nadie sabe nada todavía. Allí no hay vigilante. Además, como ninguno de los dos necesitó de la Asistencia Pública... El joven parece que se apellida Gargurevich; sí, Jorge Gargurevich. Según se le oyó decir, vive en Segurola al setecientos y tantos... Enseguida colgó el tubo y se quedó pensando en lo que había hecho. Un héroe civil
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8 Ciertamente, la cosa había sucedido tal como la relatara, pero con la pequeña diferencia de que solo Dios se había encargado de salvar a la niñita. Él la ayudó a levantarse del suelo, y nada más. Después, la chica se marchó tan tranquila a su casa. Que por qué se le habría ocurrido hacerse héroe de una hazaña que ni siquiera había intentado, era algo que no acertaba a explicarse. Maquinalmente, descolgó el tubo y comenzó a repetir las palabras que le dictaba su imaginación, vivamente impresionado por la escena que presenciara poco antes, y de la que le hubiera gustado ser su actor principal. Por otra parte, no se sentía incapaz de efectuar una acción semejante, dado que llegara el caso. La mayoría de las veces, el heroísmo es cuestión de oportunidad. De tal suerte, si en verdad no la había salvado, hubiera podido salvarla, lo que, en cierta manera, convertíalo casi en su salvador. Recordaba perfectamente el percance: la niñita intentaba cruzar las vías sin advertir el riesgo inminente. Avanza, ya está en medio de los rieles, y he aquí que, cuando menos lo sospechaba, la locomotora
9 está a su lado, vomitando fuego y humo, con un infernal estrépito de hierros. Apenas tuvo el tiempo indispensable para saltar al otro lado, en parte empujada por la fuerza de expansión de la máquina en su veloz carrera. Él había contemplado la escena descrita, mudo de asombro y de terror, y alargó hacia la niña los brazos en un movimiento instintivo de altruismo, alcanzando a recogerla del suelo cuando ya había pasado todo peligro. Así, pues, había sentido el impulso generoso de salvarla; era, en realidad, su verdadero salvador. Estas y otras reflexiones de parecida índole, si bien no le aclararon el móvil de aquello de echárselas de héroe, sirvieron para tranquilizar su conciencia, barriendo de ella hasta el último escrúpulo. Y se dirigió a su casa, dispuesto a esperar con serenidad lo que pudiera sobrevenir. Mientras caminaba, iba pensando con delectación en el halago de la popularidad. Eso de ver la propia imagen reproducida en todos los diarios, en un marco de elogios, le parecía la mayor satisfacción a que
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12 pueda aspirarse en este miserable mundo. Imaginaba, henchido de orgullo, el efecto de bomba que produciría en el barrio la aparición de su retrato, en los diarios y revistas, bogando entre nubes de encomios y loas a su valor y a su abnegación. Su odiado rival, aquel mentecato de boxeador que empapelara su habitación con las hojas de un diario en el que aparecía junto con otros participantes en un festival boxístico, a buen seguro que reventaría de rabia. En cuanto a ella, era seguro que decidiría sus preferencias por él. Al llegar a su casa tenía el convencimiento absoluto de que acababa de realizar un acto hermoso y loable, y, por lo tanto, entró taconeando fuerte y mirando por encima del hombro a todo el mundo. No había transcurrido una hora de su regreso cuando se presentaron un reportero y un fotógrafo de El Sensacional en busca del héroe. Su familia se sorprendió mucho con tan insólita visita. Él les explicó el motivo, sonriendo con verdadera modestia de héroe: “Lo que acabo de realizar no valía la pena; cualquiera en mi lugar
13 hubiera hecho lo mismo...”. Su madre y sus hermanos no apartaban la mirada de él, llenos de admiración y de ternura. El reportero lo asaetó a preguntas. Naturalmente, relató el hecho sin equivocarse ni contradecirse en un punto, cuidando de añadir al final que “no se explicaba la presencia en su casa de un enviado de El Sensacional, pues él era enemigo de que se hiciese publicidad alrededor de su persona”. El reportero consiguió este precioso dato, subrayándolo para que resaltase más. Luego continuó el interrogatorio: “¿Luego gustaba del yum yum? ¿Tenía novia? ¿Cuál era su deporte favorito? ¿Frecuentaba el cine? ¿Con qué prenda de su indumentaria comenzaba a vestirse?”, etc. Seguidamente, le tocó el turno al fotógrafo: después, sentado en medio de su familia; luego, con el perro en los brazos; vestido de futbolista; de mil maneras, en suma. Y se retiraron, dejándolo henchido de vanidad y a los de su casa, aplastados bajo el peso de su naciente gloria.
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16 Como lo había previsto, la noticia produjo en el barrio un efecto fulminante. Aquella noche se arrebataron los ejemplares de El Sensacional y, en el café, en la peluquería de don Nicola, en el Mercadito París y en las tertulias hogareñas, no se habló de otra cosa que de Jorge Gargurevich y su hazaña. Alguien propuso iniciar una colecta para obsequiarle. Debíase premiar la conducta heroica de quien, con su bella acción, hiciera convergir las miradas de la ciudad toda sobre aquel perdido rincón del barrio que jamás había merecido ni siquiera los honores de una nota policial. La noticia de El Sensacional, por aquello tan conocido de que los diarios se nutren de diarios, apareció con un ligero arreglo —y como original— en todos los vespertinos. De esta suerte, los trescientos o cuatrocientos mil lectores que buscan en los diarios de la tarde los pronósticos de carreras supieron que el joven Gargurevich, que tiene novia, masca yum yum, va al cine y comienza a vestirse por los zapatos, había salvado valientemente a una niñita de una muerte tan
17 cierta como horrible. Y los corazones ingenuos palpitaron de emoción al ver su nombre y su retrato a tres columnas. Hasta aquí, todo marchaba perfectamente. Mas, como al mejor cazador se le escapa la liebre, nuestro héroe imaginario cayó en la imperdonable ligereza de precisar las cosas. En lugar de indicar vagamente uno cualquiera de los tantos pasos a nivel que cruzan la ciudad, determinó la ubicación exacta de aquel donde efectivamente estuviera en riesgo de morir la niñita, extendiéndose en detalles pintorescos para hacer más verídica la narración de su hazaña. Esto dio como resultado que, cuando menos se lo esperaba, apareció en un diario un sueltecillo irónico en el que, después de poner la verdad en su sitio, se burlaron con mucho gracejo de su presunta heroicidad. “Un personaje de Pirandello” era el epígrafe que encabezaba la terrible tomadura de pelo que echaba por tierra su flamante prestigio de hombre abnegado y valeroso.
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20 Negábase a dar crédito a sus ojos. ¿Era posible que la madre de la niñita hubiera ido a las redacciones de los diarios a declarar la verdad de lo sucedido? Como tenía la absoluta convicción de su acto heroico, aquello le pareció una falsedad tremenda, lanzada con el solo propósito de hacerle daño. Él, y solo él, había salvado a la niñita; era una canallada que dijesen lo contrario. En el barrio no pensaban lo mismo. Nuevamente su nombre ocupó las conversaciones de todos en el café, en la peluquería de don Nicola, en el Mercadito París y en las tertulias hogareñas; solo que, esta vez, su nombre no iba seguido de elogios, y si algo se propuso en su obsequio fue propinarle una paliza. Su rival, el boxeador de marras, desquitose con creces de haber sido corrido por su efímera gloria. Desde la altura de sus puños, riose de él a mandíbula batiente, y, lo que es peor, su novia se negó a volver a verle, cubriéndolo de sarcasmo y de ridículo.
21 Entretanto, cada vez se afianzaba más en su conciencia la convicción de haber realizado un acto tan hermoso y heroico. Concurrió a las redacciones de los diarios y, ante el desconcierto de los redactores, juró por su cabeza que las declaraciones de la madre de la chica obedecían al deseo de hacerle daño, agregando que, “aunque no le daba importancia al hecho, él había arrebatado de la muerte a la pequeña”. El Sensacional publicó una nota sobre el asunto en la que se dejaba margen para que los lectores formasen juicio por sí mismos, añadiendo pérfidamente nuevas declaraciones de la madre, completadas con otras de la chica. — Yo salvé a la chica —decía Gargurevich a quien quisiera oírle, y aun a los que no querían, pues, perdida ya la serenidad, andaba por ahí ofuscado, erre que erre en el empeño de convencer a todo el mundo del mérito de su acción. No se resignaba, ni mucho menos, a verse despojado de su aureola de gloria que nimbara su nombre los primeros
22 días. Juzgaba que era una infamia que negasen su heroísmo, después de haberlo ensalzado tanto, y, en particular, porque, a medida que transcurrían los días, se sentía más héroe que nunca. Perdió el apetito y el sueño; enflaqueció. Como una sombra melancólica, vagaba por los lugares ajenos a su barrio, temeroso de las burlas con que allí se le acogía. En el pecho alimentaba y crecía un odio feroz contra la madre de la muchachita de quien se creía salvador, firmemente convencido de que la enemistad de esta obedecía a un motivo oscuro y torpe que no alcanzaba a precisar. “Para esto no valía la pena que hubiese expuesto mi vida” — pensaba—. Y, lleno de amargura y pesadumbre, hacía reflexiones pesimistas sobre el falso halago de la popularidad y la inconsistencia de los afectos. Ayer, blanco de unánimes elogios; hoy, objeto de mofa de todo el mundo. Este cambio repentino, por lo mismo que ofrecía un contraste violento, considerábalo de suyo injusto e
23 irritante. Nadie creía ya en sus palabras. Su propia madre trocaba su primitiva admiración por un sentimiento en el que se mezclaban, por partes iguales, la ironía y la indulgencia. En cuanto a sus hermanos, ninguno de ellos disimulaba la desdeñosa compasión que les inspiraba el verle convertido en víctima de sí mismo. ¿Quién diablos lo había metido a salvador? Las personas prudentes y razonables observaban una actitud mesurada frente al riesgo ajeno, y jamás se lanzan, como él, a hurtarle las presas a la Desnarigada. Mas lo peor en todo esto, según lo entendía él mismo, era que, una vez puesto en tales amenazas, solo le correspondía seguir en ellas. Tenía que realizar un nuevo y más hermoso acto heroico, para persuadir a los incrédulos y acallar a los burlones y deslenguados. Desgraciada o felizmente, no siempre se encuentran a mano personas en peligro de morir apachurradas, de modo que, por más imperioso que fuera su deseo, tenía que resignarse a permanecer a la expectativa. ¡Ah, si él
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26 pudiera sacar de entre las ruedas de un auto a una señorita delante de un concurso numeroso! Nadie tendría que decir nada entonces, y volvería a ocupar, con mayores merecimientos, un puesto entre los seres abnegados y altruistas. Su voluble novia, de fijo que volvería con él, esta vez más enamorada, llena de súplicas y promesas. Alguien ha dicho que desear vivamente una cosa es poseerla o vivirla, según sea el caso. Así, él vivía realizando a cada paso bellos actos de heroísmo, que elevaban ante sus ojos su propio concepto. Se admiraba y se compadecía a la vez, juzgándose incomprendido por la muchedumbre obtusa y malagradecida. ¡Con qué ansiedad, henchido de emoción y de júbilo, acechaba la oportunidad de salvar a alguien de un accidente! Y como la ocasión tarda, pero llega al fin, cierta vez, caminando por una calle de mucho tráfico, en momentos en que una señorita detuviérase temerosa e indecisa entre un auto y un tranvía, lanzose
27 denodadamente a salvarla. De un salto se puso al lado de la muchacha. Mas he aquí que, en vez de hacer algo por la presunta víctima, el infeliz, llevado por el impulso del salto, cayó nada menos que en el salvavidas del tranvía, el cual, accionado por el motorista, lo arrojó buen trecho más allá. Fue tal la violencia del golpe, que perdió el sentido; mas, asimismo, no fue tan grave la cosa que no lo recuperase pronto. Lo primero que hizo, al verse rodeado de gente que lo contemplaba entre asustada y compasiva, fue exclamar con todas las fuerzas que le permitía su lastimoso estado: —He sido yo el que ha salvado a la señorita. Me llamo Jorge Gargurevich y vivo en Segurola al setecientos y tantos... Y volvió a desmayarse; solo que esta vez fue de satisfacción al ver realizado su anhelo, mientras, en la acera de enfrente, la señorita salvada no se daba cuenta de lo que había ocurrido a aquel pobre diablo que yacía tendido con los brazos en cruz. FIN
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Carlos Parra del Riego Sobre el autor: Carlos Parra del Riego nació el 19 de febrero de 1896. Es reconocido como un escritor huancaíno, aunque según el bibliógrafo Alberto Tauro del Pino habría nacido en el Callao. Perteneció a una familia muy vinculada al mundo de las letras y la cultura. Su hermano Juan Parra del Riego, por ejemplo, fue un poeta admirado no solo en el Perú, sino también en Uruguay. Su formación escolar transcurrió entre Tarma, Huancayo y Lima. Se sabe que hacia 1914 vivió intensamente entre el arte y la bohemia. Luego estuvo en Bolivia donde se casó y tuvo dos hijos. Más tarde fue deportado a Argentina, donde vivió durante nueve años trabajando como periodista. De vuelta en Lima, escribió en revistas como Variedades y Mundial. Uno de sus artículos más recordados es el que dedicó el 14 de mayo de 1920 a la memoria de la literata Mercedes Cabello de Carbonera: “No os apenéis pues, si os hemos olvidado. Mañana el poeta exhumará vuestro recuerdo de entre la crítica pedante de los profesores, y os dirá su rosario de líricos versos. Creedme a mí, señora”. En 1937, atacado por la tuberculosis, se internó en el sanatorio Olavegoya de la ciudad de Jauja, en Junín. Fruto de esa experiencia, escribió una obra que ha llamado la atención no solo de la crítica, sino también de quienes estudian la historia de la
tuberculosis en el Perú. La novela relata la pobreza y el abandono de la atención médica y el sentimiento trágico de los pacientes. La novela se publicó en Chile en 1938. Willis Knapp Jones, de la Universidad de Miami, dijo en una reseña: “Si los médicos y los oficiales del gobierno del Perú leen este libro con atención, habrá muchos cambios en el país”. En cuanto a sus relatos, Carlos Parra del Riego suele representar, con un toque de humor cervantino, situaciones de personas sin privilegios que, en su afán de alcanzar fortuna o aprovechar un golpe de suerte, se topan con la frustración. Así se refleja en Un héroe civil, que forma parte de Por qué maté al niño, que reúne varios de sus cuentos. Murió el 23 de enero de 1939 en el hospital “El Carmen” de Huancayo.
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