27 denodadamente a salvarla. De un salto se puso al lado de la muchacha. Mas he aquí que, en vez de hacer algo por la presunta víctima, el infeliz, llevado por el impulso del salto, cayó nada menos que en el salvavidas del tranvía, el cual, accionado por el motorista, lo arrojó buen trecho más allá. Fue tal la violencia del golpe, que perdió el sentido; mas, asimismo, no fue tan grave la cosa que no lo recuperase pronto. Lo primero que hizo, al verse rodeado de gente que lo contemplaba entre asustada y compasiva, fue exclamar con todas las fuerzas que le permitía su lastimoso estado: —He sido yo el que ha salvado a la señorita. Me llamo Jorge Gargurevich y vivo en Segurola al setecientos y tantos... Y volvió a desmayarse; solo que esta vez fue de satisfacción al ver realizado su anhelo, mientras, en la acera de enfrente, la señorita salvada no se daba cuenta de lo que había ocurrido a aquel pobre diablo que yacía tendido con los brazos en cruz. FIN
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