12 pueda aspirarse en este miserable mundo. Imaginaba, henchido de orgullo, el efecto de bomba que produciría en el barrio la aparición de su retrato, en los diarios y revistas, bogando entre nubes de encomios y loas a su valor y a su abnegación. Su odiado rival, aquel mentecato de boxeador que empapelara su habitación con las hojas de un diario en el que aparecía junto con otros participantes en un festival boxístico, a buen seguro que reventaría de rabia. En cuanto a ella, era seguro que decidiría sus preferencias por él. Al llegar a su casa tenía el convencimiento absoluto de que acababa de realizar un acto hermoso y loable, y, por lo tanto, entró taconeando fuerte y mirando por encima del hombro a todo el mundo. No había transcurrido una hora de su regreso cuando se presentaron un reportero y un fotógrafo de El Sensacional en busca del héroe. Su familia se sorprendió mucho con tan insólita visita. Él les explicó el motivo, sonriendo con verdadera modestia de héroe: “Lo que acabo de realizar no valía la pena; cualquiera en mi lugar
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