Un Héroe Civil

20 Negábase a dar crédito a sus ojos. ¿Era posible que la madre de la niñita hubiera ido a las redacciones de los diarios a declarar la verdad de lo sucedido? Como tenía la absoluta convicción de su acto heroico, aquello le pareció una falsedad tremenda, lanzada con el solo propósito de hacerle daño. Él, y solo él, había salvado a la niñita; era una canallada que dijesen lo contrario. En el barrio no pensaban lo mismo. Nuevamente su nombre ocupó las conversaciones de todos en el café, en la peluquería de don Nicola, en el Mercadito París y en las tertulias hogareñas; solo que, esta vez, su nombre no iba seguido de elogios, y si algo se propuso en su obsequio fue propinarle una paliza. Su rival, el boxeador de marras, desquitose con creces de haber sido corrido por su efímera gloria. Desde la altura de sus puños, riose de él a mandíbula batiente, y, lo que es peor, su novia se negó a volver a verle, cubriéndolo de sarcasmo y de ridículo.

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