16 Como lo había previsto, la noticia produjo en el barrio un efecto fulminante. Aquella noche se arrebataron los ejemplares de El Sensacional y, en el café, en la peluquería de don Nicola, en el Mercadito París y en las tertulias hogareñas, no se habló de otra cosa que de Jorge Gargurevich y su hazaña. Alguien propuso iniciar una colecta para obsequiarle. Debíase premiar la conducta heroica de quien, con su bella acción, hiciera convergir las miradas de la ciudad toda sobre aquel perdido rincón del barrio que jamás había merecido ni siquiera los honores de una nota policial. La noticia de El Sensacional, por aquello tan conocido de que los diarios se nutren de diarios, apareció con un ligero arreglo —y como original— en todos los vespertinos. De esta suerte, los trescientos o cuatrocientos mil lectores que buscan en los diarios de la tarde los pronósticos de carreras supieron que el joven Gargurevich, que tiene novia, masca yum yum, va al cine y comienza a vestirse por los zapatos, había salvado valientemente a una niñita de una muerte tan
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