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LIBROS & ARTES

Página 8

de Garcilaso no hubieran

sido toda la lectura e instruc-

ción del Ynsurgente Joseph

Gabriel Tupa Amaru”

4

. Los

contertulios que frecuentaba

Tupac Amaru en Lima du-

rante su estadía de 1777 eran,

como él, lectores ávidos de

los

Comentarios reales

, en cuya

imagen de un pasado armó-

nico y jerárquico veían el tra-

zo del país futuro, sin espa-

ñoles, en el cual un monarca

indio regiría pacíficamente a

los naturales del Perú. Ese

programa de restauración

incaica contrasta con la vi-

sión campesina e indígena del

retorno del Inca: en esta

–que se impuso al calor de

la lucha–, la rebelión tenía

como propósito la expulsión

y el exterminio de todos los

que habían oprimido a la

población indígena. La dis-

tinción entre españoles penin-

sulares –los odiados puka

kunka o, en castellano, «cue-

llos rojos»– y los españoles

americanos –como se llama-

ba también a los criollos– se

desdibujó en el curso de la

guerra.

No cabe duda de que

José Gabriel Condorcanqui

Tupac Amaru tuvo, bajo la

tutela de los jesuitas, una edu-

cación esmerada. Cuando

estalló la rebelión, hacía ya

más de una década que la

Compañía de Jesús no re-

gentaba el Colegio de San

Francisco de Borja, donde se

instruía a los hijos de la no-

bleza indígena, pero lo que

allí aprendió Tupac Amaru

no se había borrado de su

memoria. Tampoco habían

caído en el olvido las ense-

ñanzas de sus tutores priva-

dos, los clérigos Antonio

López y Carlos Rodríguez

de Ayala. El sello eclesiásti-

co de esa formación explica

que Tupac Amaru leyera el

latín con soltura, según seña-

la Clements Markham.

“Roma de otro imperio”, lla-

mó famosamente al Cusco

el Inca Garcilaso, que afirma

haber usado como fuente la

inhallable crónica en latín del

padre Blas Valera. En latín,

por lo demás, estaba redac-

tada una profecía que el res-

ponsable de la edición de

1723, Andrés González de

Barcia, citó en su prólogo a

los

Comentarios reales

. La pro-

fecía en cuestión declaraba

que el imperio de los incas

habría de volver a la vida con

la ayuda de gente venida de

Inglaterra. El editor español

la cubre de ironía y señala que

la mencionó Sir Walter

Raleigh en la crónica de su

viaje a la Guayana. Tupac

Amaru II no compartió el

escepticismo de Barcia. Bien

podría ser que, por el con-

trario, haya sentido que esas

frases en latín anunciaban un

porvenir inminente: entre

1779 y 1783 –es decir, en el

periodo de la Gran Rebe-

lión–, las hostilidades entre

España e Inglaterra fueron

declaradas y abiertas. Como

muchos otros, Tupac Amaru

II creía que los signos de una

inversión radical del mundo

andino –es decir, de un

Pachacuti– eran ya visibles

para quien supiera advertir-

los y descifrarlos. 1777: en ese

año pródigo en guarismos

místicos, José Gabriel

Condorcanqui pidió en

EL HOMBRE DE LA MÁQUINA FOTOGRÁFICA

Alfredo Bryce Echenique

en qué revista no hemos visto las fotografías de Carlos “Chino”

Domínguez. Gran parte de su actividad en el campo de la fotografía,

ha transcurrido en el Perú, pero sin embargo sus fotografías son conocidas

en todo nuestro continente, pues el arte con que este hombre capta el

más precioso instante, el más revelador instante de cada personaje, ha

sido solicitado por personalidades de la importancia de un Fidel Castro,

Pablo Neruda, Omar Torrijos, Sebastián Salazar Bondy. Tampoco es raro

abrir un poemario y encontrarlo bellamente ilustrado con fotografías que

ponen en relieve la calidad del texto. Carlos Domínguez es el hombre de

la máquina fotográfica. Nunca lo he visto en su cámara, siguiendo con la

mirada inquieta el detalle significado de cada acontecimiento,

fotografiando a personajes peruanos y de otros países latinoamericanos.

Sus postales son famosas, y entre ellas cabe destacar aquella muestra

conocida como «América Latina turismo del dolor», en la que

precisamente, con trágica ironía y candente dolor, pone en relieve todo

aquello que el turista, con su despreocupada cámara de paso fugaz, se

niega a ver, o no logra ver en su afán de llevarse tan sólo una pintoresca

y colorida imagen de un continente desgarrado. Pero ahí están esas

postales de Carlos Domínguez, arte fotográfico de denuncia, en el que la

calidad del trabajo y la sensibilidad en la selección del tema logran penetrar

hasta lo más profundo de un drama que es nuestro. Años de labor

profesional arriesgada han ido afinando el lente de una cámara y la mirada

sensible del hombre que a menudo logra mostrárnoslo todo con una

excelente fotografía.

El trabajo de Carlos Domínguez merece pues especial atención,

porque sus fotografías penetran a fondo en el recóndito de la persona,

en lo esencial del paisaje, o en lo conmovedoramente tierno o atroz del

acontecimiento. Y a ello se debe que muy a menudo se le solicite por

aquí y por allá; muchas son las personas y las revistas que requieren de

sus servicios porque estos son siempre garantía de calidad, de fineza,

de ojo mágico. Y Carlos Domínguez llega dispuesto a sorprendernos

con un ángulo novedoso, se le conoce ya mucho; es el hombre de la

máquina fotográfica.

Y

4

Citado por Aurelio Miró Quesada

en

El Inca Garcilaso y otros estu-

dios garcilasistas

. Madrid: Ediciones

cultura Hispánica, 1971. p. 222.

5

Juan Carlos Estenssoro. «La plás-

tica colonial y sus relaciones con la Gran

Rebelión», en

Mito y simbolismo en

los Andes

. Henrique Urbano,

compilador. Cusco: Bartolomé de las

Casas, 1993. p. 167.

Lima la abolición de la mita

minera en sus curacazgos y

litigó contra quienes negaban

que descendiera en línea di-

recta de Tupac Amaru I. Tres

años más tarde, se puso a la

cabeza del mayor movimien-

to de masas en la historia

colonial de los Andes.

Obviamente, el odio

contra el abusivo sistema del

repartimiento –a través del

cual los corregidores se en-

riquecían a costa de quienes

vivían bajo su jurisdicción–,

el rechazo a la mita, los mal-

tratos crónicos en los obrajes

y el resentimiento generado

por la reforma tributaria

borbónica se cuentan entre

las causas objetivas de la re-

belión tupacamarista. Aun

así, hay una diferencia crucial

entre la lucha liderada por

Tupac Amaru II y las dece-

nas de alzamientos que des-

de 1760, como espasmos

locales, habían alterado el sta-

tus quo colonial. El proyec-

to de restauración incaica era,

para el líder rebelde y el cír-

culo más próximo de sus

seguidores, mucho más que

una reacción espontánea con-

tra las injusticias del presen-

te: era, sobre todo, la afirma-

ción de una utopía en la cual,

a través de la figura del Inca,

habrían de encontrarse el

pasado ideal con el futuro

deseado. El carácter mesiá-

nico de esa visión es incon-

fundible: principio de orden

y cuerpo de la ley, el Inca

pondría en su justo sitio a un

mundo que la conquista ha-

bía puesto de cabeza. No es

extraño, entonces, que la ima-

gen y la presencia de Tupac

Amaru II adquiriera un va-

lor de excepción tanto para

sus seguidores como para sus

enemigos. Sabemos que,

poco después de la ejecución

del corregidor Arriaga, el

curaca rebelde se hizo retra-

tar como monarca autócto-

no, pero también como en-

viado del cielo. En una pin-

tura de la que solo se con-

serva la descripción, la parte

central estaba ocupada por

la figura de Tupac Amaru II,

ostentando insignias reales,

mientras que a la diestra se

veía una iglesia en llamas y a

la siniestra del Inca Rey apa-

recía el incendio de una cár-

cel y el castigo del carcelero.

Como observa Juan Carlos

Estenssoro, esa pintura per-

dida nos “remite a los cua-

dros de las postrimerías que

siguen el mismo ordena-

miento espacial: Dios como

juez al centro, a su derecha el

paraíso y a su izquierda el

infierno”

5

. Entre los tupa-

maristas, por lo demás, es-

taba extendida la creencia de

que los combatientes muer-

tos resucitarían al tercer día

de que el Inca volviera a ocu-

par el trono imperial en el

Cusco.

El Inca habría de volver

a la ciudad imperial, pero

como prisionero y para su-

bir al cadalso. Las autorida-

des españolas, empeñadas en

escarmentar a los alzados, se

excedieron a sí mismas para

hacer de la muerte del rebel-

de un espectáculo escalo-

friante y macabro: el guio-

nista de esa “función” –como

la llama inadvertidamente un

testigo español—fue el visi-

tador Areche, que el día de

los hechos demostró ser un

espectador de nervios des-

templados. En el libro que

José Gabriel Condorcanqui

Tupac Amaru había leído y

releído con fervor, la ejecu-

ción de Tupac Amaru I en

1572 marca el solemne final

de un tiempo. Parece impo-

sible que Tupac Amaru II no

la evocara, acaso con las pa-

labras que reviven el drama

en la segunda parte de los

Comentarios reales

, cuando él

mismo se enfrentó al supli-

cio y la muerte en la jornada

del 18 de mayo de 1871.