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LIBROS & ARTES

Página 6

ada uno de ellos supo

bien lo que decían o

dejaban de decir y decían a

medias. En sus respectivas

obras siempre estuvieron

como entre burlas y veras

desafiándonos a que sepa-

mos cuánto hay de segunda

verdad en lo que dicen. Así

podemos comprender la

exasperación criolla de

Manuel Gonzáles de La

Rosa a fines del XIX cuando

acusó de plagiario al Inca.

Cincuenta años despues Raúl

Porras explicó que Gonzáles

de La Rosa proyectaba

sobre la relación Garcilaso/

Blas Valera las propias

experiencias de Gonzales de

La Rosa con un americanista

que lo despojó de sus inves-

tigaciones sobre Colón.

Quizás hubo algo más: la

incredulidad exasperada de

Gonzáles de La Rosa quien,

a pesar de su tomismo

aristotélico era hombre

simple para quien el día era

día y la noche, noche y

hubiera muerto por un

ataque de incomprensión si

hubiera ojeado alguna

página de la

Nueva corónica

.

Todo esto viene a propósito

de un “plagio” (que no lo es)

de Garcilaso y que Gonzales

de La Rosa felizmente no

detectó porque no era

amigo de poemas. Fue un

semiplagio entre burlas y

veras cometido por el Inca

en agravio de su lejano

pariente el Marqués de

Santillana. Santillana era un

mujeriego notorio, muy

aficionado a las jóvenes

campesinas que le inspiraron

muchas de sus

Serranillas

.

Una de ellas, la IX, escrita

hacia 1430, dice: “Dixo:

Cavallero, / tiratvos á fuera:

dexat la vaquera / passar al

otero; ca dos labradores /

me piden de Frama, /

entrambos pastores

”.

Sin duda ese poema fue

leído por el Inca Garcilaso

pues calladamente lo inter-

cala y hace suyo en prosa

para ubicarlo en el Perú y no

en España en el segundo

libro de los

Comentarios Reales

(cap. 26) dedicado a la

geometría, geografía, aritmé-

tica y la música:*

“Un español topó una

noche a deshora en el Cuzco

una india que él conocía, y

queriendo volverla a su

posada, le dijo la india:

–Señor, déjame ir donde

EL INCA

GARCILASO Y EL

MARQUÉS DE

SANTILLANA

Pablo Macera

Garcilaso es un enigma, diferente al

enigma Guamán Poma pero igualmente complicado. De ambos

podría decirse lo que el propio autor de la

Nueva corónica

dijo del Perú como

territorio: además de sus aparentes medidas lineales el Perú es multiplicado

en cinco y diez veces por «lo doblado de la tierra».

* Varias veces en el curso de su obra

Garcilaso disfrutó al exhibir sus

conocimientos de música. En el capítulo

que comentamos, al hablar de música

de los Collas dice que sus instrumentos

era a modo de órganos porque cada

cañuto tenía un punto más alto que el

otro, con las cuatro voces naturales. De

modo que un indio respondía al otro en

consonancia de quinta u otra cualquiera

subiendo los puntos altos o bajando los

bajos siempre en compás. “No supieron

echar glosa con puntos disminuidos pues

todos sus puntos eran enteros y sus

flautas hasta de cinco puntos”.

** En el propio Santillana hay dos

vertientes. En una el gran señor y la

campesina tienen acuerdo de amores.

Lo contrario ocurre en otras Serranillas

(2, 4, 5, 6). Incluso al propio marqués

lo amenaza una montañesa con su dardo

pedrero. Garcilaso obviamente prefiere

este segundo ejemplo pues, como en otra

oportunidad dice, no era amigo de “entre

meses deshonestos viles y bajos” sino

de “cosas graves y honestas con senten-

cias y donaires permitidos”.

C

Tacora Mater, 1968.

voy; sábete que aquella flauta

que oyes en aquel otero me

llama con mucha pasión y

ternura, de manera que me

fuerza a ir allá. Déjame, por

tu vida, que no puedo dejar

de ir allá, que el amor me

lleva arrastrando para que yo

sea su mujer y él mi marido”.

¿Cómo explicar esta

similitud entre las

Serranillas

y los Comentarios

? Similitud

tan obvia que bien podía ser

advertida por cualquiera de

los eruditos amigos que en

Córdoba hacían tertulia con

Garcilaso. Se trata más bien

de una broma secreta desti-

nada a los entendidos. Pero

una broma con algo de sal y

pimienta a favor tanto de la

campesina peruana como

de los españoles del Perú

pues la serranilla espa-ñola

acepta los requiebros del

Marqués (“... y fueron las

flores ... los encubridores”)

mientras que la moza

cusqueña rechaza los reque-

rimientos del soldado es-

pañol, que no insiste.** Hay

en todo esto un buen

ejemplo de esa mentalidad

de contrapunto que caracte-

riza a Garcilaso y sirve tan

bien a la gente vencida para

subir más alto del sitio al que

cayeron en su derrota.

Lima, diciembre 2005