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LIBROS & ARTES

Página 12

OJO DE POETA

CARLOS ENRIQUE POLANCO

ablar o escribir unas líneas sobre el Chino Domínguez no es

cosa fácil, como resumir en pequeño espacio la trayectoria de

este brillante fotógrafo, testimonial y crítico, que a través de su traba-

jo supo dejar una ventana abierta para poder observar diferentes as-

pectos de la compleja realidad social que le tocó vivir, difícil tarea

para un artista la de tratar de interpretar una cultura tan disímil y

compleja como la peruana.

Nada más cierto que lo que dijera nuestro gran historiador Pablo Ma-

cera sobre la obra de Domínguez, que «supo retratar con amor a la

gente humilde y desposeída y sin reverencia para con la grande».

Se sabe que muy joven, niño aún, se desempeñó como obrero. Luego

vendrían años de aprendizaje con el maestro japonés Noguchi, de

quien aprendería el secreto técnico fotográfico. Quiso crecer aparte

en la Argentina, donde se desempeño en la mítica revista

El gráfico

,

luego de paso por Chile, regresó al Perú, donde su lente se paseó por

los principales periódicos y revistas limeños. Al Chino lo conocí en

un almuerzo en la Quinta Heren, lugar donde el tenía su casa taller.

Tengo yo esa famosa foto «El descanso del inca», de dos personajes

disfrazados de inca tomándose más cervezas en algún intermedio,

pienso, de las celebraciones del Inti Raimi.

Es impresionante el archivo fotográfico de este excepcional fotógra-

fo, basta ver las famosas fotos de la reunión entre Odría y Haya de la

Torre, y la manera cómo fueron obtenidas. Desde estas líneas mi sa-

ludo cariñoso a una persona valiosísima para la comprensión de este

país. El Chino sigue con el ojo puesto sobre todo lo que te rodea y

sobre todo lo invisible que nosotros no logramos ver.

H

solidarias de las faenas agrí-

colas, de las prestaciones y de

la ayuda mutua las reempla-

za la irracionalidad de la mita,

del obraje, del ‘trajín’. Al in-

terés comunal del

sapci

lo sus-

tituye el ansia de lucro indi-

vidual.

El antiguo ordenamien-

to social conocido, seguro, se

ajustaba al orden superior de

la naturaleza. Los rangos y las

obligaciones, las expectativas

económicas, las relaciones

entre los hombres, eran cla-

ras y distintas en el esquema

político de los incas. Pero el

español ha desgarrado con

violencia ese modelo y ha

introducido, en el corazón de

un mundo organizado, el

desorden y el caos. Se vuel-

ven borrosas las jerarquías, se

confunden los roles sociales,

las fuentes de autoridad, nada

está en firme, nada es ahora

previsible. Todo puede ocu-

rrir: el tributario se vuelve

curaca

, el negro se convierte

en amo, el sacerdote se vuel-

ve comerciante, el mestizo se

llama don, el español se hace

Inca.

El mundo andino era el

orden. El sistema colonial es

el caos. A menudo Huamán

Poma resume esas tensiones

con la frase “el mundo está

al revés”. Pero violar el or-

den natural es un pecado que

se paga caro. No menos de

cincuenta veces acude el cro-

nista a esta imprecación: “¡Y

no hay remedio!”. Y, al re-

petirla, su dolida queja per-

sonal presta voz al descon-

cierto y a la desesperanza co-

lectiva de un pueblo sojuz-

gado.

Con todo y eso, está muy

lejos de ser un narrador que-

jumbroso. En sentido estric-

to, ni siquiera es un narrador.

Es un hombre que rinde tes-

timonio. Por lo mismo, cuan-

do escribe dirigiéndose al

propio rey de España para

que conozca la insufrible

miseria de los dominados no

lo hace con la humildad del

súbdito que espera recom-

pensa sino con la firmeza y

convicción de quien reclama

justicia. “Sin los indios, vues-

tra majestad no vale cosa”,

declara. Niega, en redondo,

la legitimidad de la conquis-

ta: “cada uno en su reino son

propietarios legítimos … el

español en Castilla, el indio

baqueano. Tal vez el pasado

de un hombre es, en último

análisis, sus padres, sus abue-

los. Y tal por eso Huamán

Poma al hablar de las cosas

que le son familiares, de las

cosas amadas de su terruño

nativo, no tiene precio ni

comparación posible (si no

es con el otro conista indio,

el

yamqui

Pachacuti Salca-

maihua).

Las aptitudes naturales de

Huamán Poma le abrieron,

en edad temprana, acceso a

la cultura occidental e ingre-

só con pie firme en el espíri-

tu de la nueva fe. De ella re-

tuvo siempre, a más de su

confesada devoción por la

virgen de la Pena de Francia,

cierto aire de profeta indio,

fustigador, quejoso y rebel-

de. Y a pesar del sobrepues-

to apellido español, de su

“frasis castellana” y de sus lec-

turas europeas, jamás se des-

prendió de sus raíces andinas.

Bajo el barniz de una que

otra fórmula libresca de

monaguillo aprovechado, de

unas cuantas frases del

Pontifical

pasadas a latín ma-

carrónico o de su catálogo

de santos de la iglesia, en sus

dibujos y en sus textos aflora,

a cada paso, un modo inme-

diato y generoso, ajeno al

pensamiento occidental y

crfistiano.

Para esa antigua cosmo-

visión andina los animales y

las plantas no son objetos de

que pueda disponerse a ca-

pricho sino formas de vida

elemental, próximas y cor-

diales, con las que convive el

ser humano. Un animal es-

cogido, la

puca

llama, le

acompaña a entonar un

harahui

al inca, quien empie-

za por imitar el plañido y “de

allí comenzando va diciendo

sus coplas”. El ulular noctur-

no de la

pacpac

avisa que ron-

da la desgracia. El maíz no

debe derramarse nunca ni se

debe quitar la cáscara de la

papa, “porque si tuviera en-

tendimiento lloraría cuando

se le monda”.

Esta noción de una es-

pecie de savia vital, que pa-

reciera nutrir a la naturaleza

y circular por ella a través de

múltiples formas de vida, se

extiende también y abraza a

la tierra, al mar, a las aguas

de los ríos y puquios, a los

cerros, a las cumbres neva-

das, a los astros del firma-

mento, sentidos como entes

animados. La cumbre de

Sahuasíray, personificada, tie-

ne rostro humano. Una pie-

dra gigante, acarreada desde

el Cuzco para construccio-

nes, se cansa y planta en mi-

tad del camino a Huánuco

“y no quiso menear y lloró

sangre la dicha piedra”.

Cuando sorprende la noche

y hay que buscar refugio en

una cueva se le ofrece un

poco de maíz mascado o

de coca y se le pide: “Cue-

va, no me comáis,.hazme

dormir bien y guárdame

esta noche”.

La figura del sol “tiene

barbas como los hombres”.

El astro “se asienta en su si-

lla y señorea … y se apareja

todo su viaje”, porque cada

mes y cada año dispone “su

ruedo” y vigila, con su mar-

cha, el rotar de las estacio-

hormigas”. Tiene sabor clá-

sico la frase con que remata

la captura de Atahualpa:

“Quedó muy triste y des-

consolado y desposeído de

su majestad, sentado en el

suelo, quitado su trono y su

reino”. Y apunta, con ironía

mordaz, que Pizarro “no tra-

jo cédula para matar al rey

Inca”.

EL MUNDO DE

HUAMÁN POMA.

Se aprecia aún mejor la

fibra del cronista cuando se

remonta al pasado prehis-

pánico y a las cosas indias,

vestidos y comidas, leyes y

costumbres, fiestas y cancio-

nes, faenas agrícolas y labo-

res comunales, agüeros y he-

chicerías, usos funerarios y

guerreros, quipus y correos,

harahuis

,

acllas

.

Por estos temas transita

con la seguridad y pericia del

en las Indias”. Y llama

mitimaes

a los españoles

Castillamanta samoc

, a los que

juzga extranjeros sin derecho

alguno “en nuestra tierra, en

nuestro mando y señorío que

dios nos dio”.

Así, cuando habla del

momento de la conquista,

que no alcanzó a presenciar,

su tono y óptica son incon-

fundiblemente indios. Nadie

pudo, como él, pintar el im-

pacto que debió estremecer

a los súbditos del estado inca

frente a aquellos invasores

alucinados “perdido el juicio

con la codicia de oro y pla-

ta”, gentes barbadas, con ro-

pajes exóticos, armas terri-

bles, animales extraños. Aun-

que nacido algunos años des-

pués de los sucesos de 1532

evoca con crudeza la heca-

tombe de Cajamarca, cuan-

do empezaron “los solda-

dos a matar indios como