

LIBROS & ARTES
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OJO DE POETA
CARLOS ENRIQUE POLANCO
ablar o escribir unas líneas sobre el Chino Domínguez no es
cosa fácil, como resumir en pequeño espacio la trayectoria de
este brillante fotógrafo, testimonial y crítico, que a través de su traba-
jo supo dejar una ventana abierta para poder observar diferentes as-
pectos de la compleja realidad social que le tocó vivir, difícil tarea
para un artista la de tratar de interpretar una cultura tan disímil y
compleja como la peruana.
Nada más cierto que lo que dijera nuestro gran historiador Pablo Ma-
cera sobre la obra de Domínguez, que «supo retratar con amor a la
gente humilde y desposeída y sin reverencia para con la grande».
Se sabe que muy joven, niño aún, se desempeñó como obrero. Luego
vendrían años de aprendizaje con el maestro japonés Noguchi, de
quien aprendería el secreto técnico fotográfico. Quiso crecer aparte
en la Argentina, donde se desempeño en la mítica revista
El gráfico
,
luego de paso por Chile, regresó al Perú, donde su lente se paseó por
los principales periódicos y revistas limeños. Al Chino lo conocí en
un almuerzo en la Quinta Heren, lugar donde el tenía su casa taller.
Tengo yo esa famosa foto «El descanso del inca», de dos personajes
disfrazados de inca tomándose más cervezas en algún intermedio,
pienso, de las celebraciones del Inti Raimi.
Es impresionante el archivo fotográfico de este excepcional fotógra-
fo, basta ver las famosas fotos de la reunión entre Odría y Haya de la
Torre, y la manera cómo fueron obtenidas. Desde estas líneas mi sa-
ludo cariñoso a una persona valiosísima para la comprensión de este
país. El Chino sigue con el ojo puesto sobre todo lo que te rodea y
sobre todo lo invisible que nosotros no logramos ver.
H
solidarias de las faenas agrí-
colas, de las prestaciones y de
la ayuda mutua las reempla-
za la irracionalidad de la mita,
del obraje, del ‘trajín’. Al in-
terés comunal del
sapci
lo sus-
tituye el ansia de lucro indi-
vidual.
El antiguo ordenamien-
to social conocido, seguro, se
ajustaba al orden superior de
la naturaleza. Los rangos y las
obligaciones, las expectativas
económicas, las relaciones
entre los hombres, eran cla-
ras y distintas en el esquema
político de los incas. Pero el
español ha desgarrado con
violencia ese modelo y ha
introducido, en el corazón de
un mundo organizado, el
desorden y el caos. Se vuel-
ven borrosas las jerarquías, se
confunden los roles sociales,
las fuentes de autoridad, nada
está en firme, nada es ahora
previsible. Todo puede ocu-
rrir: el tributario se vuelve
curaca
, el negro se convierte
en amo, el sacerdote se vuel-
ve comerciante, el mestizo se
llama don, el español se hace
Inca.
El mundo andino era el
orden. El sistema colonial es
el caos. A menudo Huamán
Poma resume esas tensiones
con la frase “el mundo está
al revés”. Pero violar el or-
den natural es un pecado que
se paga caro. No menos de
cincuenta veces acude el cro-
nista a esta imprecación: “¡Y
no hay remedio!”. Y, al re-
petirla, su dolida queja per-
sonal presta voz al descon-
cierto y a la desesperanza co-
lectiva de un pueblo sojuz-
gado.
Con todo y eso, está muy
lejos de ser un narrador que-
jumbroso. En sentido estric-
to, ni siquiera es un narrador.
Es un hombre que rinde tes-
timonio. Por lo mismo, cuan-
do escribe dirigiéndose al
propio rey de España para
que conozca la insufrible
miseria de los dominados no
lo hace con la humildad del
súbdito que espera recom-
pensa sino con la firmeza y
convicción de quien reclama
justicia. “Sin los indios, vues-
tra majestad no vale cosa”,
declara. Niega, en redondo,
la legitimidad de la conquis-
ta: “cada uno en su reino son
propietarios legítimos … el
español en Castilla, el indio
baqueano. Tal vez el pasado
de un hombre es, en último
análisis, sus padres, sus abue-
los. Y tal por eso Huamán
Poma al hablar de las cosas
que le son familiares, de las
cosas amadas de su terruño
nativo, no tiene precio ni
comparación posible (si no
es con el otro conista indio,
el
yamqui
Pachacuti Salca-
maihua).
Las aptitudes naturales de
Huamán Poma le abrieron,
en edad temprana, acceso a
la cultura occidental e ingre-
só con pie firme en el espíri-
tu de la nueva fe. De ella re-
tuvo siempre, a más de su
confesada devoción por la
virgen de la Pena de Francia,
cierto aire de profeta indio,
fustigador, quejoso y rebel-
de. Y a pesar del sobrepues-
to apellido español, de su
“frasis castellana” y de sus lec-
turas europeas, jamás se des-
prendió de sus raíces andinas.
Bajo el barniz de una que
otra fórmula libresca de
monaguillo aprovechado, de
unas cuantas frases del
Pontifical
pasadas a latín ma-
carrónico o de su catálogo
de santos de la iglesia, en sus
dibujos y en sus textos aflora,
a cada paso, un modo inme-
diato y generoso, ajeno al
pensamiento occidental y
crfistiano.
Para esa antigua cosmo-
visión andina los animales y
las plantas no son objetos de
que pueda disponerse a ca-
pricho sino formas de vida
elemental, próximas y cor-
diales, con las que convive el
ser humano. Un animal es-
cogido, la
puca
llama, le
acompaña a entonar un
harahui
al inca, quien empie-
za por imitar el plañido y “de
allí comenzando va diciendo
sus coplas”. El ulular noctur-
no de la
pacpac
avisa que ron-
da la desgracia. El maíz no
debe derramarse nunca ni se
debe quitar la cáscara de la
papa, “porque si tuviera en-
tendimiento lloraría cuando
se le monda”.
Esta noción de una es-
pecie de savia vital, que pa-
reciera nutrir a la naturaleza
y circular por ella a través de
múltiples formas de vida, se
extiende también y abraza a
la tierra, al mar, a las aguas
de los ríos y puquios, a los
cerros, a las cumbres neva-
das, a los astros del firma-
mento, sentidos como entes
animados. La cumbre de
Sahuasíray, personificada, tie-
ne rostro humano. Una pie-
dra gigante, acarreada desde
el Cuzco para construccio-
nes, se cansa y planta en mi-
tad del camino a Huánuco
“y no quiso menear y lloró
sangre la dicha piedra”.
Cuando sorprende la noche
y hay que buscar refugio en
una cueva se le ofrece un
poco de maíz mascado o
de coca y se le pide: “Cue-
va, no me comáis,.hazme
dormir bien y guárdame
esta noche”.
La figura del sol “tiene
barbas como los hombres”.
El astro “se asienta en su si-
lla y señorea … y se apareja
todo su viaje”, porque cada
mes y cada año dispone “su
ruedo” y vigila, con su mar-
cha, el rotar de las estacio-
hormigas”. Tiene sabor clá-
sico la frase con que remata
la captura de Atahualpa:
“Quedó muy triste y des-
consolado y desposeído de
su majestad, sentado en el
suelo, quitado su trono y su
reino”. Y apunta, con ironía
mordaz, que Pizarro “no tra-
jo cédula para matar al rey
Inca”.
EL MUNDO DE
HUAMÁN POMA.
Se aprecia aún mejor la
fibra del cronista cuando se
remonta al pasado prehis-
pánico y a las cosas indias,
vestidos y comidas, leyes y
costumbres, fiestas y cancio-
nes, faenas agrícolas y labo-
res comunales, agüeros y he-
chicerías, usos funerarios y
guerreros, quipus y correos,
harahuis
,
acllas
.
Por estos temas transita
con la seguridad y pericia del
en las Indias”. Y llama
mitimaes
a los españoles
Castillamanta samoc
, a los que
juzga extranjeros sin derecho
alguno “en nuestra tierra, en
nuestro mando y señorío que
dios nos dio”.
Así, cuando habla del
momento de la conquista,
que no alcanzó a presenciar,
su tono y óptica son incon-
fundiblemente indios. Nadie
pudo, como él, pintar el im-
pacto que debió estremecer
a los súbditos del estado inca
frente a aquellos invasores
alucinados “perdido el juicio
con la codicia de oro y pla-
ta”, gentes barbadas, con ro-
pajes exóticos, armas terri-
bles, animales extraños. Aun-
que nacido algunos años des-
pués de los sucesos de 1532
evoca con crudeza la heca-
tombe de Cajamarca, cuan-
do empezaron “los solda-
dos a matar indios como