

LIBROS & ARTES
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nes. A la muerte del inca rei-
nante entran sus hijos al tem-
plo de
curicancha
para que el
sucesor “sea elegido por el
sol, para ver a quién le elige
y le llama”. En el eclipse, a
grandes voces se suplica a la
madre luna “que no enfer-
mase, que no muriese”. Y los
“filósofos indios” al mirar las
estrellas conocen “que hay
hombres y mujeres y carne-
ros con su cría y perdices y
cazador y pastor, batán,
león, venado” …
UTOPÍA Y DECEPCIÓN
Podríamos perder el ca-
mino en el afán de exami-
nar el contenido de la
Nueva
crónica
. También sería largo
detenernos en tantas cosas
que preocuparon al autor. O
mirar más de cerca su per-
sonalidad compleja, tan rica
en matices, su ironía y senti-
do del humor, su aguzada in-
teligencia, sus enconos racia-
les, su intuición para penetrar
en el interior de las cosas y
de los hombres. Pero, sobre
todo, su habilidad para per-
suadir y sostener de mil mo-
dos un argumento central: la
defensa de una raza avasa-
llada. Y, por último, su or-
gullo atávico: “Huamán, rey
de las aves, vuela más y vale
más … Poma, rey de los ani-
males”.
En sus páginas hay, tam-
bién, signos de una decep-
ción profunda. Tras el im-
pacto de la invasión europea
y a la vista de un nuevo or-
den societario Huamán
Poma había imaginado que
todavía era posible depurar
y mantener instituciones
incaicas, autoridades nativas,
jerarquías, formas y usos tra-
dicionales, para que los dos
mundos en pugna, el andino
y el español, aprendiesen a
convivir al amparo de las
normas morales de la nueva
dispensación cristiana. Pero
en el curso de los años su
candor reformista debía tro-
pezar mil veces con una rea-
lidad colonial de dominación
y de fuerza que tenía muy
poco que ver con utopías.
La condición colonial, el
nuevo hecho histórico ya
irreversible, parece haber ido
mellando con frustraciones
sucesivas las ilusiones juveni-
les del escritor. Frente a la
realidad de un presente omi-
noso, abierto sólo a un futu-
ro sombrío, se deja ganar
por la seducción nostálgica
del ayer. Se refugia, entonces,
en un pasado que idealiza y
añora.
En estos trances evoca la
edad dorada en que los pue-
blos andinos vivieron sin
imposición extraña, sin
huiracochas
venidos de afue-
ra. Nos asegura que enton-
ces se alcanzaron altos nive-
les de eficiencia social, de
moralidad, de justicia, de
solidaridad humana. «Ley y
buena obra guardaron y
cumplieron» estos hombres
de
ñaupa pacha
, de los tiem-
pos antiguos, que a su modo
“fueron mucho más cristia-
nos” que los propios espa-
ñoles, porque estos “aunque
en el santo evangelio lo en-
señan, no lo acaban de
creer”.
Siente que la invasión ha
destrozado para siempre su
mundo nativo y que «todo
lo malo trajo los cristianos».
Y en cierta ocasión, en un
momento límite, estalla su
condena absoluta y rabiosa
contra los españoles: “codi-
ciosos de plata, oro, ropa,
ladrón, puto, puta, desobe-
diente a dios y a su rey. Lu-
juria, soberbia, avaricia, gula,
envidia, pereza, todo lo tra-
jo a este reino”. En tales
momentos límites en que
carga las tintas hay algo de
libresco, algo de sermón re-
tórico que a toda costa trata
de persuadir y convencer.
Pero, aun sin esas explosio-
nes del ánimo, una y otra vez
Huamán Poma, ante la
amargura de la condición
colonial, convoca un pasado
de prestigio y de sueño al que
idealizan el amor y la melan-
colía por el bien perdido.
Los sicólogos tendrían
que decirnos cuánto ha po-
dido pesar en una actitud así
la experiencia vital del cro-
nista. A cierta edad, según
parece, comienzan los hom-
bres a sentir que «cualquiera
tiempo pasado fue mejor».
Suele ser la edad crepuscular
del desánimo y de la soledad.
O de la derrota. Pero Hua-
mán Poma no es nunca un
hombre vencido que se en-
tretiene rumiando el recuer-
do de tiempos felices. Un
hombre derrotado no dedi-
ca sus últimos años y ener-
gías a escribir mil páginas,
como él hizo para defender
una causa que jamás traicio-
nó: la redención social del
indio.
En Huamán Poma –en
la
Nueva crónica
, en todo caso-
hay ese vaivén del ánimo que
flota entre utopía y decep-
ción. En una obra que segu-
ramente se escribió y corri-
gió mucho a lo largo de tan-
tos años, es posible que esas
ondulaciones del alma res-
pondan a experiencias vita-
les que hoy no podemos
adivinar.
En los últimos tramos,
como también en los reto-
ques y enmiendas al texto
inicial, asoma el desaliento. Se
lo advierte en el tono cáusti-
co y reiterativo de las quejas,
en la cautela con que sugiere
sanciones y reformas, en la
discreta prudencia con que
alude a las cumbres del po-
der constituido, en el escep-
ticismo con que juzga que la
condición del indio pueda
mejorar por sólo la benevo-
lencia y favor de los españo-
les. Como si dudase de la
eficacia de las propias medi-
das reformistas que sugiere
a cada paso irrumpe, con re-
petición de pesadilla, la du-
rísima frase: “¡Y no hay re-
medio!”.
Uno de los capítulos fi-
nales, autobiográfico como
ninguno, es quizá la viva ex-
presión de aquel desengaño
y ofrece su propio resumen
de un modo original e inte-
resante. En 36 páginas suce-
sivas (1024 a 1129 del texto,
en la peculiar foliación del
autor), en el extremo supe-
rior de cada una hay, en
grandes letras mayúsculas, un
encabezamiento a modo de
título. Reunidos estos cabe-
zales se lee:
“Del mundo vuelve el
autor a su casa. Camina el
autor por la sierra, con mu-
cha nieve. Y pasa por Cas-
trovirreina, Choclococha,
Huancavelica, valle de Jauja
y provincia de Huarochirí el
dicho autor Ayala, dejando
sus hijos y perder mucha ha-
cienda, sólo en servicio de
dios y de su majestad. A fa-
vor de los pobres de Jesu-
5 de abril de 1992, golpe de Fujimori.
“Es un hombre que rinde testimonio. Por lo mismo, cuando escribe
dirigiéndose al propio rey de España para que conozca la insufrible miseria
de los dominados no lo hace con la humildad del súbdito que espera recompensa
sino con la firmeza y convicción de quien reclama justicia. ‘Sin los indios, vuestra
majestad no vale cosa’, declara. Niega, en redondo, la legitimidad de la conquista:
‘cada uno en su reino son propietarios legítimos … el español en Castilla, el indio
en las Indias’. Y llama
mitimaes
a los españoles
Castillamanta samoc
, a los
que juzga extranjeros sin derecho alguno «en nuestra tierra, en
nuestro mando y señorío que dios nos dio».