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LIBROS & ARTES

Página 13

nes. A la muerte del inca rei-

nante entran sus hijos al tem-

plo de

curicancha

para que el

sucesor “sea elegido por el

sol, para ver a quién le elige

y le llama”. En el eclipse, a

grandes voces se suplica a la

madre luna “que no enfer-

mase, que no muriese”. Y los

“filósofos indios” al mirar las

estrellas conocen “que hay

hombres y mujeres y carne-

ros con su cría y perdices y

cazador y pastor, batán,

león, venado” …

UTOPÍA Y DECEPCIÓN

Podríamos perder el ca-

mino en el afán de exami-

nar el contenido de la

Nueva

crónica

. También sería largo

detenernos en tantas cosas

que preocuparon al autor. O

mirar más de cerca su per-

sonalidad compleja, tan rica

en matices, su ironía y senti-

do del humor, su aguzada in-

teligencia, sus enconos racia-

les, su intuición para penetrar

en el interior de las cosas y

de los hombres. Pero, sobre

todo, su habilidad para per-

suadir y sostener de mil mo-

dos un argumento central: la

defensa de una raza avasa-

llada. Y, por último, su or-

gullo atávico: “Huamán, rey

de las aves, vuela más y vale

más … Poma, rey de los ani-

males”.

En sus páginas hay, tam-

bién, signos de una decep-

ción profunda. Tras el im-

pacto de la invasión europea

y a la vista de un nuevo or-

den societario Huamán

Poma había imaginado que

todavía era posible depurar

y mantener instituciones

incaicas, autoridades nativas,

jerarquías, formas y usos tra-

dicionales, para que los dos

mundos en pugna, el andino

y el español, aprendiesen a

convivir al amparo de las

normas morales de la nueva

dispensación cristiana. Pero

en el curso de los años su

candor reformista debía tro-

pezar mil veces con una rea-

lidad colonial de dominación

y de fuerza que tenía muy

poco que ver con utopías.

La condición colonial, el

nuevo hecho histórico ya

irreversible, parece haber ido

mellando con frustraciones

sucesivas las ilusiones juveni-

les del escritor. Frente a la

realidad de un presente omi-

noso, abierto sólo a un futu-

ro sombrío, se deja ganar

por la seducción nostálgica

del ayer. Se refugia, entonces,

en un pasado que idealiza y

añora.

En estos trances evoca la

edad dorada en que los pue-

blos andinos vivieron sin

imposición extraña, sin

huiracochas

venidos de afue-

ra. Nos asegura que enton-

ces se alcanzaron altos nive-

les de eficiencia social, de

moralidad, de justicia, de

solidaridad humana. «Ley y

buena obra guardaron y

cumplieron» estos hombres

de

ñaupa pacha

, de los tiem-

pos antiguos, que a su modo

“fueron mucho más cristia-

nos” que los propios espa-

ñoles, porque estos “aunque

en el santo evangelio lo en-

señan, no lo acaban de

creer”.

Siente que la invasión ha

destrozado para siempre su

mundo nativo y que «todo

lo malo trajo los cristianos».

Y en cierta ocasión, en un

momento límite, estalla su

condena absoluta y rabiosa

contra los españoles: “codi-

ciosos de plata, oro, ropa,

ladrón, puto, puta, desobe-

diente a dios y a su rey. Lu-

juria, soberbia, avaricia, gula,

envidia, pereza, todo lo tra-

jo a este reino”. En tales

momentos límites en que

carga las tintas hay algo de

libresco, algo de sermón re-

tórico que a toda costa trata

de persuadir y convencer.

Pero, aun sin esas explosio-

nes del ánimo, una y otra vez

Huamán Poma, ante la

amargura de la condición

colonial, convoca un pasado

de prestigio y de sueño al que

idealizan el amor y la melan-

colía por el bien perdido.

Los sicólogos tendrían

que decirnos cuánto ha po-

dido pesar en una actitud así

la experiencia vital del cro-

nista. A cierta edad, según

parece, comienzan los hom-

bres a sentir que «cualquiera

tiempo pasado fue mejor».

Suele ser la edad crepuscular

del desánimo y de la soledad.

O de la derrota. Pero Hua-

mán Poma no es nunca un

hombre vencido que se en-

tretiene rumiando el recuer-

do de tiempos felices. Un

hombre derrotado no dedi-

ca sus últimos años y ener-

gías a escribir mil páginas,

como él hizo para defender

una causa que jamás traicio-

nó: la redención social del

indio.

En Huamán Poma –en

la

Nueva crónica

, en todo caso-

hay ese vaivén del ánimo que

flota entre utopía y decep-

ción. En una obra que segu-

ramente se escribió y corri-

gió mucho a lo largo de tan-

tos años, es posible que esas

ondulaciones del alma res-

pondan a experiencias vita-

les que hoy no podemos

adivinar.

En los últimos tramos,

como también en los reto-

ques y enmiendas al texto

inicial, asoma el desaliento. Se

lo advierte en el tono cáusti-

co y reiterativo de las quejas,

en la cautela con que sugiere

sanciones y reformas, en la

discreta prudencia con que

alude a las cumbres del po-

der constituido, en el escep-

ticismo con que juzga que la

condición del indio pueda

mejorar por sólo la benevo-

lencia y favor de los españo-

les. Como si dudase de la

eficacia de las propias medi-

das reformistas que sugiere

a cada paso irrumpe, con re-

petición de pesadilla, la du-

rísima frase: “¡Y no hay re-

medio!”.

Uno de los capítulos fi-

nales, autobiográfico como

ninguno, es quizá la viva ex-

presión de aquel desengaño

y ofrece su propio resumen

de un modo original e inte-

resante. En 36 páginas suce-

sivas (1024 a 1129 del texto,

en la peculiar foliación del

autor), en el extremo supe-

rior de cada una hay, en

grandes letras mayúsculas, un

encabezamiento a modo de

título. Reunidos estos cabe-

zales se lee:

“Del mundo vuelve el

autor a su casa. Camina el

autor por la sierra, con mu-

cha nieve. Y pasa por Cas-

trovirreina, Choclococha,

Huancavelica, valle de Jauja

y provincia de Huarochirí el

dicho autor Ayala, dejando

sus hijos y perder mucha ha-

cienda, sólo en servicio de

dios y de su majestad. A fa-

vor de los pobres de Jesu-

5 de abril de 1992, golpe de Fujimori.

“Es un hombre que rinde testimonio. Por lo mismo, cuando escribe

dirigiéndose al propio rey de España para que conozca la insufrible miseria

de los dominados no lo hace con la humildad del súbdito que espera recompensa

sino con la firmeza y convicción de quien reclama justicia. ‘Sin los indios, vuestra

majestad no vale cosa’, declara. Niega, en redondo, la legitimidad de la conquista:

‘cada uno en su reino son propietarios legítimos … el español en Castilla, el indio

en las Indias’. Y llama

mitimaes

a los españoles

Castillamanta samoc

, a los

que juzga extranjeros sin derecho alguno «en nuestra tierra, en

nuestro mando y señorío que dios nos dio».