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LIBROS & ARTES

Página 7

en el caso del racismo, hubo

que esperar la violencia ma-

siva e impune contra miles

de campesinos para comen-

zar a admitirnos como un

país racista. Sea como fuere,

los términos “corrupción” y

“racismo” no sólo ponen de

manifiesto hechos desaper-

cibidos de puro reiterados,

sino que además implican

una posición crítica, de con-

dena, respecto del fenóme-

no que enuncian. Desde el

momento que se acepta la

existencia del racismo la úni-

ca actitud moral es comba-

tirlo. De forma similar ocu-

rre con el término “corrup-

ción”. En ambos casos, sin

embargo, el “destape” y la

denuncia no son, de modo

alguno, garantía de éxito.

Son sólo el inicio de una lar-

ga lucha de resultados in-

ciertos; donde, por lo de-

más, es imprescindible,

para empezar, sentar un

compromiso, una voluntad

de combatir por la ciuda-

danía.

La corrupción puede ser

definida como un modo de

gobernabilidad de las insti-

tuciones, donde éstas se con-

vierten, ante todo, en fuen-

tes de retribuciones narci-

sistas y/o económicas a una

persona o grupo de perso-

nas que ignoran la función de

servicio público que la insti-

tución está llamada a cum-

plir. La corrupción implica la

formación de una “mafia”,

compuesta por aquellos que

comparten el poder. Ellos

reciben los beneficios o pre-

bendas y resultan los prota-

gonistas de la corrupción.

Por debajo de la mafia tene-

mos a los “clientes”. No par-

ticipan en el poder, pero sí

apoyan con su complicidad

activa o pasiva, y a cambio

de ella reciben diversos tipos

de incentivos. Por último, es-

tán los excluidos, aquellos

cuyos derechos son ignora-

dos o burlados y que reci-

ben muy poco o nada. La

gobernabilidad basada en la

corrupción tiende a produ-

cir un “semblante” o “simu-

lacro” de institución. No

obstante, esta gobernabilidad

es regresiva en términos de

distribución de los beneficios

y oportunidades, y, es ade-

más, ineficiente en su funcio-

namiento cotidiano. En efec-

to, los ingresos de una insti-

tución son distribuidos en

beneficio de la mafia y su

clientela. El “exceso” de ven-

tajas que este grupo recibe es,

desde luego, la falta de opor-

tunidades con la que se en-

frentan los excluidos. De

otro lado, este tipo de

gobernabilidad tiende a la

ineficiencia, puesto que su

meta no es, primariamente,

el servicio del público, sino

el beneficio del grupo que

controla la institución. Esto

implica que la burocracia,

para hablar en términos

weberianos, está compuesta

de diletantes ineficientes cuyo

mérito es la incondicionali-

dad a la mafia. Estamos,

pues, en las antípodas de lo

que sería una burocracia

moderna basada en el

profesionalismo y en el mé-

rito, identificada con la cau-

sa que, trascendiendo los

intereses de las personas, es

la razón de ser de la insti-

tución.

La relación entre mafia,

clientela y excluidos puede

plantearse de distintas mane-

ras. Cuanto mayor sea la pa-

sividad de los excluidos, y

tanto menor será la clientela,

mayores serán las oportuni-

dades lucrativas que pueda

encontrar el núcleo de los

mafiosos. En todo caso, la

protesta de los excluidos

puede ser “cooptada” por la

mafia a través de su integra-

ción en la clientela. Los líde-

res “peligrosos” son, enton-

ces, neutralizados mediante

prebendas y convertidos en

factores de apaciguamiento

de los excluidos. De lo ante-

rior se desprende que la con-

dición básica para sanear una

institución está dada por una

movilización general y sos-

tenida de los excluidos que,

después de todo, son los

grandes perdedores. Even-

tualmente, los disensos en el

“búnker” de la mafia y/o el

malestar de la clientela pue-

den desestabilizar la gober-

nabilidad corrupta. No obs-

tante, estas situaciones pue-

den ser reabsorbidas me-

diante reacomodos que pre-

serven el orden corrupto.

Nuevamente, es sólo la ac-

ción de los excluidos lo que

puede desestabilizar en pro-

fundidad la gobernabilidad

corrupta.

II

Ahora bien, un análisis de

la corrupción desde la pers-

pectiva utilitaria de la acción

racional es incompleto y li-

mitado. Ciertamente, la ac-

ción racional puede explicar

el desacato de la ley cuando

la autoridad es muy débil y

la impunidad reina. En estas

condiciones, donde “todo el

mundo lo hace” y “no hay

sanción a la vista”, un indivi-

duo puede encontrar muy

razonable transgredir, abu-

sando de los otros. Apro-

piándose, por ejemplo, de

fondos que no le pertenecen.

No obstante, esta supuesta

“racionalidad” no puede ex-

plicar la “inmoderación” o

“voracidad” de la voluntad

corrupta, especialmente en el

caso del “empresario de la

corrupción”, o el “capo”.

Para dar cuenta de este fe-

nómeno, hay que tener pre-

sente que la corrupción pue-

de ser un “goce”. Es decir,

convertirse en una actividad

que es un fin en sí misma,

algo que se hace “por gus-

to”, pues produce algún tipo

de satisfacción. El gusto por

corromper que caracteriza al

mafioso mayor es una re-

compensa libidinal que se

deriva de la posesión de la

voluntad de los otros, pose-

sión que usualmente se legi-

tima como estando al servi-

cio de una causa trascenden-

te. En un trabajo reciente,

Juan Carlos Ubillúz relata el

gusto de Montesinos por ver,

una y otra vez, los videos que

había mandado grabar y

donde quedaban registrados

los hechos dolosos por to-

dos conocidos. Le resultaba

muy satisfactorio a Mon-

tesinos revivir el momento

de “quiebre” de la integridad

de los demás, el asentamien-

to de relaciones de compli-

cidad, de solidaridad en la

transgresión. Es decir, el pro-

ceso por el que se convertía

en el poseedor de la volun-

tad de la otra persona. El

corruptor es, pues, una figu-

ra decisiva en la goberna-

bilidad que examinamos. Su

actuar no obedece solamen-

te a motivaciones económi-

cas. Su gusto por minar la

integridad de los demás, por

sembrar dudas y tentaciones,

por volver al otro incoheren-

te, es un gusto por hacer el

mal. El corruptor es un cíni-

co que oscila entre la “cara-

dura” que expone al públi-

co, negándolo todo y afir-

mando su inocente obedien-

cia a la ley y, de otro lado, su

“mueca obscena” exhibida

en lo privado, donde se re-

gocija poniendo al descubier-

to su entraña transgresiva. La

figura del corruptor florece

en sociedades y culturas don-

de la autoridad es débil y la

sanción inexistente. Donde

se ha perdido el temor a

Dios y donde tampoco exis-

te el respeto al prójimo. So-

ciedades donde la tolerancia

a la transgresión es la norma.

En mundos sociales en los

que, en una oscura rivalidad

a la figura del hombre que

cumple la ley, surge un ideal

paralelo y mucho más atrac-

tivo: el que se burla de to-

dos para salirse con la suya.

Este “ideal” no por clandes-

tino deja de ser menos influ-

yente y decisivo (Ubillúz).

III

El papel de los medios

de comunicación ha sido de-

cisivo en la denuncia de la

corrupción. Este hecho, que

ha generado tanto entusias-

“Desde el momento que se acepta la existencia del racismo la única

actitud moral es combatirlo. De forma similar ocurre con el término

‘corrupción’. En ambos casos, sin embargo, el ‘destape’ y la denuncia no

son, de modo alguno, garantía de éxito. Son sólo el inicio de una

larga lucha de resultados inciertos; donde, por lo demás, es

imprescindible, para empezar, sentar un compromiso, una

voluntad de combatir por la ciudadanía.”