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en el caso del racismo, hubo
que esperar la violencia ma-
siva e impune contra miles
de campesinos para comen-
zar a admitirnos como un
país racista. Sea como fuere,
los términos “corrupción” y
“racismo” no sólo ponen de
manifiesto hechos desaper-
cibidos de puro reiterados,
sino que además implican
una posición crítica, de con-
dena, respecto del fenóme-
no que enuncian. Desde el
momento que se acepta la
existencia del racismo la úni-
ca actitud moral es comba-
tirlo. De forma similar ocu-
rre con el término “corrup-
ción”. En ambos casos, sin
embargo, el “destape” y la
denuncia no son, de modo
alguno, garantía de éxito.
Son sólo el inicio de una lar-
ga lucha de resultados in-
ciertos; donde, por lo de-
más, es imprescindible,
para empezar, sentar un
compromiso, una voluntad
de combatir por la ciuda-
danía.
La corrupción puede ser
definida como un modo de
gobernabilidad de las insti-
tuciones, donde éstas se con-
vierten, ante todo, en fuen-
tes de retribuciones narci-
sistas y/o económicas a una
persona o grupo de perso-
nas que ignoran la función de
servicio público que la insti-
tución está llamada a cum-
plir. La corrupción implica la
formación de una “mafia”,
compuesta por aquellos que
comparten el poder. Ellos
reciben los beneficios o pre-
bendas y resultan los prota-
gonistas de la corrupción.
Por debajo de la mafia tene-
mos a los “clientes”. No par-
ticipan en el poder, pero sí
apoyan con su complicidad
activa o pasiva, y a cambio
de ella reciben diversos tipos
de incentivos. Por último, es-
tán los excluidos, aquellos
cuyos derechos son ignora-
dos o burlados y que reci-
ben muy poco o nada. La
gobernabilidad basada en la
corrupción tiende a produ-
cir un “semblante” o “simu-
lacro” de institución. No
obstante, esta gobernabilidad
es regresiva en términos de
distribución de los beneficios
y oportunidades, y, es ade-
más, ineficiente en su funcio-
namiento cotidiano. En efec-
to, los ingresos de una insti-
tución son distribuidos en
beneficio de la mafia y su
clientela. El “exceso” de ven-
tajas que este grupo recibe es,
desde luego, la falta de opor-
tunidades con la que se en-
frentan los excluidos. De
otro lado, este tipo de
gobernabilidad tiende a la
ineficiencia, puesto que su
meta no es, primariamente,
el servicio del público, sino
el beneficio del grupo que
controla la institución. Esto
implica que la burocracia,
para hablar en términos
weberianos, está compuesta
de diletantes ineficientes cuyo
mérito es la incondicionali-
dad a la mafia. Estamos,
pues, en las antípodas de lo
que sería una burocracia
moderna basada en el
profesionalismo y en el mé-
rito, identificada con la cau-
sa que, trascendiendo los
intereses de las personas, es
la razón de ser de la insti-
tución.
La relación entre mafia,
clientela y excluidos puede
plantearse de distintas mane-
ras. Cuanto mayor sea la pa-
sividad de los excluidos, y
tanto menor será la clientela,
mayores serán las oportuni-
dades lucrativas que pueda
encontrar el núcleo de los
mafiosos. En todo caso, la
protesta de los excluidos
puede ser “cooptada” por la
mafia a través de su integra-
ción en la clientela. Los líde-
res “peligrosos” son, enton-
ces, neutralizados mediante
prebendas y convertidos en
factores de apaciguamiento
de los excluidos. De lo ante-
rior se desprende que la con-
dición básica para sanear una
institución está dada por una
movilización general y sos-
tenida de los excluidos que,
después de todo, son los
grandes perdedores. Even-
tualmente, los disensos en el
“búnker” de la mafia y/o el
malestar de la clientela pue-
den desestabilizar la gober-
nabilidad corrupta. No obs-
tante, estas situaciones pue-
den ser reabsorbidas me-
diante reacomodos que pre-
serven el orden corrupto.
Nuevamente, es sólo la ac-
ción de los excluidos lo que
puede desestabilizar en pro-
fundidad la gobernabilidad
corrupta.
II
Ahora bien, un análisis de
la corrupción desde la pers-
pectiva utilitaria de la acción
racional es incompleto y li-
mitado. Ciertamente, la ac-
ción racional puede explicar
el desacato de la ley cuando
la autoridad es muy débil y
la impunidad reina. En estas
condiciones, donde “todo el
mundo lo hace” y “no hay
sanción a la vista”, un indivi-
duo puede encontrar muy
razonable transgredir, abu-
sando de los otros. Apro-
piándose, por ejemplo, de
fondos que no le pertenecen.
No obstante, esta supuesta
“racionalidad” no puede ex-
plicar la “inmoderación” o
“voracidad” de la voluntad
corrupta, especialmente en el
caso del “empresario de la
corrupción”, o el “capo”.
Para dar cuenta de este fe-
nómeno, hay que tener pre-
sente que la corrupción pue-
de ser un “goce”. Es decir,
convertirse en una actividad
que es un fin en sí misma,
algo que se hace “por gus-
to”, pues produce algún tipo
de satisfacción. El gusto por
corromper que caracteriza al
mafioso mayor es una re-
compensa libidinal que se
deriva de la posesión de la
voluntad de los otros, pose-
sión que usualmente se legi-
tima como estando al servi-
cio de una causa trascenden-
te. En un trabajo reciente,
Juan Carlos Ubillúz relata el
gusto de Montesinos por ver,
una y otra vez, los videos que
había mandado grabar y
donde quedaban registrados
los hechos dolosos por to-
dos conocidos. Le resultaba
muy satisfactorio a Mon-
tesinos revivir el momento
de “quiebre” de la integridad
de los demás, el asentamien-
to de relaciones de compli-
cidad, de solidaridad en la
transgresión. Es decir, el pro-
ceso por el que se convertía
en el poseedor de la volun-
tad de la otra persona. El
corruptor es, pues, una figu-
ra decisiva en la goberna-
bilidad que examinamos. Su
actuar no obedece solamen-
te a motivaciones económi-
cas. Su gusto por minar la
integridad de los demás, por
sembrar dudas y tentaciones,
por volver al otro incoheren-
te, es un gusto por hacer el
mal. El corruptor es un cíni-
co que oscila entre la “cara-
dura” que expone al públi-
co, negándolo todo y afir-
mando su inocente obedien-
cia a la ley y, de otro lado, su
“mueca obscena” exhibida
en lo privado, donde se re-
gocija poniendo al descubier-
to su entraña transgresiva. La
figura del corruptor florece
en sociedades y culturas don-
de la autoridad es débil y la
sanción inexistente. Donde
se ha perdido el temor a
Dios y donde tampoco exis-
te el respeto al prójimo. So-
ciedades donde la tolerancia
a la transgresión es la norma.
En mundos sociales en los
que, en una oscura rivalidad
a la figura del hombre que
cumple la ley, surge un ideal
paralelo y mucho más atrac-
tivo: el que se burla de to-
dos para salirse con la suya.
Este “ideal” no por clandes-
tino deja de ser menos influ-
yente y decisivo (Ubillúz).
III
El papel de los medios
de comunicación ha sido de-
cisivo en la denuncia de la
corrupción. Este hecho, que
ha generado tanto entusias-
“Desde el momento que se acepta la existencia del racismo la única
actitud moral es combatirlo. De forma similar ocurre con el término
‘corrupción’. En ambos casos, sin embargo, el ‘destape’ y la denuncia no
son, de modo alguno, garantía de éxito. Son sólo el inicio de una
larga lucha de resultados inciertos; donde, por lo demás, es
imprescindible, para empezar, sentar un compromiso, una
voluntad de combatir por la ciudadanía.”