

LIBROS & ARTES
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decir que una sociedad así no
puede ser ni democrática, ni
progresiva. La corrupción y
la complicidad redistribuyen
regresivamente las oportuni-
dades y convierten al orden
social en precario, inestable
y conflictivo. En realidad esta
fantasía está hecha a la me-
dida de los intereses de los
grandes corruptos, de aque-
llos para quienes el abuso sig-
nifica una ganancia neta, que
reparten migajas, especial-
mente la licencia para que los
débiles abusen de los más
débiles. Con las migajas y la
permisividad legitiman su
posición. Su interés aparece
como general. El problema
está desde luego en que los
abusados aceptan el abuso
porque no creen en la justi-
cia y la igualdad ante la ley,
porque añoran estar en el
puesto que les permita abu-
sar.
La autorrepresentación
del Perú como una “socie-
dad de cómplices”, donde
todo el mundo le saca la
vuelta a la ley y donde se
apañan las culpas, es impul-
sada por los corruptos. En
el fondo, para ser eficaz esta
ficción depende de la admi-
ración que nos despierta la
figura del hombre sin ley, el
patrón que hace lo que quie-
re. Por tanto solo desde la
renuncia a nuestros deseos
ilícitos es que podemos rom-
per el cautiverio a que nos
somete esa figura. Sólo en-
tonces podremos consolidar
una “sociedad de ciudada-
nos”.
V
La transgresión es un fe-
nómeno mayoritariamente
masculino. Las razones de
este hecho son muy profun-
das. Baste aquí algunas
aproximaciones. La creación
cultural, la elaboración sim-
bólica, está dominada por el
género masculino. La subor-
dinación femenina descansa
en una violencia simbólica,
en un conjunto de represen-
taciones que postulan a la
mujer como el “sexo débil”,
siempre necesitado de pro-
tección y autoridad. La for-
ma en que las mujeres viven
su vida está pues media-
tizada por modelos creados
por los hombres y reprodu-
cidos por ellas, modelos que
tienden a limitar su desarro-
llo humano. La opresión de
la subjetividad femenina sig-
nifica el silenciamiento de sus
experiencias más profundas;
experiencias que difícilmen-
te pueden ser simbolizadas
precisamente por la fuerza
de los estereotipos que le son
impuestos. Se trata, típica-
mente, de la idea de que la
mujer es abnegación y entre-
ga. Tanto más valiosa cuan-
to menos guarde para sí. Pa-
radójicamente, entonces,
como lo señala Julia Kris-
teva, la relación de la mujer
con el orden simbólico es a
la vez de una mayor subor-
dinación y de una menor re-
presentación. Justo lo contra-
rio ocurre en el caso del hom-
bre. Está más representado
pero menos subordinado al
orden simbólico. Sea como
fuere el hecho es que las di-
ferencias sexuales son signi-
ficadas por la cultura de
manera que la mujer resulta
ser más obediente y el hom-
bre más transgresivo.
La “sociedad de cóm-
plices” es una fantasía mas-
culina. El vínculo de compli-
cidad se da, básicamente, en-
tre hombres. Las mujeres
acatan mucho más la ley. Se-
gún Luce Irigaray, esta dife-
rencia no sólo sería cultural
e histórica sino que estaría
anclada en la propia biolo-
gía del cuerpo femenino. En
efecto, Irigaray piensa que en
la actualidad el modelo do-
minante de socialidad está
inspirado en el darwinismo.
Sucede entonces que nos re-
presentamos como indivi-
duos que luchan entre sí de
manera que nuestra vida es
un combate agónico por la
supremacía. El otro es un
competidor al que debemos
derrotar, destruir su preten-
sión de aventajarnos. Esta
socialidad es, sin embargo,
para Irigaray distintivamente
masculina. La sociedad no
podría existir si ella fuera la
única existente. En efecto, a
esta socialidad, Irigaray con-
trapone una socialidad
nutricia, basada en el amor,
que encuentra su modelo en
la relación madre-hija(o). En
el cuerpo humano el darwi-
nismo parece ser realidad.
Invadidos por una bacteria,
o cuerpo extraño, nuestro
sistema inmunológico gene-
“La transgresión es un fenómeno mayoritariamente masculino.
Las razones de este hecho son muy profundas. Baste aquí algunas
aproximaciones. La creación cultural, la elaboración simbólica, está
dominada por el género masculino. La subordinación femenina
descansa en una violencia simbólica, en un conjunto de representa-
ciones que postulan a la mujer como el
‘
sexo débil
’
, siempre
necesitado de protección y autoridad.”
ra anti-cuerpos que destru-
yen esa presencia foránea.
Pero esta regla tiene una ex-
cepción fundamental. El
cuerpo de la madre gestante
no ataca al feto, aunque no
sea enteramente suyo pues la
mitad de los genes corres-
ponde al padre. Entre la
madre y el feto media la
placenta, órgano mediador a
través del que los nutrientes
pasan al feto y los residuos
de este son metabolizados
por la madre. La nueva vida
se alimenta de la madre pero
le arroja sus desechos. De
manera similar, otro hecho
ignorado por la visión
darwinista es que las relacio-
nes competitivas no serían
posibles de no haber un es-
pacio afectivo donde repa-
rar las energías gastadas en
la lucha: el espacio cálido del
hogar que está fuera de la
competencia. La familia es
el dominio de la gratuitad y
el amor.
Entonces la prevalencia
del modelo de la sociedad
de cómplices está asociada a
la prevalencia de los valores
patriarcales y machistas. La
fuerza, el valor, el éxito son
las virtudes supremas. Pero
aunque aparezcan como uni-
versales, en realidad ellas se
aplican sobre todo a los
hombres. A las mujeres,
mientras tanto, se les enseña
a cuidar del otro aun a ex-
pensas de sí mismas. Enton-
ces llegamos a la conclusión
que la “sociedad de cómpli-
ces” es posible en tanto se
nutre de otra socialidad, que
a larga es más fundamental,
por lo menos es la esfera
privada. Nos estamos refi-
riendo al contrato patriarcal.
Al hombre que provee y
protege y a la mujer que
atiende. Una relación pose-
siva, dice Irigaray, es una re-
lación en que una de las par-
tes, la “poseída”, no puede
decir que no. La alteridad
radical de la mujer no puede
aparecer ante el varón, ella
tiene que ser complaciente.
El patriarcado es pues la
condición de posibilidad de
la “sociedad de cómplices”.
La esfera doméstica es un
espacio de amortiguación
donde prevalece una ley que
pacifica y ordena, que permite
la reproducción de las ener-
gías para el combate.