Previous Page  11 / 36 Next Page
Information
Show Menu
Previous Page 11 / 36 Next Page
Page Background

LIBROS & ARTES

Página 9

decir que una sociedad así no

puede ser ni democrática, ni

progresiva. La corrupción y

la complicidad redistribuyen

regresivamente las oportuni-

dades y convierten al orden

social en precario, inestable

y conflictivo. En realidad esta

fantasía está hecha a la me-

dida de los intereses de los

grandes corruptos, de aque-

llos para quienes el abuso sig-

nifica una ganancia neta, que

reparten migajas, especial-

mente la licencia para que los

débiles abusen de los más

débiles. Con las migajas y la

permisividad legitiman su

posición. Su interés aparece

como general. El problema

está desde luego en que los

abusados aceptan el abuso

porque no creen en la justi-

cia y la igualdad ante la ley,

porque añoran estar en el

puesto que les permita abu-

sar.

La autorrepresentación

del Perú como una “socie-

dad de cómplices”, donde

todo el mundo le saca la

vuelta a la ley y donde se

apañan las culpas, es impul-

sada por los corruptos. En

el fondo, para ser eficaz esta

ficción depende de la admi-

ración que nos despierta la

figura del hombre sin ley, el

patrón que hace lo que quie-

re. Por tanto solo desde la

renuncia a nuestros deseos

ilícitos es que podemos rom-

per el cautiverio a que nos

somete esa figura. Sólo en-

tonces podremos consolidar

una “sociedad de ciudada-

nos”.

V

La transgresión es un fe-

nómeno mayoritariamente

masculino. Las razones de

este hecho son muy profun-

das. Baste aquí algunas

aproximaciones. La creación

cultural, la elaboración sim-

bólica, está dominada por el

género masculino. La subor-

dinación femenina descansa

en una violencia simbólica,

en un conjunto de represen-

taciones que postulan a la

mujer como el “sexo débil”,

siempre necesitado de pro-

tección y autoridad. La for-

ma en que las mujeres viven

su vida está pues media-

tizada por modelos creados

por los hombres y reprodu-

cidos por ellas, modelos que

tienden a limitar su desarro-

llo humano. La opresión de

la subjetividad femenina sig-

nifica el silenciamiento de sus

experiencias más profundas;

experiencias que difícilmen-

te pueden ser simbolizadas

precisamente por la fuerza

de los estereotipos que le son

impuestos. Se trata, típica-

mente, de la idea de que la

mujer es abnegación y entre-

ga. Tanto más valiosa cuan-

to menos guarde para sí. Pa-

radójicamente, entonces,

como lo señala Julia Kris-

teva, la relación de la mujer

con el orden simbólico es a

la vez de una mayor subor-

dinación y de una menor re-

presentación. Justo lo contra-

rio ocurre en el caso del hom-

bre. Está más representado

pero menos subordinado al

orden simbólico. Sea como

fuere el hecho es que las di-

ferencias sexuales son signi-

ficadas por la cultura de

manera que la mujer resulta

ser más obediente y el hom-

bre más transgresivo.

La “sociedad de cóm-

plices” es una fantasía mas-

culina. El vínculo de compli-

cidad se da, básicamente, en-

tre hombres. Las mujeres

acatan mucho más la ley. Se-

gún Luce Irigaray, esta dife-

rencia no sólo sería cultural

e histórica sino que estaría

anclada en la propia biolo-

gía del cuerpo femenino. En

efecto, Irigaray piensa que en

la actualidad el modelo do-

minante de socialidad está

inspirado en el darwinismo.

Sucede entonces que nos re-

presentamos como indivi-

duos que luchan entre sí de

manera que nuestra vida es

un combate agónico por la

supremacía. El otro es un

competidor al que debemos

derrotar, destruir su preten-

sión de aventajarnos. Esta

socialidad es, sin embargo,

para Irigaray distintivamente

masculina. La sociedad no

podría existir si ella fuera la

única existente. En efecto, a

esta socialidad, Irigaray con-

trapone una socialidad

nutricia, basada en el amor,

que encuentra su modelo en

la relación madre-hija(o). En

el cuerpo humano el darwi-

nismo parece ser realidad.

Invadidos por una bacteria,

o cuerpo extraño, nuestro

sistema inmunológico gene-

“La transgresión es un fenómeno mayoritariamente masculino.

Las razones de este hecho son muy profundas. Baste aquí algunas

aproximaciones. La creación cultural, la elaboración simbólica, está

dominada por el género masculino. La subordinación femenina

descansa en una violencia simbólica, en un conjunto de representa-

ciones que postulan a la mujer como el

sexo débil

, siempre

necesitado de protección y autoridad.”

ra anti-cuerpos que destru-

yen esa presencia foránea.

Pero esta regla tiene una ex-

cepción fundamental. El

cuerpo de la madre gestante

no ataca al feto, aunque no

sea enteramente suyo pues la

mitad de los genes corres-

ponde al padre. Entre la

madre y el feto media la

placenta, órgano mediador a

través del que los nutrientes

pasan al feto y los residuos

de este son metabolizados

por la madre. La nueva vida

se alimenta de la madre pero

le arroja sus desechos. De

manera similar, otro hecho

ignorado por la visión

darwinista es que las relacio-

nes competitivas no serían

posibles de no haber un es-

pacio afectivo donde repa-

rar las energías gastadas en

la lucha: el espacio cálido del

hogar que está fuera de la

competencia. La familia es

el dominio de la gratuitad y

el amor.

Entonces la prevalencia

del modelo de la sociedad

de cómplices está asociada a

la prevalencia de los valores

patriarcales y machistas. La

fuerza, el valor, el éxito son

las virtudes supremas. Pero

aunque aparezcan como uni-

versales, en realidad ellas se

aplican sobre todo a los

hombres. A las mujeres,

mientras tanto, se les enseña

a cuidar del otro aun a ex-

pensas de sí mismas. Enton-

ces llegamos a la conclusión

que la “sociedad de cómpli-

ces” es posible en tanto se

nutre de otra socialidad, que

a larga es más fundamental,

por lo menos es la esfera

privada. Nos estamos refi-

riendo al contrato patriarcal.

Al hombre que provee y

protege y a la mujer que

atiende. Una relación pose-

siva, dice Irigaray, es una re-

lación en que una de las par-

tes, la “poseída”, no puede

decir que no. La alteridad

radical de la mujer no puede

aparecer ante el varón, ella

tiene que ser complaciente.

El patriarcado es pues la

condición de posibilidad de

la “sociedad de cómplices”.

La esfera doméstica es un

espacio de amortiguación

donde prevalece una ley que

pacifica y ordena, que permite

la reproducción de las ener-

gías para el combate.