

LIBROS & ARTES
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DIARIOS Y CONFESIONES
n la taxonomía estándar
de formas de la historia
escrita las
Crónicas
y
Memorias
ocupan cómodo lugar en cual-
quier catálogo de fuentes. De
género próximo y diferencia
específica, según la fórmula
aristotélica, son sus parientes
pobres,
Diarios
y
Confesiones
,
más cercanos a la literatura
que a la historia porque ata-
ñen más a la esfera personal
que a lo colectivo, a los con-
flictos del alma y no al mun-
do exterior. Claro, hay
diaristas de todo cuño y tem-
ple. Algunos entrelazan sus
avatares con los de la socie-
dad de su tiempo, como John
Evelyn con la restauración de
la monarquía inglesa y los go-
biernos de Carlos II y Jacobo
II o el admirable e inigualado
Diary
de Samuel Pepys, ele-
gante y vivaz, cuya prosa cau-
tiva y se lee con fruición. O
el fascinante
Journal
de los her-
manos Goncourt, en que des-
fila la Francia literaria de la
segunda mitad del XIX. Los
más meticulosos se valen de
la cronología como de un
con-
tainer
y en ella, por plazos y
fechas contadas, embuten su-
cesos baladíes y migajas his-
tóricas, vgr. el Joseph Suardo
o los Mugaburu de nuestra
Lima virreinal, cuyos nimios
apuntes revelan espíritu cha-
pucero de coleccionista y co-
modona virtud de cajón de
sastre: asombra, por ejemplo,
el celo policíaco por fijar el
día exacto y la hora precisa
en que el irascible marido de
Juanota, la farsanta, trató de
matarla con una escopeta acu-
sándola de mancebía con un
regidor! O el esmero en con-
signar, calendario en mano, la
merienda “muy buena e
asseada” con que los padres
jesuitas agasajaron al virrey en
la chacarilla del Noviciado!
De más noble rango y
más exquisita vanidad son
diaristas que se abocan al
autoexamen sin miedo al pe-
ligro de un desborde pasional
o turbador, como el pungen-
te
The Jour nal to Stella
de
Jonathan Swift, el
Journal
de
André Gide, el de Katherine
Mansfield, el
Diary
de Virgi-
nia Woolf, que caen de lleno
en cotos literarios. Mas, apar-
te el placer de su lectura, li-
bros como la
Historia calami-
tatum
de Abelardo, los
Comen-
tarios
o memorias de Aeneas
Silvius Piccolomini, Pío II, las
Confesiones
de Heinrich Heine
destruidas en parte por sus pa-
rientes, los
Fragments d’un
journal intime
del suizo Henri-
Frédéric Amiel, las añejas
Con-
fesiones
de san Agustín o las del
último y atormentado J.J.
Rousseau al filo de la penum-
bra paranoica –y tantos ejer-
cicios de egohistoria menuda
que una moda reciente lanza
al ruedo a cada paso– se ago-
tan en tersas imágenes y
delusiones subjetivas que, por
su involuntario candor, mu-
cho enseñan sobre la psicolo-
gía del informante y apenas
dejan intuir, en abortado es-
corzo, esa mágica espiral que
vincula al individuo con su
entorno y su época y que es,
que debería ser, corazón y
médula de crónicas y memo-
rias.
MEMORIAS
La viga maestra del género
confesional es de la misma
madera que algunos excesos
de la anamnesis freudiana.
Como ella, soporta cons-
tructos que el subconsciente
y la fantasía del escritor dis-
frazan de recuerdos legítimos
(“Y es que en el mundo trai-
dor /nada hay verdad ni men-
tira. /Todo es según el color
/del cristal con que se mira”,
rimaba Campoamor). Pero
hay memorias literarias y las
hay políticas. Las primeras sue-
len ser amenas, como los re-
cuerdos de Ricardo Palma
(
La bohemia de mi tiempo
), de
Miguel Cané (
Juvenilia
), de Ale-
jandro Dumas (
Mémoires
), de
Simone de Beauvoir (
La force
de l’âge
), de Ilya Erenburg, de
André Malraux (
AntiMémoires
)
o de Gabriel García Márquez
o las autobiografías de
Stendhal (
Vie de Henr y
Brulard
), de Arthur Rubinstein
(
My young years
), de Charles
Chaplin (
My autobiography
).
Hay ejemplos más nuestros,
como esas páginas evocativas
de Jorge Basadre (
La historia
y la vida
, Lima, 1975) y del
incanista Luis E. Valcárcel
(
Mis Memorias
, Lima, 1981).
Las memorias político-
militares, siempre apologé-
ticas, son de índole más áspe-
ra y sus autores cultivan el
tono persuasivo y documen-
tal, vgr. las de cualquier gene-
ral de las guerras napoleónicas,
o las del propio Napoleón dic-
tadas en la prisión de Santa
Elena, las de Luigi Settembrini
para las luchas por la unidad
de Italia (
Ricordanze della mia
vita
), de Beatrice Webb para
el fin de la edad victoriana y
la historia de la sociedad
Fabiana y el laborismo (
My
Appren-ticeship
) o de Winston
Churchill para la última gran
guerra. Por lo común, el estilo
confidente suscita recelos en
el lector acucioso y evoca el
artificio de memorias maqui-
lladas o hechizas en que el
contador nunca hace mutis,
como en las autobiografías
galanas de Benvenuto Cellini
y del policía-ladrón François
Vidocq o en las andanzas
donjuanescas que se atribuyen
el veneciano Giácomo Giró-
lamo Casanova o el irlandés
Frank Thomas Harris, que la
prensa sajona censuró a prin-
cipios del XX. Con obras así
no andamos ya muy lejos de
la novela-memoria, género
anfibio de lindes vagos y mo-
vibles entre la realidad y la fic-
ción, en que alínean sin es-
fuerzo cien autores disímiles,
Beaumarchais o Coleridge,
Casós o Tackeray, Vidaurre o
Pellico, de Quincey o Carlyle,
Renan o Cocteau, Sartre o
D’Annunzio, Bernanos o
Barea, Proust o Neruda, cada
vez a menor distancia de
pseudomemorias de vidas
más o menos verosímiles
como las del
Gil Blas
de Alain-
René Lesage, del
Adriano
de
Marguerite Yourcenar, del
marqués de
Bradomín
de Va-
lle Inclán, del
Bomarzo
de
Mujica Láinez o del
Alfanhui
de Sánchez Ferlosio que an-
hela recobrar “esa inmensa
memoria de cosas descono-
cidas”.
En otra atmósfera se da
la memoria política como gé-
nero histórico. Verismo por
verismo, mejor desechar ani-
maciones a lo Dumas o a lo
Chatrian y Erckmann y cono-
cer la guerra civil inglesa del
XVII en la evocación del re-
publicano Edmund Ludlow o
en las
Memoirs
de sir John
Reresby, las turbulencias de la
Fronda en los ambiguos re-
cuerdos del tortuoso cardenal
de Retz, las intrigas palacie-
gas y el oropel cortesano del
roi soleil
–autor, él mismo, de
inconclusas Memorias para
uso del Delfín– en las pulcras
Mémoires
del duque de Saint-
Simón, la Francia de la pri-
mera mitad del XIX en las
sulfúricas y mordaces
Mé-
moires d’outre-tombe
de un
apologista cristiano, el román-
tico vizconde de Chateau-
briand, la violencia y heca-
tombe de la 2ª guerra mun-
dial en las
Memoires de guerre
de Charles de Gaulle –vendi-
das por millones e increíble
best
seller
en su día– o en las seve-
ras páginas de las
Memoirs
del
mariscal de campo Bernard
Law Montgomery, el popular
‘Monty’ de El-Alamein. To-
das, cabales memorias políti-
cas que respetan la plantilla
autobiográfica pero en las
que, de improviso y en cual-
quier instante, se esfuma dis-
creto el narrador y deja paso
a una semblanza, un traspié
diplomático, una anécdota,
una batalla o pasajes que con-
vocan y comprimen la ima-
gen de un grupo social, un
DE MEMORIAS Y
DE CRÓNICAS
Carlos Araníbar
Las épocas de agitación social y violencia,
clivage
profundo y
cambio acelerado son fértiles en testimonios escritos que fluctúan en vaivén
entre lo histórico y lo literario. En el caso peruano son ejemplos de fractura la
invasión europea del siglo XVI, que cegó el desarrollo andino autónomo, y la
guerra de independencia política del XIX, que dio fin al estatuto colonial.
Aquella nos dio crónicas. Esta, memorias. Ambos caudales de información, de
comienzo y término del dominio español, se ajustan a moldes y estilos retóricos
de sus respectivas épocas. Faltos de un
divortium aquarum
que distinga
contenidos y formas cupiera incluirlos en un campo neutro, común a la
literatura y a la historia. En estas notas, ojalá no demasiado fútiles,
trazaré perfiles de ambos géneros tocando a vuela pluma los memorialistas
y luego los cronistas de los siglos XVI-XVII.
E
I Memorias
“La crónica es encomiástica, triunfal, vive el presente y sin segundos
temores se abre al porvenir. La memoria, ególatra, vive de espaldas al
futuro, tiene de revanchismo y de denuncia y al escarbar el pretérito ha-
lla culpables en cualquier rincón. La crónica es concisa, huye de la proli-
jidad y pide difusión inmediata porque se dirige a sus coetáneos, la me-
moria, como calculada filmación al ralentí, se explaya hasta la monoto-
nía y repudia urgencias porque es un legado a la posteridad.”