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LIBROS & ARTES

Página 2

DIARIOS Y CONFESIONES

n la taxonomía estándar

de formas de la historia

escrita las

Crónicas

y

Memorias

ocupan cómodo lugar en cual-

quier catálogo de fuentes. De

género próximo y diferencia

específica, según la fórmula

aristotélica, son sus parientes

pobres,

Diarios

y

Confesiones

,

más cercanos a la literatura

que a la historia porque ata-

ñen más a la esfera personal

que a lo colectivo, a los con-

flictos del alma y no al mun-

do exterior. Claro, hay

diaristas de todo cuño y tem-

ple. Algunos entrelazan sus

avatares con los de la socie-

dad de su tiempo, como John

Evelyn con la restauración de

la monarquía inglesa y los go-

biernos de Carlos II y Jacobo

II o el admirable e inigualado

Diary

de Samuel Pepys, ele-

gante y vivaz, cuya prosa cau-

tiva y se lee con fruición. O

el fascinante

Journal

de los her-

manos Goncourt, en que des-

fila la Francia literaria de la

segunda mitad del XIX. Los

más meticulosos se valen de

la cronología como de un

con-

tainer

y en ella, por plazos y

fechas contadas, embuten su-

cesos baladíes y migajas his-

tóricas, vgr. el Joseph Suardo

o los Mugaburu de nuestra

Lima virreinal, cuyos nimios

apuntes revelan espíritu cha-

pucero de coleccionista y co-

modona virtud de cajón de

sastre: asombra, por ejemplo,

el celo policíaco por fijar el

día exacto y la hora precisa

en que el irascible marido de

Juanota, la farsanta, trató de

matarla con una escopeta acu-

sándola de mancebía con un

regidor! O el esmero en con-

signar, calendario en mano, la

merienda “muy buena e

asseada” con que los padres

jesuitas agasajaron al virrey en

la chacarilla del Noviciado!

De más noble rango y

más exquisita vanidad son

diaristas que se abocan al

autoexamen sin miedo al pe-

ligro de un desborde pasional

o turbador, como el pungen-

te

The Jour nal to Stella

de

Jonathan Swift, el

Journal

de

André Gide, el de Katherine

Mansfield, el

Diary

de Virgi-

nia Woolf, que caen de lleno

en cotos literarios. Mas, apar-

te el placer de su lectura, li-

bros como la

Historia calami-

tatum

de Abelardo, los

Comen-

tarios

o memorias de Aeneas

Silvius Piccolomini, Pío II, las

Confesiones

de Heinrich Heine

destruidas en parte por sus pa-

rientes, los

Fragments d’un

journal intime

del suizo Henri-

Frédéric Amiel, las añejas

Con-

fesiones

de san Agustín o las del

último y atormentado J.J.

Rousseau al filo de la penum-

bra paranoica –y tantos ejer-

cicios de egohistoria menuda

que una moda reciente lanza

al ruedo a cada paso– se ago-

tan en tersas imágenes y

delusiones subjetivas que, por

su involuntario candor, mu-

cho enseñan sobre la psicolo-

gía del informante y apenas

dejan intuir, en abortado es-

corzo, esa mágica espiral que

vincula al individuo con su

entorno y su época y que es,

que debería ser, corazón y

médula de crónicas y memo-

rias.

MEMORIAS

La viga maestra del género

confesional es de la misma

madera que algunos excesos

de la anamnesis freudiana.

Como ella, soporta cons-

tructos que el subconsciente

y la fantasía del escritor dis-

frazan de recuerdos legítimos

(“Y es que en el mundo trai-

dor /nada hay verdad ni men-

tira. /Todo es según el color

/del cristal con que se mira”,

rimaba Campoamor). Pero

hay memorias literarias y las

hay políticas. Las primeras sue-

len ser amenas, como los re-

cuerdos de Ricardo Palma

(

La bohemia de mi tiempo

), de

Miguel Cané (

Juvenilia

), de Ale-

jandro Dumas (

Mémoires

), de

Simone de Beauvoir (

La force

de l’âge

), de Ilya Erenburg, de

André Malraux (

AntiMémoires

)

o de Gabriel García Márquez

o las autobiografías de

Stendhal (

Vie de Henr y

Brulard

), de Arthur Rubinstein

(

My young years

), de Charles

Chaplin (

My autobiography

).

Hay ejemplos más nuestros,

como esas páginas evocativas

de Jorge Basadre (

La historia

y la vida

, Lima, 1975) y del

incanista Luis E. Valcárcel

(

Mis Memorias

, Lima, 1981).

Las memorias político-

militares, siempre apologé-

ticas, son de índole más áspe-

ra y sus autores cultivan el

tono persuasivo y documen-

tal, vgr. las de cualquier gene-

ral de las guerras napoleónicas,

o las del propio Napoleón dic-

tadas en la prisión de Santa

Elena, las de Luigi Settembrini

para las luchas por la unidad

de Italia (

Ricordanze della mia

vita

), de Beatrice Webb para

el fin de la edad victoriana y

la historia de la sociedad

Fabiana y el laborismo (

My

Appren-ticeship

) o de Winston

Churchill para la última gran

guerra. Por lo común, el estilo

confidente suscita recelos en

el lector acucioso y evoca el

artificio de memorias maqui-

lladas o hechizas en que el

contador nunca hace mutis,

como en las autobiografías

galanas de Benvenuto Cellini

y del policía-ladrón François

Vidocq o en las andanzas

donjuanescas que se atribuyen

el veneciano Giácomo Giró-

lamo Casanova o el irlandés

Frank Thomas Harris, que la

prensa sajona censuró a prin-

cipios del XX. Con obras así

no andamos ya muy lejos de

la novela-memoria, género

anfibio de lindes vagos y mo-

vibles entre la realidad y la fic-

ción, en que alínean sin es-

fuerzo cien autores disímiles,

Beaumarchais o Coleridge,

Casós o Tackeray, Vidaurre o

Pellico, de Quincey o Carlyle,

Renan o Cocteau, Sartre o

D’Annunzio, Bernanos o

Barea, Proust o Neruda, cada

vez a menor distancia de

pseudomemorias de vidas

más o menos verosímiles

como las del

Gil Blas

de Alain-

René Lesage, del

Adriano

de

Marguerite Yourcenar, del

marqués de

Bradomín

de Va-

lle Inclán, del

Bomarzo

de

Mujica Láinez o del

Alfanhui

de Sánchez Ferlosio que an-

hela recobrar “esa inmensa

memoria de cosas descono-

cidas”.

En otra atmósfera se da

la memoria política como gé-

nero histórico. Verismo por

verismo, mejor desechar ani-

maciones a lo Dumas o a lo

Chatrian y Erckmann y cono-

cer la guerra civil inglesa del

XVII en la evocación del re-

publicano Edmund Ludlow o

en las

Memoirs

de sir John

Reresby, las turbulencias de la

Fronda en los ambiguos re-

cuerdos del tortuoso cardenal

de Retz, las intrigas palacie-

gas y el oropel cortesano del

roi soleil

–autor, él mismo, de

inconclusas Memorias para

uso del Delfín– en las pulcras

Mémoires

del duque de Saint-

Simón, la Francia de la pri-

mera mitad del XIX en las

sulfúricas y mordaces

Mé-

moires d’outre-tombe

de un

apologista cristiano, el román-

tico vizconde de Chateau-

briand, la violencia y heca-

tombe de la 2ª guerra mun-

dial en las

Memoires de guerre

de Charles de Gaulle –vendi-

das por millones e increíble

best

seller

en su día– o en las seve-

ras páginas de las

Memoirs

del

mariscal de campo Bernard

Law Montgomery, el popular

‘Monty’ de El-Alamein. To-

das, cabales memorias políti-

cas que respetan la plantilla

autobiográfica pero en las

que, de improviso y en cual-

quier instante, se esfuma dis-

creto el narrador y deja paso

a una semblanza, un traspié

diplomático, una anécdota,

una batalla o pasajes que con-

vocan y comprimen la ima-

gen de un grupo social, un

DE MEMORIAS Y

DE CRÓNICAS

Carlos Araníbar

Las épocas de agitación social y violencia,

clivage

profundo y

cambio acelerado son fértiles en testimonios escritos que fluctúan en vaivén

entre lo histórico y lo literario. En el caso peruano son ejemplos de fractura la

invasión europea del siglo XVI, que cegó el desarrollo andino autónomo, y la

guerra de independencia política del XIX, que dio fin al estatuto colonial.

Aquella nos dio crónicas. Esta, memorias. Ambos caudales de información, de

comienzo y término del dominio español, se ajustan a moldes y estilos retóricos

de sus respectivas épocas. Faltos de un

divortium aquarum

que distinga

contenidos y formas cupiera incluirlos en un campo neutro, común a la

literatura y a la historia. En estas notas, ojalá no demasiado fútiles,

trazaré perfiles de ambos géneros tocando a vuela pluma los memorialistas

y luego los cronistas de los siglos XVI-XVII.

E

I Memorias

“La crónica es encomiástica, triunfal, vive el presente y sin segundos

temores se abre al porvenir. La memoria, ególatra, vive de espaldas al

futuro, tiene de revanchismo y de denuncia y al escarbar el pretérito ha-

lla culpables en cualquier rincón. La crónica es concisa, huye de la proli-

jidad y pide difusión inmediata porque se dirige a sus coetáneos, la me-

moria, como calculada filmación al ralentí, se explaya hasta la monoto-

nía y repudia urgencias porque es un legado a la posteridad.”