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LIBROS & ARTES

Página 14

I

ero no son biografía, lo

que los datos no dan,

el narrador lo intuye o su-

pone. Tentaciones homo-

sexuales en Paul Gauguin,

horror al sexo en Flora

Tristán, aunque esto último

acaso se pueda discutir. Hay

una tradición oral arequipeña

que se transmite de genera-

ción en generación y que el

novelista no puede ignorar,

mis bisabuelas afirmaban que

la estancia de Florita no fue

todo lo santa que parecería.

¿O es acaso, una vez más el

rumor, la mojigatería de las

viejas familias? Sea como

fuera,

El paraíso en la otra es-

quina

no es una novela doble,

un fenómeno de circo con

dos cabezas, un águila real de

la Casa de Austria de doble

corona, sino un tríptico. Le

da una fórmula de triángulo

la ambición de utopía de esas

dos existencias del extremo.

Flora y Paul, cada uno a su

manera, estaban poseídos por

la ambición de lo absoluto.

Para proseguir preferiré

insistir en los actos previos a

la escritura, aunque es pro-

bable que Mario fuera redac-

tando de a pocos y al paso

que desempolvaba mamotre-

tos del siglo XIX para Flora,

que abundan, y otros tantos

tratados de pintura sobre

Gauguin, sobre el cual, como

puede presumirse, se ha es-

crito abundantemente. En

enero del 2002, después de

un trajinado trámite en la que

Sylvie André, rectora de mi

universidad, y el que habla,

vencimos intereses de otros

departamentos, ya se sabe,

una universidad no deja de

ser una institución bastante

humana y llena de querellas

y pugnas internas, logramos

hacer admitir por el pleno de

profesores que el primer ho-

noris causa de nuestra insti-

tución fuera a un escritor y

no a un científico, a un autor

en castellano y no en inglés,

y así por el estilo. Cuando

esos obstáculos internos se

vencieron, vinieron los de

París, del centralismo buro-

crático. Una mañana, un in-

teligentísimo y estirado tec-

nócrata me llama por teléfo-

no. Dígame, profesor Neira,

¿por qué razón Francia debe

entregar un honoris causa a

un escritor peruano de len-

gua castellana? El sublime

funcionario recibió una de

mis respuestas, la más

lapidaria. En primer lugar, si

bien es verdad que escribe en

castellano, y que es peruano,

lo cierto es que está traduci-

do a todas las lenguas in-

doeuropeas, incluyendo el

francés, y usted lo puede ha-

llar por entero en las edicio-

nes Gallimard de París. En

segundo lugar, Vargas Llosa

es también súbdito español,

o sea, miembro como usted

de la misma comunidad eu-

ropea. Por último, me pre-

gunta usted por la contribu-

ción de Vargas Llosa a la cul-

tura francesa. Pues, fíjese us-

ted, para aprobar la agrega-

ción (el célebre concurso que

da entrada definitivamente a

la enseñanza superior), no la

de castellano sino de litera-

tura francesa, es preciso leer

seis estudios sobre

Madame

Bovary

. Tres de ellos son de

profesores ingleses, dos son

de eminencias francesas, y en

cuanto al otro trabajo que

todo aspirante francés que

quiere aprobar el concurso

de la agregación debe leer es

de Mario Vargas Llosa. Se

trata también de un insigne

flauberiano. El funcionario

me dio las gracias y no nos

volvió a molestar. Se había

vencido el último obstáculo

formal. Se puede observar,

dicho sea de paso, los cuida-

dos que se toman en la dis-

tribución de ese tipo de dis-

tinciones.

Las semanas que siguie-

ron fueron sencillamente es-

pectaculares. Mario llegó con

Patricia, ambos con Mor-

gana, la hija, que hizo ahí las

estupendas fotos que luego

ha exhibido y publicado en

un precioso album. Morgana

a su vez llegó con su compa-

ñero, este con dos o tres ami-

gos y camarógrafos que nun-

ca supe si eran ingleses que

hablaban portugués o brasi-

leños que vivían en Londres,

era un grupo de lo más cu-

rioso y simpático que había

hecho el largo viaje para se-

guir a Mario y cubrir el re-

portaje que luego propaga-

ron en la BBC. Vargas Llosa

se desplazaba con todo ese

grupo, y cuando algún pro-

fesor francés se impacienta-

ba por una cena en

tête- â- tête

con el escritor, yo tenía que

explicarle que no había eso,

que Mario cenaba siempre

clánicamente y que lo mejor

era sumarse al grupo, lo que

casi enloquece a más de un

colega poco adaptado a nues-

tros hábitos de hablar todos

a la vez y seguir varias con-

versaciones seguidas y cruza-

das todas al mismo tiempo.

La visita de Vargas Llosa fue

sensacional, la isla entera se

volcó a sus conferencias, a la

universidad, por donde fue-

ra. Hay que decir que Papeete

es un lugar muy frívolo y no

precisamente Venecia o Bar-

celona, es decir, centros de

atracción para el turismo in-

telectual y científico de alta

gama, tipo convenciones. Es,

en cambio, un lugar en don-

de aterrizan deportistas, es-

trellas de cine, los grandes de

este mundo, pero del múscu-

lo y no del cerebro. Con un

nivel de vida muy alto, tan

caro o más que París, hacía

tiempo que no llegaba un

gran escritor, acaso desde los

años del paquebote, viajeros

del tipo Somerset Maugham.

Y en todo este tiempo,

Mario se las arregló para ha-

cer dos cosas. Trabajar y

atender la solicitud de los

muchísimos admiradores que

surgieron de la nada. Hasta

entonces me parecía Tahití

una nación de comerciantes

y de corredores de tabla, de

la noche a la mañana apare-

cieron poetas impublicados,

novelistas geniales e inéditos,

una fauna de escribidores

tahitianos que me hacían lle-

gar manuscritos que yo tras-

ladaba donde los Vargas

Llosa. En cuanto al visitan-

te, por trabajar entiendo que

escribía cada mañana, esto es

casi un chisme, luego aten-

día gente que en muchos ca-

sos le proporcionaba infor-

mación preciosa. Era como

un Uchuracay gozoso.

Vargas Llosa me había pedi-

do que le presentase a aque-

llos de mis colegas que co-

nocían realmente la cultura

polinésica. Si los grandes na-

vegantes llegaron por el

XVIII, el inglés Cook, el

francés Bougainville, una jo-

ven reina llamada Pomaré II

se afirma desde 1827, la ca-

rrera para establecer el “pro-

tectorado” lo ganan los fran-

ceses a los ingleses, mucho

Hugo Neira

VARGAS LLOSA

EN TAHITÍ

La ambición de lo absoluto

P

Para el libro sobre Gauguin, Mario Vargas Llosa viajó al lejano

archipiélago de las Islas del Viento, más conocidas como Polinesia Francesa,

es decir, a Tahití. En ciertos casos viajar es parte de su método. Indagación “in

situ”. El novelista se vuelve entonces etnólogo, antropólogo, periodista. Por pare-

cidas urgencias aterrizó en el noreste brasileño o en la amazonía peruana.

Aprehensión directa de las cosas, a veces de lo impalpable, el paisaje, el lugar, el

alma de los sitios. Para escribir sobre Flora Tristán empleó más tiempo. En

Lima, ante un auditorio y un excelente panel, confesó que desde hacía l8 años

atrás, desde el British Museum. Lo ingenioso radica en reunir, en esa novela,

sendas vidas.

En Río de Janeiro con Alfonso Reyes y Víctor Andrés Belaunde. 1933.