

LIBROS & ARTES
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I
ero no son biografía, lo
que los datos no dan,
el narrador lo intuye o su-
pone. Tentaciones homo-
sexuales en Paul Gauguin,
horror al sexo en Flora
Tristán, aunque esto último
acaso se pueda discutir. Hay
una tradición oral arequipeña
que se transmite de genera-
ción en generación y que el
novelista no puede ignorar,
mis bisabuelas afirmaban que
la estancia de Florita no fue
todo lo santa que parecería.
¿O es acaso, una vez más el
rumor, la mojigatería de las
viejas familias? Sea como
fuera,
El paraíso en la otra es-
quina
no es una novela doble,
un fenómeno de circo con
dos cabezas, un águila real de
la Casa de Austria de doble
corona, sino un tríptico. Le
da una fórmula de triángulo
la ambición de utopía de esas
dos existencias del extremo.
Flora y Paul, cada uno a su
manera, estaban poseídos por
la ambición de lo absoluto.
Para proseguir preferiré
insistir en los actos previos a
la escritura, aunque es pro-
bable que Mario fuera redac-
tando de a pocos y al paso
que desempolvaba mamotre-
tos del siglo XIX para Flora,
que abundan, y otros tantos
tratados de pintura sobre
Gauguin, sobre el cual, como
puede presumirse, se ha es-
crito abundantemente. En
enero del 2002, después de
un trajinado trámite en la que
Sylvie André, rectora de mi
universidad, y el que habla,
vencimos intereses de otros
departamentos, ya se sabe,
una universidad no deja de
ser una institución bastante
humana y llena de querellas
y pugnas internas, logramos
hacer admitir por el pleno de
profesores que el primer ho-
noris causa de nuestra insti-
tución fuera a un escritor y
no a un científico, a un autor
en castellano y no en inglés,
y así por el estilo. Cuando
esos obstáculos internos se
vencieron, vinieron los de
París, del centralismo buro-
crático. Una mañana, un in-
teligentísimo y estirado tec-
nócrata me llama por teléfo-
no. Dígame, profesor Neira,
¿por qué razón Francia debe
entregar un honoris causa a
un escritor peruano de len-
gua castellana? El sublime
funcionario recibió una de
mis respuestas, la más
lapidaria. En primer lugar, si
bien es verdad que escribe en
castellano, y que es peruano,
lo cierto es que está traduci-
do a todas las lenguas in-
doeuropeas, incluyendo el
francés, y usted lo puede ha-
llar por entero en las edicio-
nes Gallimard de París. En
segundo lugar, Vargas Llosa
es también súbdito español,
o sea, miembro como usted
de la misma comunidad eu-
ropea. Por último, me pre-
gunta usted por la contribu-
ción de Vargas Llosa a la cul-
tura francesa. Pues, fíjese us-
ted, para aprobar la agrega-
ción (el célebre concurso que
da entrada definitivamente a
la enseñanza superior), no la
de castellano sino de litera-
tura francesa, es preciso leer
seis estudios sobre
Madame
Bovary
. Tres de ellos son de
profesores ingleses, dos son
de eminencias francesas, y en
cuanto al otro trabajo que
todo aspirante francés que
quiere aprobar el concurso
de la agregación debe leer es
de Mario Vargas Llosa. Se
trata también de un insigne
flauberiano. El funcionario
me dio las gracias y no nos
volvió a molestar. Se había
vencido el último obstáculo
formal. Se puede observar,
dicho sea de paso, los cuida-
dos que se toman en la dis-
tribución de ese tipo de dis-
tinciones.
Las semanas que siguie-
ron fueron sencillamente es-
pectaculares. Mario llegó con
Patricia, ambos con Mor-
gana, la hija, que hizo ahí las
estupendas fotos que luego
ha exhibido y publicado en
un precioso album. Morgana
a su vez llegó con su compa-
ñero, este con dos o tres ami-
gos y camarógrafos que nun-
ca supe si eran ingleses que
hablaban portugués o brasi-
leños que vivían en Londres,
era un grupo de lo más cu-
rioso y simpático que había
hecho el largo viaje para se-
guir a Mario y cubrir el re-
portaje que luego propaga-
ron en la BBC. Vargas Llosa
se desplazaba con todo ese
grupo, y cuando algún pro-
fesor francés se impacienta-
ba por una cena en
tête- â- tête
con el escritor, yo tenía que
explicarle que no había eso,
que Mario cenaba siempre
clánicamente y que lo mejor
era sumarse al grupo, lo que
casi enloquece a más de un
colega poco adaptado a nues-
tros hábitos de hablar todos
a la vez y seguir varias con-
versaciones seguidas y cruza-
das todas al mismo tiempo.
La visita de Vargas Llosa fue
sensacional, la isla entera se
volcó a sus conferencias, a la
universidad, por donde fue-
ra. Hay que decir que Papeete
es un lugar muy frívolo y no
precisamente Venecia o Bar-
celona, es decir, centros de
atracción para el turismo in-
telectual y científico de alta
gama, tipo convenciones. Es,
en cambio, un lugar en don-
de aterrizan deportistas, es-
trellas de cine, los grandes de
este mundo, pero del múscu-
lo y no del cerebro. Con un
nivel de vida muy alto, tan
caro o más que París, hacía
tiempo que no llegaba un
gran escritor, acaso desde los
años del paquebote, viajeros
del tipo Somerset Maugham.
Y en todo este tiempo,
Mario se las arregló para ha-
cer dos cosas. Trabajar y
atender la solicitud de los
muchísimos admiradores que
surgieron de la nada. Hasta
entonces me parecía Tahití
una nación de comerciantes
y de corredores de tabla, de
la noche a la mañana apare-
cieron poetas impublicados,
novelistas geniales e inéditos,
una fauna de escribidores
tahitianos que me hacían lle-
gar manuscritos que yo tras-
ladaba donde los Vargas
Llosa. En cuanto al visitan-
te, por trabajar entiendo que
escribía cada mañana, esto es
casi un chisme, luego aten-
día gente que en muchos ca-
sos le proporcionaba infor-
mación preciosa. Era como
un Uchuracay gozoso.
Vargas Llosa me había pedi-
do que le presentase a aque-
llos de mis colegas que co-
nocían realmente la cultura
polinésica. Si los grandes na-
vegantes llegaron por el
XVIII, el inglés Cook, el
francés Bougainville, una jo-
ven reina llamada Pomaré II
se afirma desde 1827, la ca-
rrera para establecer el “pro-
tectorado” lo ganan los fran-
ceses a los ingleses, mucho
Hugo Neira
VARGAS LLOSA
EN TAHITÍ
La ambición de lo absoluto
P
Para el libro sobre Gauguin, Mario Vargas Llosa viajó al lejano
archipiélago de las Islas del Viento, más conocidas como Polinesia Francesa,
es decir, a Tahití. En ciertos casos viajar es parte de su método. Indagación “in
situ”. El novelista se vuelve entonces etnólogo, antropólogo, periodista. Por pare-
cidas urgencias aterrizó en el noreste brasileño o en la amazonía peruana.
Aprehensión directa de las cosas, a veces de lo impalpable, el paisaje, el lugar, el
alma de los sitios. Para escribir sobre Flora Tristán empleó más tiempo. En
Lima, ante un auditorio y un excelente panel, confesó que desde hacía l8 años
atrás, desde el British Museum. Lo ingenioso radica en reunir, en esa novela,
sendas vidas.
En Río de Janeiro con Alfonso Reyes y Víctor Andrés Belaunde. 1933.