

LIBROS & ARTES
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ero la autora hace una
aclaración cuyas con-
secuencias se verán más
adelante. Ollé señala: “la
poesía – siguiendo a Eielson
– es una manera estética de
ver la realidad. Está en los
cuadros, en las matemáti-
cas, en las novelas y en la
prosa”. Esta afirmación no
es una frase declarativa
más, una abstracción ideal
que suena bien y con la que
nadie estaría en desacuerdo
entendiendo “poesía” en un
sentido amplio. No. Carmen
Ollé es radicalmente cohe-
rente y aplica con consisten-
cia y solidez su idea de la
poesía, lo que implica sin
duda alguna la ruptura de
muchas convenciones “Me
gustaría decirle a la gente,
como dicen los científicos
de la física cuántica ‘aban-
done usted el sentido co-
mún’”. Y con
Una mucha-
cha bajo su paraguas
lo
dice de una manera explíci-
ta y radical: desde el hecho
de que quienes se refieren
al texto se sienten obliga-
dos a escribir que se trata de
una novela y encomillan
“novela” para significar que
no reúne todas las caracte-
rísticas del género, hasta las
circunstancias de su publi-
cación que requieren ser
mencionadas (referencia
nada usual) pues tal infor-
mación parece necesaria
para satisfacer nuestra ma-
nía cronológica clasificato-
ria. El nombrar a
Una mu-
chacha…
como “novela”
resulta inquietante; y el que
haya sido escrita en 1980 y
publicada veinte años des-
pués más inquietante aún,
sobre todo para los críticos;
pero no solo para ellos.
Como lectora, esta in-
formación me lleva a tran-
sitar los peligrosos caminos
de las preguntas hipotéticas
que los historiadores nos
han enseñado a evitar. Sin
embargo, no puedo dejar de
formularlas ¿qué hubiera
pasado si Carmen publica-
ba esta novela en 1980 ape-
nas vuelta al Perú?, ¿qué, si
dejaba guardado el manus-
crito de
Noches de adre-
nalina
? ¿En esos años éra-
mos más o menos anticon-
vencionales de lo que somos
ahora y hubiéramos acepta-
do que rompía las conven-
ciones de la narrativa como
lo hizo Eielson con
Primera
muerte de María
(1958)
o
El cuerpo de Giula –no
(1971)? ¿Se hubiera consi-
derado un experimento y de-
jado de lado para que luego,
años después, los jóvenes
descubrieran algún ejemplar
y convirtieran a
Una mu-
chacha…
en una novela de
culto, arriesgada y a contra-
corriente? ¿Y qué hubiera
pasado, de ser así, con la lla-
mada “poesía femenina”
cuyo punto de partida para
los críticos fue justamente
Noches de adrenalina
(
1981)? La historia de la
poesía de mujeres tal vez
fuera otra en términos de
etiquetas, catego-rizaciones,
movimientos. Quién lo sabe.
Finalmente la historia es
como fue: a su regreso de
París Carmen Ollé trajo dos
manuscritos y eligió para su
publicación el “poemario”,
tan arriesgado como la “no-
vela”; pero es posible pen-
sar que aquello que se ca-
taloga como “poesía” per-
mite más libertades y rup-
turas de modo que los pri-
meros lectores le debieron
haber aconsejado que resul-
taba más “normal” optar por
Noches…
que por ese ex-
traño texto en prosa que de-
bió aguardar veinte años en
un cajón. El en cierto modo
escándalo que causó
Noches
de adrenalina
facilitó su di-
fusión y generó controversia,
lo que permitió que no fuera
ignorado. De haber optado
por publicar la novela, géne-
ro cuyos parámetros suelen
ser más disciplinadamente
respetados, es posible que
hubiera pasado desapercibi-
da.
En cualquier caso, todo
esto corresponde al ámbito
de la recepción, de la críti-
ca, de la historia y del ca-
non. Más me interesa des-
tacar el primer punto al que
aludí al inicio al referirme a
la ruptura de convenciones,
aquello de novela entre co-
millas. En 1980, como aho-
ra en el 2002,
Una mucha-
cha
… parece resultar un
texto de difícil clasificación.
La pregunta es por qué, lue-
go de tantos experimentos
y diversas propuestas narra-
tivas, un texto en prosa pre-
sentado como una narración
incomoda al punto de no
saber cómo nombrarlo. Sin
duda alguna no se trata de
un relato con principio, me-
dio y final; los hechos na-
rrados no están engarzados
bajo el principio de las re-
laciones de causalidad, no
hay una trama ni ordenada
ni voluntariamente desorde-
nada de manera que el lec-
tor pueda recomponerla; los
personajes no están cons-
truidos al amparo de ciertas
reglas básicas que los cons-
tituyan como tales. Todo
eso es cierto, como lo es que
Una muchacha...
no pasa-
ría la prueba de quien la
examina bajo esos criterios.
Lo que ocurre es que la na-
rración de Carmen Ollé pro-
pone unas claves de lectura
que están en las antípodas
de las usuales. En primer
lugar elude, consciente y
voluntariamente, el relato
realista. Más cerca de la
pintura y de la música, el re-
lato compone cuadros a par-
tir de imágenes que provie-
nen de la asociación libre,
del pensamiento ensimisma-
do; y desarrolla melodías in-
conclusas como lo son las di-
vagaciones de la mente. El
lector solo puede asirse a la
frágil solidez de una narra-
dora que se sitúa en Lima,
en Menorca o en Paris; que
recorre y nombra calles, ca-
fés y algunas pocas habita-
ciones donde viven sus ami-
gos pero que es capaz de
decir: “Estoy en el Medite-
rráneo. Podría estar en cual-
quier otro lugar sintiéndome
la misma criatura insólita y
sorprendida”, o: “No impor-
DESDE EL
ENSIMISMAMIENTO
Giovanna Pollarolo
Carmen Ollé
P
ta que esté ahora en Lima o
en otra ciudad del mundo si
permanezco encerrada den-
tro de mi habitación verde”,
o: “A veces las ciudades no
existen sino fuera de uno
mismo. Las ciudades se re-
ducen a unas cuantas calles,
a dos o tres ambientes más
o menos frecuentados según
el estado de ánimo”. Así
como precisa los lugares y a
la vez los difumina, el tiem-
po es tratado también desde
una particular percepción. Se
nos hace saber que estamos
a finales de los setenta pero
ningún acontecimiento per-
mite fijar el tiempo. Todo el
relato no es sino un largo fluir
de la conciencia de una voz
que nos informa que tiene
una hija, un esposo que es
poeta, unos amigos que son
poetas y unas amigas que son
esposas o amantes; que ca-
mina en verano o en invier-
no sola o con la niña, que
fantasea amores, que desea
y ama. Pero no es esta in-
formación anecdótica lo que
interesa sino el modo y el lu-
gar desde donde estas cir-
cunstancias o episodios son
percibidos y narrados. El eje,
el centro, la columna verte-
bral, aquello que construye el
texto y, creo yo, desde don-
de debe leerse, es la absolu-
ta orfandad, la irremediable
y estructural soledad de esa
voz que nos habla ocultán-
dose bajo un paraguas, léa-
se, el ensimismamiento, el
mundo interior. No es por eso
casual que constantemente
la voz de la muchacha re-
flexione sobre el estar en sí
mismo como un vicio cuya
adicción es incurable; dolo-
rosa pero ineludible.
Así, es desde el propio
ensimismamiento como se
construye este relato cuya
voz proviene de la misma
“criatura insólita y sorpren-
dida” de
Noches de adrena-
lina
que es quien reescribe
bajo un paraguas esta nove-
la por medio de la cual Car-
men Ollé demuestra que su
concepción de la poesía es
realizable. Solo falta ahora
que los lectores abandonen
el sentido común y sean ca-
paces de aceptar que existen
otros sentidos, otras formas
de ver, de hablar y de rela-
tar, con o sin comillas.
En una reciente entrevista, Carmen Ollé afirma
haber desechado el poema clásico, el verso libre incluido.
Muchos entenderán que estas palabras explican que en los últimos
años “se haya pasado a la narrativa” con la publicación de las
novelas
Por qué hacen tanto ruido
(1992),
Las dos caras
del deseo
(1994) y
Pista falsa
(1998)
.
Carmen Ollé.
Una muchacha
bajo su paraguas.
Lima, Santo
Oficio, 2002, 97 pp.
“En 1980 como ahora en el 2002,
Una muchacha
… parece
resultar un texto de difícil clasificación. La pregunta es por qué,
luego de tantos experimentos y diversas propuestas narrativas,
un texto en prosa presentado como una narración incomoda
al punto de no saber cómo nombrarlo.”