Yuyarccuni Año II N° 2 Katty Bravo 39 enfermedades y las disfunciones para manejar toda una gama de plantas en que ambas regiones debieron superar las mil variedades, de los 8000 vegetales del mundo a los que se ha reconocido valor terapéutico (p. 441). A mediados del siglo XVII, los conocimientos y prácticas terapéuticas desarrolladas por los indígenas se negativizan, relacionándolas con prácticas oscuras como el pacto con el Diablo, lo que justificaba las practicas discursivas orientas a la destrucción de la cosmovisión andina, como se puede interpretar de los relatos de Arriaga, Ávila, Villagómez, entre otros impulsores de la “extirpación de idolatrías.4 De esta manera, los curanderos y curanderas pasaron a la clandestinidad. El acto incriminatorio de un hechicero idólatra no era la hechicería o la realización de hechizos mágicos, sino el hecho de hacer sacrificios a las huacas o de rendir culto a otras criaturas. Los sospechosos y los testigos eran explícitamente animados por los visitadores a presentar este tipo de evidencias. Entre 1650-1660, la identificación del idólatra con el hechicero iba a ser la característica de esa acometida contra las prácticas religiosas nativas. La fusión del idólatra con el hechicero era fundamental para la mentalidad española. Aunque los testigos indígenas empleaban el termino de hechicería, lo hacían solamente para adaptarse a la cosmovisión de los extirpadores y no porque esto fuera un auténtico reflejo de las percepciones nativas. No hay indicios de que se hayan interiorizado estas categorías en el sentido en que las entendían los españoles. La información de los testigos fue registrada no por ellos mismos sino por un notario, que puede haberla interpretado a su manera, de acuerdo a su conveniencia. Incluso si las afirmaciones fueron registradas correctamente, es imposible saber si los relatos fueron ofrecidos espontáneamente o pronunciados en respuesta a las sugerencias hechas en el interrogatorio por el visitador general. La explicación más plausible es que los testigos moldearon sus acusaciones en el lenguaje más adecuado para asegurar sus propósitos. Se trataba de la más eficaz descalificación. Pero no hay razón para suponer que invocaban las palabras “idólatras” y “hechiceros” como algo más que etiquetas útiles para estigmatizar a su presunta víctima. La asimilación del idólatra con el hechicero evidente en las declaraciones, revela poco de la mentalidad de los protagonistas indígenas, pero da testimonio de la imposición de las construcciones mentales españolas sobre la experiencia indígena. 4 Schaedel, Richard (2000) “La Nueva Farmacopea” En: Franklin Pease G.Y. (director). Historia General de América II. El Primer contacto y la formación de nuevas sociedades. París: Ediciones UNESCO y Editorial Trotta, pp. 446 - 447.
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