Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Katty Bravo 35 Mientras que Santo Tomás había definido la idolatría como una forma de superstición, Ciruelo replanteaba y reclasificaba a la superstición como subdivisión de la idolatría. Enumerando cuatro tipos de idolatría, distinguía, por una parte, entre la clara y manifiesta idolatría de los necrománticos, que hablaban con el Diablo y, por otra parte, los tres otros tipos, representados por las supersticiones, falsas observancias y las hechicerías. Según Millones (2014), los especialistas de los rituales andinos quedaron bajo la mirada inquisidora del poder colonial y fueron llamados “hechiceros”, comparados con los magos y sacerdotes que difundieron la infidelidad entre las poblaciones paganas de la antigüedad. De este modo, los especialistas andinos obtuvieron otros poderes que no tenían antes de la llegada de las creencias occidentales, lo que justificó su persecución y aniquilamiento. En el proceso de colonización de las tierras americanas, se encontraron con idólatras y hechiceros, que pronto se convirtieron en pecadores que atentaban contra el poder de Dios. De esta manera se fueron dando las pautas para hacer de la idolatría un problema de Estado, en que las prácticas rituales, sea con fines terapéuticos, marcación de estatus o creencias asociadas con fines agrícolas, sean demonologiza-das. La idolatría era sinónimo de hechicería y los especialistas religiosos andinos eran hechiceros, como lo podemos ver en los dibujos del cronista indígena, Guamán Poma de Ayala (ver Figura 6). La falta de distinción entre el idólatra y el hechicero fue una de las principales características de los procesos por idolatría promovidos por la extirpación. En la acusación de los dos delitos, la hechicería e idolatría eran indiferenciables. Rendir culto a una criatura, la definición clásica de idolatría, era vista como representación de la hechicería. La hechicería como tal era teóricamente diferente de la idolatría. Pero los indicios de hechicería, tales como los atados de grasa de llama, figuras de cera y coca3, eran frecuentemente usados como pruebas de idolatría y, a la inversa, el culto a las huacas y la posesión de representaciones de las divinidades nativas o de ídolos eran suficientemente para justificar una acusación por hechicería. La asociación del especialista religioso nativo andino con la categoría de hechicero es anterior a las campañas de extirpación. Los primeros pronunciamientos de las autoridades eclesiásticas en el virreinato reconocían el papel central del 3 “La coca para los indios es yerba encantada” (citado por Sánchez, 1997, p. 139). Por lo general el consumo de coca estuvo relacionada con la hechicería, se creía que, chacchando la hoja, las hechiceras podían adivinar cosas secretas. La coca ostentaba un protagonismo equiparable al de los mediadores sobrenaturales, se le reconocía capacidad para proteger contra los hechizos y para hacer daño.

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