Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Katty Bravo 34 de las sociedades. Sólo adquieren importancia cuando responden con precisión a las necesidades de estas últimas, adaptándose a los cambios que ellas experimentan” (p. 23). De esta manera, la imagen de la “bruja” que adora al “diablo o demonio” se creó y difundió desde la cultura oficial y se implantó en los imaginarios populares a través de las campañas de evangelización emprendidas por la Iglesia. Hechicería e idolatría en el mundo andino Cuando los españoles llegaron a tierras americanas se encontraron con las prácticas y creencias religiosas de sus habitantes, a las que los teólogos y teóricos del viejo mundo hicieron calzar de acuerdo a sus modelos de interpretación para poder dominarlos, de los cuales emergió, entre otras categorías, la idolatría y la superstición que habían sido emparentados con el Diablo y diferenciadas por los teóricos cristianos. Según Santo Tomás de Aquino, la “superstición” era la religión llevada al exceso que consistía en ofrecer culto a Dios de una manera inapropiada o, en otros casos, en ofrecer culto divino a algo que no era merecedor de ello, sólo el pecado de adivinación estaba explícitamente asociado con la intervención diabólica. Para el teólogo, el pecado de la idolatría provenía principalmente de la ignorancia y la vanidad del género humano, más que de las malvadas maquinaciones de espíritus demoniacos. La propensión de la humanidad por la idolatría surgía en primer lugar de su disposición, de su gusto natural por la representación y de su ignorancia del verdadero Dios. Los intentos de los poderes demoniacos por confundir al género humano, hablándole a través de ídolos y llevando a cabo actos maravillosos, eran sólo una causa complementaria (p. 72). En el siglo XVI, esta distinción se había perdido, especialmente, entre aquellos escritores cuyas obras iban a ejercer una profunda influencia en la lucha contra la religión nativa en el Virreinato peruano. Las dos categorías se habían asimilado estrechamente. Este alejamiento relativo de las posiciones clásicas procedía de la moderna identificación de la “idolatría” y la “superstición”, por igual, con el culto al Diablo. Pedro Ciruelo señaló en su obra Reprobación de supersticiones y hechicerías (1530), que se convirtió en una referencia sobre el tema; planteó que la idolatría, pecado contra la “latría”, ya no era simplemente el culto a criaturas, sino era un acto de traición contra Dios por rendir culto a su enemigo, el Diablo. De esta manera, la superstición y la idolatría venían de la intervención diabólica, y se usaron de manera indistinta. Si todas las supersticiones y falsas observancias les habían sido enseñadas a los hombres por el Diablo, entonces, todos los practicantes debían ser sus discípulos.

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