Yuyarccuni Año II N° 2 Estefany Ramos 323 el papel y el oficio que se le han asignado por el patriarcalismo (Guardia, 2002, p.7). Como se aprecia en la referencia anterior, la mujer debía ejercer la maternidad como rol fijo durante el transcurso de toda su existencia. Sin embargo, era distinto de acuerdo con la clase social y racial a la que pertenecían. Al respecto, Rosas infiere que: La sublimación de la sexualidad en la imagen de la joven limeña iba de la mano con el deseo expreso de normar su recato a través del pudor o la vergüenza, que no sólo protegía a la mujer de los asaltos de los hombres, sino también servía para contener los desbordes propios de la naturaleza femenina. En contraste con el recato de la limeña criolla, la mujer negra estaba asociada a la sexualidad, lo cual era debido a sus rasgos físicos según la argumentación racista de la época. Por eso, en más de un pasaje, se la presenta como objeto de deseo sexual (Rosas, 1999, p.8). En la prensa limeña, como el Semanario Crítico (1791) y la Gaceta de Lima (1793-1798), se buscaba estigmatizarlas, mostrando imágenes de mujeres antagónicas. Por un lado, a las santas y monjas, que son el vivo reflejo del recato y la virginidad; y por el otro, a las mujeres prostitutas quienes eran aborrecidas por la sociedad de entonces. En dicha época, el honor femenino constituía un fuerte valor que cohesionaba a la sociedad en aceptación (Rosas, 1999). Ser consideradas como mujeres del buen vivir requería seguir el modelo que se propagó en los discursos: ser cortés, amable, recatada en la vestimenta y en la forma de expresarse. Para conseguir la realización como mujer, según la sociedad peruana del siglo XIX, el requisito fundamental era casarse, puesto que el matrimonio es el acto central de la vida de las mujeres (Rosas, 1999). La idea arraigada que el género femenino no podía ser independiente en ninguno de los ámbitos, y que sólo en los hogares debían entregar su dedicación, era influyente en aquella época. Fueron sometidas bajo la autoridad del padre, y luego de casada, al marido se le debía “dar gusto, que sabe sostener el peso de las obligaciones anexas al título de superioridad […] subordinado con prudencia y razón el resto de sus miembros, es una máxima fundamental, en que reposa el hermoso edificio de la estabilidad y armonía de un matrimonio” (Rosas, 1999, p.17). De esta manera, servir y mantener la armonía en el hogar era uno de los roles fundamentales de la mujer casada. Sin embargo, no fue el único. La educación que estas debían impartir a sus hijos era de su total encargo. “Justamente, su educación se va a dirigir lograr un buen desempeño como
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