Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Emanuel Rivera 302 Kaulicke (2001) sostiene que existió una conexión entre los conceptos de memoria y muerte en el pasado prehispánico. Todo lo memorizable de los Incas difuntos se perennizó por medio de una serie de mecanismos tanto verbales como materializaciones diversas que fueron desde sistemas recordatorios, como el quipu, hasta la corporización del pasado por medio de efigies de los muertos, omnipresentes en fiestas, ritos, guerras o construcciones, formando un cuerpo cultural que abarcó todo el espacio físico e imaginario de estos soberanos y la élite. Por eso, la confrontación con el pasado se convirtió en una intercomunicación con los ancestros, suponiendo la muerte el inicio del proceso de ancestralidad, buscando consejo y orientación hacia el futuro, función oracular. La interrupción de este diálogo supuso la destrucción de la memoria, desencadenando formas antisociales de muerte, como, por ejemplo, la condena a Atahualpa o el degollamiento de Tupac Amaru I por el virrey Toledo. Un caso especial es el trabajo de León (2007), quien plantea que el imaginario religioso de la muerte se entiende como el conjunto de ideas, representaciones, imágenes y conceptos relativos a la muerte que el hombre, desde una perspectiva exclusivamente religiosa, ha intuido o creído recibir por revelación, reflexionado o experimentado. Mediante una relación entre las momias incas, las panacas y los ayllus, se analiza la importancia del culto a la muerte a partir del ayllu como célula productora, siendo familias conyugales que remitían su origen mítico a sus antepasados comunes, guardando en cuevas (huacas) sus momias ancestrales. El ayllu explotaba su terruño sin ser necesariamente propietarios, porque esa tierra pertenecía al inca. La muerte no era más que el paso de esta vida a la otra, su cadáver momificado o simplemente disecado, sería debidamente atendido por sus parientes o por el ayllu, llevándole ropa, comida y bebida. Había una preocupación por la conservación del cuerpo por medio de la preservación del camaquem o fuerza vital, siendo un significado diferente al occidental de alma, siendo un principio de movimiento de las cosas. En ese sentido, se consideraba que el camaquem no abandonaba el cuerpo, por eso perduraban sus necesidades de subsistencia, como la necesidad de ingerir alimento, rendirle culto con la coca, sacrificios de cuyes y llamas, junto al cambio de su vestimenta. Luego de 5 días de fallecido, sus parientes iban al río a lavar su ropa, que luego serviría para momificarlo. La momificación consistía a veces en la extracción del cerebro y las vísceras, que se solían enterrar en el lugar de nacimiento del difunto, y lo demás corría a cargo del clima, muy frío en la sierra y seco y salitroso en la costa, que facilitaban la conservación del cuerpo. Una vez disecado, era puesto en

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